El estudio que explica por qué hay guiris que se matan cada año haciendo ‘balconing’

Cada año una media de tres turistas acaba falleciendo por caídas relacionadas con la práctica del balconing y la cifra no desciende a pesar de las campañas de concienciación 

Si hay un fenómeno estival que pone en duda la teoría de la evolución humana es el balconing. Cada año, decenas de turistas alcoholizados se divierten trepando de un balcón a otro de sus hoteles para acabar lanzándose a la piscina. Eso si hay suerte porque, de vez en cuando, la lógica darwinista se impone. El último turista en fallar en su salto acuático fue un chaval de 20 años que cayó desde la segunda planta del hotel de Magaluf, el epicentro del turismo de borrachera y el balconing de Mallorca. Poco antes de él, un sueco de 18 años, un alemán de 35 y un tercer turista de 19 años quedaron gravemente heridos al practicar el balconing. Y así cada año hasta alcanzar los 46 casos entre los años 2011 a 2016, y la cifra no para de aumentar.

Precisamente, fue en ese periodo de cinco años en los que el Hospital Universitario Son Espases de Palma de Mallorca fue capaz de trazar un detallado perfil de los practicantes del balconing. Un trabajo exhaustivo cuyo resultado ha sido publicado en la revista médica Injury y que arroja cifras realmente preocupantes. Para empezar, en el 97,8% de los casos se trataba de hombres con una media de edad de 24 años y en un 95% de las ocasiones habían ingerido cantidades importantes de alcohol llegando incluso a aparecer otras drogas en el 37% de los casos. Así que la primera conclusión es que los kamikazes de los balcones son chavales que van hasta arriba de estimulantes, y, la segunda, que juntar testosterona con alcohol y metros de altura no es buena idea.

“La altura media de la caída fue de ocho metros, lo que equivale a tres pisos”, se explica en el artículo en el que, sin embargo, se deja claro que solamente en 6 de los 46 se trató de saltadores intencionales, es decir, los que realmente se suben a los balcones y acaban saltando. El resto, el 86%, se accidentaron cuando intentaban cruzar de un balcón a otro. En cuanto a las nacionalidades más comunes en el balconing se encuentran los británicos (60,8%), alemanes (15,2%) y españoles (6%). Pero lo realmente escalofriante son las lesiones que produce el balconing: fractura de cuello y/o cabeza (80%), fracturas en la cara (58%) y fracturas en piernas y brazos (50%). La tasa de mortalidad se situó en el 2,17% y el 47% de los supervivientes necesitaron cirugía.

El problema es que más allá de las pérdidas personales y la mala fama de los hoteles españoles en sus países de origen —llegando a acusar a los arquitectos españoles de construir barandillas demasiado bajitas— la estancia hospitalaria de cada una de las víctimas de balconing supone una media de 32.000 euros a la Seguridad Social. Y, aunque la factura acaba en los bolsillos de los turistas, el cobro suele demorarse bastante. A pesar de los esfuerzos del Ministerio de Exteriores británico y las campañas para concienciar de los peligros del balconing las víctimas mortales siguen sucediéndose —una media de tres por año— y los vídeos de la práctica más absurda del verano circulan por Youtube. En resumen, la mezcla de turismo de borrachera y las ganas de grabar sus hazañas vacacionales son una mezcla letal. La pregunta obligatoria es: ¿realmente estamos evolucionando como especie?