Los horripilantes experimentos de los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial

"Hice lo que ningún ser humano debería hacer", reconoció uno de los perpetuadores, "la rutina consistía en infectarlos con virus letales para luego abrirlos vivos sin anestesiarlos y extraerles algunos órganos"

Todos conocemos la brutalidad de los nazis. Campos de concentración, experimentos humanos, armas masivas contra la población civil y crímenes contra la humanidad. Pero sus aliados tampoco eran mejores. Durante el Nuremberg japonés, el “proceso de Tokio”, que acabó en 1948, se juzgaron los crímenes nipones y las acusaciones no ensombrecen, para nada, las aberraciones alemanas.

El Imperio del Sol Naciente fue acusado de “brutalidad”, “matanza de civiles y prisioneros, la experimentación con seres humanos, los trabajos forzados y el uso de armas químicas que provocaron la muerte de millones de personas”, detalla la revista National Geographic. Siete de los cargos más altos del gobierno japonés fueron condenados a muerte (excepto el Emperador, que se libró por una estrategia política de Estados Unidos), otros 16 políticos a cadena perpetua, y luego penas de cárcel más pequeñas. Muchos se llegaron a suicidar a lo samurái, clavándose una espada en el estómago, para evitar pagar por sus terribles crímenes.

Shiro Ishii de joven en el ejército nipón

Pero, como denuncian diversos historiadores, estos juicios no acabaron de denunciar todas las atrocidades: más que nada que, como los EE. UU. habían colonizado a Japón tras la derrota, no les interesaba generar más polémica en este país que iban a explotar económicamente. Como cuenta el estadounidense Herbert P. Bix, los únicos crímenes que se juzgaron fueron aquellos que se cometieron en los países aliados, y los crímenes cometidos en Corea o China, que fueron igual o más terribles que los casos que tanto nos escandalizan de los nazis, se ocultaron a propósito para que la URSS no se enterase.

El más terrible es el caso de Shirō Ishii, conocido como el ángel de la muerte, que comandó el Escuadrón 731, una banda de investigación química y brutal que cometió “terribles crímenes contra la humanidad”, como los define la BBC. Su objetivo (y obsesión personal) era encontrar armas biológicas que pudieran cambiar el curso de la Segunda Guerra Mundial. Para conseguirlo, investigó con humanos.

La rutina consistía en infectarlos con virus letales para luego abrirlos vivos sin anestesiarlos y extraerles algunos órganos. Los enfermaban de cólera, disentería, ántrax y tifus y luego estudiaban y registraban sus reacciones y cuerpos con el fin de desarrollar armas biológicas y químicas de destrucción masiva. Este procedimiento del horror se practicó a al menos 3.000 prisioneros de guerra, principalmente chinos”, y existió durante casi una década de actividad non-stop, camuflado bajo la apariencia de “departamento científico y de purificación de aguas”, denuncia la cadena británica.

Pero hasta las décadas de los 80 y 90 no se hicieron investigaciones profundas (conducidas por la ONU, el Gobierno chino y los diarios The New York Times y el Washington Post) sobre lo que había sucedido en esos años. Yoshio Shinozuka, uno de los científicos del Escuadrón habló por primera vez, presionado por la culpa, en 2002: "Hice lo que ningún ser humano debería hacer". Investigaba en los “troncos”, el nombre que recibían los prisioneros. "Eran troncos para mí (...) no se consideraban humanos. Eran conspiradores o espías (...) así que ya estaban muertos. Ahora morían por segunda vez. Nosotros simplemente ejecutábamos una sentencia de muerte".

El resultado de sus investigaciones biológicas fue crear “bombas de relojería” con enfermedades para acabar con sus enemigos. Por ejemplo, llegó a criar “pulgas infectadas en ratas y tifus, ántrax, peste y cólera” para usar contra el ejército y la población de la URSS. Después de un largo juicio, en 2005, las cortes superiores de Japón dieron la razón a las víctimas: Japón había bombardeado China con pulgas infectadas con peste bubónica y entregó alimentos mezclados con bacterias de cólera que desataron brotes que acabaron con la vida de cientos de civiles. Aun así, Japón se negó a dar dinero a las víctimas, porque su ley no permite indemnizar a extranjeros por crímenes de guerra. Así que, hoy en día, nadie ha pagado por estos crímenes.