Estoy harta de que me critiquen por ser equidistante con la situación de Cataluña

"Noooooooooooooooooo", grité cuando, viendo la comparecencia de Carles Puigdemont ante el Parlament y el mundo entero, entendí que eso de declarar la independencia y suspenderla significaba únicamente que esta tortura a la que estamos sometidos todos los que vivimos en Cataluña, y cualquiera que siga la actualidad a través de medios de comunicación o redes sociales, se iba a prolongar INDEFINIDAMENTE.

El ambiente que se respira aquí no es nada agradable. Te cuentan que hay familias rotas, grupos de amigos que ya no quedan, las emociones están a flor de piel y cada día hay alguien de tu entorno que se enciende en una u otra dirección. Lo único con lo que están todos de acuerdo es en arremeter contra los que llaman 'equidistantes', es decir los que intentamos no posicionarnos o, hasta cierto punto, entendemos los argumentos de ambos bandos.

En este grupo es probable que estés si formas parte del millón de extranjeros que vive en Cataluña, o de las alrededor de 50.000 personas procedentes del resto de España que se mudan cada año a esta comunidad. También si eres catalán y has vivido fuera de Cataluña (o España) o si eres periodista y has ejercido durante suficiente tiempo como para que la profesión te inocule el mal del escepticismo absoluto y no te crees a absolutamente nadie. Lo que está claro es que, con lo polarizadísimas que están las cosas, muchos entenderán que si no estás con ellos estás contra ellos y acabarás recibiendo por todas partes.

"Ah, que no piensas ir a la manifestación en contra de la brutalidad policial y por los derechos democráticos", te dicen unos mientras ya te imaginan cantando el Cara al sol con la bandera del aguilucho anudada a la cintura, o "es que os tienen a todos manipulados", te dirá alguien de fuera cuando le argumentas que el Gobierno tenía que haber sido más valiente y afrontar la situación catalana desde el diálogo político.

Si, como medio de comunicación, intentas no mojarte mucho, entonces se te echarán encima TODOS los haters y, tanto los que se han puesto una bandera de España de foto de perfil como los que consideran que todavía viven oprimidos por el franquismo, te van a decir que se te ve el plumero y que estás ejerciendo una MANIPULACIÓN deliberada. La cuestión es aprovechar la mínima oportunidad para insultar, para rebajar al otro a la condición de enemigo-agresor-con-encefalograma-plano que es un mero títere de unas u otras élites. Y agredir. Agredir por escrito en Facebook, en Twitter y en grupos de Whatsapp. Agredir verbalmente en clase y en el trabajo, e incluso agredir físicamente en la calle por llevar una u otra bandera. Pero, por supuesto, decir que el que agrede es el otro.

Por eso la sensación de hartazgo es MAYÚSCULA. La situación de Cataluña ha secuestrado nuestra atención on y off line impidiéndonos dedicarnos a nuestras cosas o, por lo menos a otras cosas. Todo eso que nos importaba antes, como el paro juvenil, la violencia machista, los refugiados en el Mediterráneo, el precio de los alquileres, la contaminación en nuestras ciudades, las listas de espera en la seguridad social, etc. ¿Qué será de todos estos temas? ¿Se habrán resuelto por arte de magia mientras andamos todos insultándonos en redes sociales?

¿No será momento de desescalar esta violencia que nos ha entrado a todos de repente y volver a fijarnos en las cosas que nos unen en lugar de las que nos separan? Y a lo mejor los políticos vuelven de verdad a hacer su trabajo y llegan a un acuerdo para que vuelva la concordia al espacio público y podamos volver a convivir en paz con nuestros seres queridos, amigos, compañeros de trabajo y toda la gente que nos rodea tanto en Cataluña como fuera de ella.

Sería bonito, ¿verdad?

¿No?

Bueno, pues ale, a despotricar todos en los comentarios de Facebook.