La nueva ley del divorcio en Dinamarca hará que te preguntes si vale la pena casarse

Para divorciarse, Dinamarca obliga a tres meses de reflexión, terapia de pareja y cursos tras el divorcio para reducir el impacto emocional y económico

Dinamarca tiene una de las estadísticas de divorcio más altas de la Europa Occidental, por cada dos matrimonios, un divorcio. Para ponerle remedio, el Gobierno del país escandinavo aprobó una reforma de la ley matrimonial —que ya está en activo— para dificultar el divorcio. Ahora, en cambio de solicitarlo con un sencillo formulario, las parejas están obligadas a esperar tres meses y, además, acudir a terapia de pareja antes de disolver la unión porque “la terapia ayuda a superar las dificultades y mantener los matrimonios unidos ahorra mucho dinero al Estado”, informa el medio danés Politiken.

Según diversos ayuntamientos, este programa funciona. En la municipalidad Ringkøbing-Skjern, uno de los pueblos que hicieron el programa piloto, el divorcio ha disminuido en un 17%. Además, cada año más y más parejas piden acudir a terapia para solucionar sus problemas y no acabar divorciándose (aunque no siempre sea posible superar las diferencias).

Este programa existe para reducir los costes humanos y financieros de un divorcio”, explica Gert Martin Hald, un psicólogo de la Universidad de Copenhague, al diario británico The Guardian. “Es mejor prevenir que curar”, añade Jette Haislund, concejal de Ringkøbing-Skjern, que aplaude la terapia para solucionar los encontronazos y evitar los divorcios. Según el diario, el recibimiento del público de esta medida ha sido eminentemente positivo, con solamente el partido Liberal (minoritario) en contra porque supone una “intrusión del Estado en las vidas privadas”.

El proceso, además, continúa después del divorcio. Obligan a las exparejas a participar en un curso titulado “cooperación tras divorcio”, en el que deben escoger entre 17 módulos de media hora en los que les ayudan a mejorar su comunicación y a tratar temas de tensión que puedan haber creado los problemas por los cuales se divorciaron. Es decir, facilitar la transición para que no haya problemas familiares que desemboquen en pleitos, denuncias y juicios, procesos que cuestan dinero al Estado.

¿Por qué casarse?

Sin embargo, esta medida suscita otra pregunta. Si la ratio de divorcio es tan alta (en Dinamarca, el 5 de cada 10 matrimonios acaba en divorcio, pero en España es superior: son 7 de cada 10), ¿por qué nos seguimos casando?Cada año en España suben los divorcios (aunque a un ritmo lento, entre el 1 y el 2% interanual, según informa RTVE) y disminuyen los matrimonios a una mayor velocidad. Pero eso no quiere decir que hayamos dejado de emparejarnos, claro. El amor y las relaciones siguen siendo parte de nuestra vida, pero cada vez más los jóvenes decidimos no casarnos. Por eso toca reflexionar si el matrimonio no es ya una institución caduca.

¿Qué sacamos los jóvenes casándonos? La mayoría te responderá que beneficios legales y fiscales, pero pocos te dirán que el casarse condiciona su amor. Esa idea tan arcaica que asocia amor verdadero a matrimonio ya está desfasada, somos igual de felices, enamorados y románticos en una relación o pareja de hecho. Y ya no solo el matrimonio, sino que hasta replanteamos la propia monogamia, con nuevas formas de relacionarnos como relaciones abiertas, poligamia o agamia.

La filosofía que envuelve las relaciones está cambiando. Hemos asumido sin miedo que el amor no suele durar toda la vida (¡aunque si lo hace bienvenido sea!) y que no hace falta sellar nuestro compromiso con un matrimonio. El amor, al final, debe durar lo que debe durar, sin forzarlo, porque cada persona tiene un momento de tu vida y a veces es necesario dejar ir y no aferrarse a personas cuyo momento ya ha pasado. Por eso también hay un cierto miedo al matrimonio: porque para disolverlo requiere un proceso legal demasiado largo (y que países como Dinamarca están haciendo todavía más burocrático, por muy beneficiosa que sea la medida) que no facilita el pasar página sin heridas.

Eso también se traduce en la edad media del primer matrimonio, que aumenta anualmente en España (34 años) porque nos da miedo lanzarnos demasiado precipitadamente sin estar muy convencidos, con todo bien cerrado emocionalmente. Al final, si los números continúan con la misma tendencia, cada vez tendremos menos matrimonios, con hijos concebidos extramatrimonialmente y los que se decidan a pasar por el altar lo harán de muy mayores. Los tiempos están cambiando y, aunque en Dinamarca intenten ponerle puertas al campo, lo cierto es que el futuro del matrimonio, al menos tal y como lo conocemos, parece tener los días contados.