‘Turismofobia’ o cómo Barcelona habría llegado al límite de su tolerancia con los turistas

Es viernes y hace sol en Barcelona. Bajo los carteles de “los vecinos queremos descansar”, grupos de turistas en segway, patinete eléctrico y bicicleta circulan por las estrechas callejuelas del barrio del Born, núcleo duro del turismo en el casco antiguo de la ciudad. De repente, una guía turística levanta un paraguas y comienza a gritar para que su grupo deje paso al coche de un vecino. “Odio tener que alzar la voz pero es la única manera de que mi grupo de 20 personas no bloquee toda la calle”, explica Filipa, una guía turística norteamericana, que el pasado verano casi se llevó un cubo de agua mientras intentaba explicar a un grupo de adolescentes holandeses las maravillas de la arquitectura gótica.

Poca broma. Aunque la guía insista de que se trata de una excepción y que el ambiente con los vecinos “es excelente” la anécdota denota un problema latente al que algunos se han encargado de ponerle un nombrecito de esos que suelen llenar titulares: la turismofobia. Según publica esta semana el diario británico The Independent, Barcelona se encuentra entre los ocho destinos del mundo que “más odian a los turistas”. Es más, en el artículo se acusa a la alcaldesa Ada Colau de promover este sentimiento de rechazo y se pone como ejemplo las multas aplicadas a plataformas como Airbnb por ofrecer alojamientos temporales sin la correspondiente licencia municipal.

Si a esta noticia incendiaria le sumamos los 8,3 millones de turistas que se esperan este 2017, la encuesta de La Vanguardia que sitúa el rechazo a los turistas en el 13% y la reciente aparición de pintadas como ‘Tourists go home’, ‘Stop destroying our lives’o ‘Tourismus macht frei —esta última un juego de palabras con el lema nazi que adornaba la puerta del campo de concentración de Auschwitz—  se completa la visión apocalíptica de una Barcelona dominada por el llamado síndrome de Venecia con el que algunos medios pretenden reventar los kioscos ahora que empieza el veranito. Pero, ¿realmente está la cosa tan malita? ¿existe la turismofobia en Barcelona?

Volvamos con nuestros amigos los guiris y su viernes de solecito primaveral. En las arenas de la playa de la Barceloneta, la turista sueca Sophie se tuesta al sol junto a su grupo de amigas mientras degustan unos buenos vasos de plástico rellenos de sangría Don Simón. Todo esto a las 12h del mediodía, claro. “Me encanta la gente, el clima y la fiesta. Salir aquí es diez veces más barato que en Estocolmo. Barcelona es perfecta para pegarse la vidorra”, resume la estudiante de 24 años sin saber que se encuentra en pleno epicentro del terremoto del turismo en la ciudad. De hecho, las imágenes de turistas desfilando desnudos, orinando, defecando o practicando sexo en las calles del antiguo barrio pesquero de Barcelona probablemente volveran este verano a todos los telediarios y con ellas las críticas de unos vecinos que ya están curados de espanto pero que no se resignan.

“Desde hace años estamos sufriendo en primera persona ese boom en el que todo vale para el turista porque se vende como la única salvación para la economía de la ciudad”, critica al otro lado del teléfono Manel Martínez, portavoz de la Asociación de Vecinos de la Barceloneta que exige medidas urgentes para limitar el número de turistas a pesar de ser consciente del peso que esta industria tiene para las cuentas de la ciudad. No en vano, un estudio de MasterCard situó a Barcelona como la sexta ciudad del mundo con mayores ingresos por esta actividad que supone en torno a un 15% del total de su economía o la friolera de 13.380 millones de euros anuales. Y la cosa promete seguir aumentando ya que, este mismo lunes, se dio a conocer que su puerto contará con una nueva e inmensa terminal de cruceros a cargo de la compañía naviera MSC.

