Las esclavas sexuales de la Segunda Guerra Mundial

Guerra es siempre sinónimo de horror, de sinsentido, de atrocidad. De sangre, dolor y destrucción. Es ese momento en que la vida pierde su valor. El momento del mata o muere. Y dicen que el tiempo cura las heridas, que el ser humano es capaz de reponerse, de mirar hacia delante, de perdonar. Pero no está tan claro que sepa olvidar. Porque en ocasiones es imposible; porque los traumas son demasiado profundos. Y este uno de los ejemplos más desgarradores, el de las ‘mujeres de consuelo’, jóvenes asiáticas engañadas y raptadas por el Ejército Imperial Japonés para ser prostituidas y procurar ‘alivio’ a los soldados desde los años 30 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Mujeres despojadas de su inocencia, maltratadas, torturadas, vejadas. Violadas sistemáticamente en un abominable ejercicio de sometimiento.

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Ianfu. Ese era el término con el que las autoridades se referían a estas esclavas, más de 200.000 según algunas estimaciones. Para conocer su historia hay que remontarse a la década de los 30, el momento de mayor expansión territorial del imperio nipón. Primero reclutadas en las calles de las propias ciudades japonesas y más tarde raptadas de los territorios ocupados, estas jóvenes eran engañadas con falsas expectativas de trabajo en factorías, con falaces promesas de prosperidad.

Pero su destino era bien distinto. Con el objetivo de controlar las enfermedades venéreas y, paradójicamente, con la intención de evitar las violaciones indiscriminadas en los territorios anexionados, estas mujeres eran conducidas a ‘estaciones de consuelo’, sucios burdeles al servicio de los soldados. Se procuraba así, además, doblegar el enfado y hastío de los combatientes, según el historiador japonés Yoshiaki Yoshimi: “El Ejército Imperial temía que el descontento de las tropas pudiera transformarse en una revuelta o un amotinamiento. Por esto los proveían de mujeres”.

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La primera ‘estación de servicio’ se instauró en Shangai en 1932, y fue controlada directamente por el Gobierno. Pero la expansión del Imperio avanzaba de forma inexorable, pareja al número de soldados. Por eso, estos centros de perversión comenzaron a operar en Corea, Indonesia, Taiwán, Filipinas o China, ampliando así el número de esclavas. Tal fue la demanda de sexo que los propios militares llegaron a exigir a los líderes locales que procurasen mujeres a estos burdeles.

Un horror más de la guerra. Uno que no se olvida; que, tan solo, se apaga. Porque la mayoría de estas ‘consoladoras’ ya han muerto, y las que no la han hecho rozan o superan los 90 años. Pero jamás pasarán las décadas suficientes para hacerles olvidar. Lee Ok-seon ha cumplido ya 89 años y en 2013 concedió una entrevista a la BBC en la que rememoró los horrores a los que la sometieron en su adolescencia. La coreana exigió, con su mirada apagada, triste, una sincera disculpa del Emperador de Japón, aunque concluyó diciendo, amargamente, que estaba segura de que los japoneses simplemente esperan a que la última de ellas muera.

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Lee Ok-seon vive en una residencia de Gwangju, en Corea del Sur, junto a otras esclavas supervivientes. En la entrevista concedida a la BBC rememoraba cómo fue raptada con tan solo 15 años y enviada a la China ocupada, donde ejerció como prostituta durante tres años. Sus cicatrices, producto de palizas e incluso puñaladas, siguen asomando bajo sus ropas.

Tokio se disculpó por primera vez en 2007, pero este sigue siendo un recuerdo incómodo para los gobiernos de estos países; un recuerdo que prefieren bloquear, por temor a que afecte a las relaciones institucionales. En 2015, Japón firmó con Corea del Sur un acuerdo para cerrar este capítulo, algo casi irrelevante para las víctimas. Porque el honor no se puede devolver. Y el dolor solo desaparecerá del alma de Lee Ok-seon cuando la edad apague su castigado cuerpo.