Un extrabajador de un cártel mexicano te explica las técnicas de márketing que usa el narco

Ocho meses trabajando bajo la constante amenaza de ser disparado en cualquier momento, pero con un sueldo 245 veces superior al salario mínimo mexicano

El 2006 fue brutal. Fue uno de los puntos álgidos de la guerra contra las drogas en México. Desde ese año, más de 200.000 personas han muerto o desaparecido en el país infestado por el narco. Eduardo, que no da su nombre real, trabajó durante ocho meses para un cártel en esa época. “La amenaza que representaban estas bandas criminales similares a la mafia siempre estuvo en el trasfondo de la vida cotidiana (...) Las bandas se peleaban con AK-47 en el medio de la ciudad, nunca había visto algo así. Había personas que eran asesinadas y sus cuerpos arrojados a la calle. Lamentablemente, pronto se volvió algo normal (...) ”, recuerda Eduardo, un nombre ficticio que ha utilizado para preservar su intimidad en la entrevista que ha realizado con la BBC.

“No solo era violencia”, añade, también recuerda cómo invadían las ciudades. “Si iniciabas negocios los miembros del cártel venían y trataban de extorsionarte. Si tenías una tienda, venían y exigían una parte de las ganancias a cambio de protección; en otras palabras, ‘deme su dinero o lo mato’”.

Eduardo entró al cártel por dinero. “Como todos”, añade. Estudió marketing para ganar bien —"aunque yo quería ser arqueólogo”—. Empezó en una revista local, y poco a poco fue trabajando para diferentes negocios que estaban controlados por el cártel. “Así me gané un nombre y me ofrecieron un trabajo. Cuando descubrí lo que pagaban (el equivalente a uno 1.000 euros por el trabajo de un fin de semana), no pude decir que no”.

Tenía 21 años y estaba ganando más de lo que podía gastar. Sin embargo, él no sentía que formase parte del cártel. “Yo trabajaba promocionando bares y restaurantes, nunca directamente con narcos”. Pero todo cambió hasta que conoció a uno de los jefes (iba muy bien vestido con ropa de diseñador, como suelen hacer todos los narcos, según asegura, “hasta hay un hashtag, #narcofashion en Instagram, para compartir los mejores looks de cuando son arrestados”).

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Este narco le dijo que trabajase con él promocionando a cantantes de corrido (una música popular mexicana), los cuales suelen colaborar con narcos creando un estilo que se conoce como “narcocorridos”, canciones que embellecen la violencia del mundo del cártel y sus líderes, haciéndolos famosos. Los conciertos se hacían en locales con capacidad para 30.000 asistentes, pero no eran conciertos normales, recuerda. “Había muchachos con armas enormes. No me sentí seguro. Esa fue la primera vez que realmente tuve miedo de morir, porque simplemente no sabías si iba a aparecer un cártel rival e iba a estallar una pelea, o si la policía iba a irrumpir con armas de fuego”.

Se empezó a hacer amigo de los narcos. “Algunos eran hasta simpáticos si te olvidabas de quiénes eran, me llevaban a mí y a mis colegas a lugares elegantes para cenar y tomar algo. Pero siempre fui consciente de que uno de ellos podía dispararme si quería y que no le pasaría nada”, asegura. Recuerda que, a pesar de que muchos eran hombres poco atractivos, siempre iban rodeados de mujeres jóvenes y bellas. Algunos hasta se casaban con ellas. Tenía cierta envidia.

Todo este tiempo, él todavía no tenía muy claro que fuesen narcos. “En el fondo lo sabía, pero no lo reconocía”. Sin embargo, pronto empezó a ver grandes cantidades de dinero en efectivo, mansiones construidas con dinero negro y hasta un jaguar como mascota. Todo esto, sumado a la constante presencia de armas de asalto, se dio cuenta que trabajaba en un cártel.

Ahí empezaron los dilemas éticos. “Aunque no estaba haciendo ninguna de las cosas realmente malas, como transportar drogas o matar gente, me pagaban con su dinero. Me sentía mal”, se confiesa. Un día lo preguntó explícitamente: “¿trabajo en un cártel?”. Le respondieron: “¿Quieres saber más, o quieres fingir que no sabes nada?”. Decidió fingir.

Chapo Guzmán | Flickr

Siguió viviendo con sus padres (para que nadie sospechase de que estaba cobrando de un cartel) y trabajando, pero dejó de acudir a eventos y reuniones extralaborales. Cuando era demasiado obvia su retirada, recibió una llamada: “¿quieres seguir trabajando para nosotros?”, le preguntaron. Respondió que no y solamente le soltaron un “buena suerte”.

Un día intentó ir a su oficina para recuperar su cámara y su ordenador. Le volvieron a decir “buena suerte”. Aseguró que el equipo era suyo y lo quería de vuelta. “¿Sí? Pero está en mi oficina…”, le respondieron. Se dio cuenta que si volvía a cruzarse con un miembro del cártel sería tiroteado.

Al final, se cambió de profesión y se alejó de su ciudad natal, para romper estos vínculos. Fueron ocho meses de trabajo con el cártel, viviendo constantemente bajo la amenaza de que una mala acción, unas palabras desafortunadas o un encuentro con un enemigo de su cártel y podría recibir un disparo. Ocho meses, además, de ocultar su fortuna para no levantar sospechas y de dilemas morales, sabiendo que tus acciones están haciendo que personas mueran, que la droga campe a sus anchas y que, en definitiva, los criminales que se habían apoderado de su ciudad tuvieran más beneficios y mejor vida a costa de los demás. “Me alegro de ya no ser parte de ese mundo”, concluye.