”Los cruceros son una seria lacra para la ciudad a diferentes niveles: amenazan la salud pública debido a las emisiones contaminantes, generan una inmensa cantidad de residuos y el desembarco de miles de personas da pie a una invasión turística extra que, entre otras cosas, provoca serios problemas de movilidad a los vecinos”, denunciaron hace ahora un año desde la Asamblea de Barrios por un Turismo Sostenible (ABTS). Un plataforma que aglutina asociaciones vecinales como la de Manel y que, de momento, no ha conseguido frenar el continuo crecimiento del sector. “Dejémonos de ser políticamente correctos y comencemos a actuar con acciones concretas a corto y medio plazo. Estamos cansados de las promesas”, insiste el representante vecinal.

Pero, a pesar del lógico enfado de vecinos o de los planes de expansión de las grandes compañías de cruceros, no es cierto que los políticos de la ciudad se hayan mantenido de brazos cruzados. “Hemos aprobado un plan urbanístico que regula y limita nuevas instalaciones hoteleras y de pisos turísticos”, responde el concejal de Empresa y Turismo de Barcelona, Agustí Colom, que saca pecho por las acciones concretas para contener la ‘epidemia’ de pisos para turistas. Un fenómeno que muchos sitúan como uno de los principales culpables de reventar el mercado inmobiliario de la ciudad.

“El modelo de turismo en Barcelona refuerza el uso de la vivienda para fines especulativos y sirve para que algunos extraigan beneficios cuando el fin prioritario de una vivienda debería ser siempre el residencial”, denuncia Jaime Palomera, portavoz del Sindicatos de Inquilinos de Barcelona, el primero de este tipo en España y que se acaba de crear para luchar contra la galopante subida de los precios en la ciudad condal. Datos del Ministerio de Fomento apuntan a un aumento del 16,5% del precio de los alquileres en Barcelona en 2016, y hasta un 25,1% en algunos barrios cercanos a la línea costera como Diagonal Mar o el Poblenou que comienzan a absorber parte del turismo excedente de la Barceloneta.

Aprovechando el ruido mediático levantado por la creación de su sindicato, no dudamos en preguntar a Palomera sobre el supuesto auge de la turismofobia entre los barceloneses pero él no está de acuerdo: “aquí nadie esta en contra del turismo, sino de cambiar el modelo para garantizar el derecho a la vivienda”. Por tanto, el discurso del representante sindical se solapa en gran medida con el que promueve el ayuntamiento de Barcelona e incluso con el de Manel, el representante vecinal, que durante la entrevista negó en varias ocasiones que hubiese algún tipo de fobia pero que, en cambio, insistió en la necesidad urgente de poner coto a la llegada de visitantes y, sobre todo, acabar con el turismo de borrachera.

“Tenemos que plantearnos qué tipo de turistas queremos, cuándo han de venir, dónde se deben instalar teniendo en cuenta las zonas más o menos saturadas de la ciudad”, resume el concejal Colom que aprovecha la oportunidad para recordar que "por primera vez, los vecinos y las vecinas de Barcelona que creen que el número de turistas ha llegado a un límite (48%) es superior al que cree que aún pueden venir más (47%)” y que, en las encuestas realizadas por el consistorio, "el 58% de los turistas apuntaron a que hay demasiada gente visitando la ciudad". Unas cifras que confirman que más allá de los vecinos, son los propios turistas los que comienzan a resentirse de la masificación.

Por tanto, a pesar de lo que pueda escribir The Independent, hablar de turismofobia en Barcelona sigue siendo amarillismo en vena. Ni los vecinos, ni las asociaciones, ni el Ayuntamiento niegan que exista un problema con el exceso de visitantes pero, en lugar de adoptar un discurso incendiario, todos ellos abogan por el desarrollo de un modelo sostenible. ¿Acaso es eso una idea descabellada o un ejemplo a seguir en otras ciudades que sufren los efectos del turismo de masas? Como no se cansó de repetir la alcaldesa Ada Colau en su entrevista con Buenafuente hace unos meses, el objetivo del Ayuntamiento no es otro que conseguir “una ciudad amable con sus vecinos y con el visitante”. Con los dos.