Libreros cuentan el asco que damos cuando vamos a comprar un libro

Anécdotas que van desde la gente que rompe páginas y esconde el libro en la estantería hasta otros que se han hecho una tarta con su papel

“¿Qué libro podría comprar para que cuando la gente vea mi biblioteca diga: '¡Uy!, que tipo tan inteligente'?”, le preguntó un cliente a Jen Campbell, una librera británica. Es un tipo de cliente muy habitual: el que nunca ha abierto un libro, pero quiere para aparentar. Por supuesto, también había personas que le preguntaban qué libros eran pretenciosos para fingir estar leyendo en una primera cita antes de que llegase el otrx, y si le podía explicar algo más del libro por si le hacía preguntas. 

Es una de las muchas anécdotas que Campbell cuenta en su libro Cosas raras que se oyen en las librerías (Malpaso). En él, cuenta todas las situaciones surrealistas que ha vivido en sus más de diez años trabajando en este tipo de tiendas, a las que suma otras anécdotas de compañeros de profesión. En una entrevista con la BBC, explica la historia que fue detonante para publicar el libro: un día, atendiendo a un cliente, le vomitó en los zapatos. Lo escribió en un blog y salieron muchísimxs librerxs a decirle que a ellos también les había sucedido. ¿Cómo de común era esta anécdota? Pues tan común que se hizo viral y la llamó un editor para dejar por escrito todas esas historietas.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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El peor género de cliente son los irritantes. Por ejemplo, aquella gente que va a pedir un libro cuyo título no recuerda y le da pistas como "la portada era azul", o una palabra que incluía el título, como "árbol" o "silencio", tan comunes. "No sabemos leer la mente y tampoco nos hemos leído todos los libros", advierte. Sin embargo, son los padres los clientes que más asco le dan. “Cantidad de padres ven cómo sus hijos arrancan una hoja de un libro y, en vez de decirlo, lo meten en la estantería y hacen como si nada”, cuenta. “También son muchos los que dejan solos a niños leyendo y se van a hacer otras compras a otras tiendas, como si fuera una guardería. ¿Y si le pasa algo?” Una vez un niño se escondió para leer con tranquilidad, y cuando vino su madre empezó a gritar que lo habían secuestrado y que era culpa de la librera.

Eso sí, “hay muchos niños que son un encanto”, esos a los que les encanta leer y quieren descubrir nuevos mundos, o niños que vienen a escoger su primera novela, y vienen llenos de ilusión a la librería como si fuera un parque de atracciones. Por cosas así es una profesión muy agradecida, asegura. También porque el libro es algo muy personal y tienes momentos muy íntimos con desconocidos, ya que te cuentan parte de su historia para que tú puedas recomendar algo que les gustará. Pero eso, a veces, hace que intimes con personas muy extrañas, “como un hombre que me dijo que se comía los libros buenos que leía. No supe qué responder más que cómo lo hacía. Me dijo que quería sentir que el libro era parte de él, así que cortaba las páginas y las horneaba dentro de una torta y se las comía. Le comenté que me parecía poético, pero quise saber qué hacía con los libros que no le gustaban. Me miró como si fuera una estúpida y dijo: ‘Obviamente esos no me los como’”.

Por supuesto, además de vómitos, historias surrealistas y gente absurda, Campbell también recuerda preguntas inocentes que le hicieron mucha risa, a ella y a sus compañeros. Por ejemplo, "una vez me preguntaron si tenía un libro pop-up de educación sexual", o "la cantidad de libreros que hablaron de gente que entraba a preguntar si Ana Frank había escrito una secuela de su diario, porque pensaban que era ficción y no sabían que fue una persona real, es inaudita". U otra anécdota de un compañero suyo, hispanohablante: "me pidieron un libro de Javier Marías... pero con vampiros". 

CN