El FBI investigó a Einstein hasta el día de su muerte para acusarlo de espía soviético

Y todo porque, como pedía democracia, antinacionalismo y un capitalismo menos agresivo, se le consideraba "más de izquierdas que Stalin"

Einstein no solo es uno de los científicos más famosos de la historia. También fue una persona con unas ideas políticas muy, muy claras: era antifascistas, anticapitalista, pacifista, antirracista (al menos, en público, porque luego sus diarios privados revelan otra cosa), denunció el auge de los nacionalismos (murió en 1955, así que se comió las peores partes del siglo XX) e incluso renunció al uso de las armas nucleares (a pesar de que él fue el promotor de su creación en los Estados Unidos, porque temía que la Alemania nazi tuviera armamento nuclear, de algo de lo que estuvo arrepintiéndose toda la vida tras ver los muertos que provocó).

Todos estos postulados políticos muy a la izquierda hicieron que el Gobierno de los Estados Unidos pasase de su defensor a tenerlo en el punto de mira. El FBI, incluso, llegó a creer que era un espía soviético. Antes de morir, como explica Xataka, la policía tenía un archivo con 1427 páginas sobre sus actividades, todo recopilado para acusarlo de ser un activista radical y agente especial de la URSS. Esto, claro, se supo años más tarde de su muerte. Einstein nunca se enteró de que las autoridades americanas querían vincularlo con Stalin por ser un izquierdista.

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El periodista Fred Jerome recoge en su libro toda esta documentación, denunciando “la guerra secreta de J. Edgar Hoover [líder del FBI en esos momentos] contra el científico más famoso del mundo”. En los expedientes de la policía se demuestra como Hoover empezó a movilizar a agentes en 1932 para espiar al científico y sacar sus trapos sucios. Todo se inició con una carta de la Corporación de Mujeres Patrióticas que decía que “ni siquiera Stalin estaba afiliado a tantas organizaciones anarco-comunistas”. Vamos, que lo pintaban casi como más de izquierdas que el líder de la URSS.

Para demostrar sus vínculos soviéticos, interceptaron su correo, pincharon sus llamadas y hasta revisaban su basura intentando encontrar actividades “ilícitas” que demostraran sus vínculos con la URSS. Hubo testimonios de supuestos informantes que aseguraron que Einstein estaba en una red comunista que conspiraba para controlar Hollywood y que, además, estaba trabajando en un rayo mortal que supondría el arma definitiva de Stalin. Obviamente, no pudieron encontrar nada. Más que nada, como opina Jerome, porque todo era una ida de olla y paranoias absurdas del jefe de la policía federal.

Y, sin embargo, el expediente solo se cerró con su muerte. Hasta entonces, casi más de una década con la sombra de ser un doble agente. Una anécdota histórica que demuestra la paranoia anticomunista que se vivía en los Estados Unidos, que no empezó con la Guerra Fría, aunque entonces se intensificara. El físico, por el simple hecho de escribir en 1931 “veo las diferencias de clase como contrarias a la justicia y, en última instancia, basadas en la fuerza” denunciando los abusos capitalistas y las desigualdades raciales, logró que el FBI lo acosara durante más de una década. Y eso que no era comunista: solamente inconformista.