Este Diseñador Valenciano Se Lleva Un Trozo De Su Tierra A Cualquier Parte Del Mundo

Puede que, si una persona no ha pisado nunca Valencia, y se le pone delante una fallera, con sus moños, sus peinetas, su traje de seda bordada y demás parafernalia, tenga la tentación de preguntarse si no se ha teletransportado en el tiempo a alguna otra época. Es verdad que el vestido de valenciana, de moderno tiene poco, por eso choca que un joven haya sido capaz de crear, con esa misma materia prima, complementos dignos de cualquier look vanguardista y exportarlos a todo el mundo.

Lo primero que lanzó Arturo Santander, de 30 años, fue la ‘pulsera fallera’ hecha con la tela del pañuelo típico de cuadros azules y blancos, y poco después empezó a utilizar las sedas bordadas de diferentes colores con las que se hacen los trajes tradicionales de Fallas. Más tarde llegaron las fundas de móvil, las carteras y los bolsos, que han tenido muchísimo éxito y se están vendiendo como churros, o mejor dicho como buñuelos, para hacerlo todo más valenciano.

La idea de llevarse un trozo de su tierra a cualquier parte del mundo y la de hacer que las Fallas sobrevivan más allá del 19 de marzo estuvo dando vueltas en la cabeza de Arturo durante un año, hasta que en enero de 2014 presentó el proyecto a un concurso de emprendedores y lo seleccionaron entre más de 200 candidatos. No es que le pillara de nuevas, porque este valenciano llevaba desde los 18 años en el vertiginoso mundo del emprendimiento. “El primer proyecto que monté era de artículos retro, como un reloj con una carta de ajuste (la pantalla de colores que aparecía en las teles antiguas) o un muñeco y transformado en complemento. Cogía un objeto que tenía una función y yo le daba otra”, cuenta Arturo por teléfono. Y es exactamente lo que hizo al concebir los productos de esta marca que ha bautizado simplemente ‘fallera’.

Arturo además decidió producir en España. Nada de llevarse la manufactura al sudeste asiático como hacen las grandes cadenas de ropa. “Viajando por Estados Unidos y otras partes del mundo vi que había souvenirs autóctonos y de calidad, pero todo lo que teníamos nosotros era made in China. Yo prefiero ganar menos pero ser coherente con mis principios”, explica el joven que, como buen valenciano, y a pesar de los estragos que han hecho en la imagen de la comunidad cosas como la corrupción o Gandía Shore, está muy orgulloso de su ‘terreta’.

Mantener la producción local tiene también una gran ventaja y es que puede aceptar encargos y personalizar tanto las pulseras como los demás complementos. Así, cuando una fallera quiere tener un recuerdo para todo el año, puede mandarle la tela de su vestido y hará de ella el complemento que más le guste y además puede grabar sus iniciales o la fecha que quiera.

Todo esto puede hasta parecer fácil: “tengo una idea, creo un producto, lo comercializo y me forro”. “Jaaaaaaaaj”, contestaría cualquiera que lo haya intentado. Si a esta ecuación le añadimos diseños, patentes, proveedores, artesanos, distribuidores, cientos de horas de insomnio y años de trabajar sin descanso, nos estaríamos acercando un poco a lo que hay detrás de ese bolsito tan mono que vemos en Instagram.

En el caso de Arturo, no se atreve a recomendar a nadie que se lance al emprendimiento. “No digo que emprendedor se nace, seguro que también se hace, pero es una montaña rusa en la que a las 9 de la mañana estás arriba, y a las 10, abajo. Te tiene que gustar esta forma de vida”, cuenta. Y aunque podría parecer que está en la cresta de la ola ya que desde hace un año ya se venden sus productos en El Corte Inglés y este año ha conseguido formar parte de una campaña con la marca de cervezas Amstel, no puede dormirse en los laureles. Además sueña con trasladar el mismo modelo a otras comunidades autónomas y tal vez pronto haya también pulseras flamencas, aragonesas o gallegas.