La crisis del coronavirus es el "acelerador de la historia" que cambiará tu mundo para siempre

El jefe de política internacional del Financial Times, Gideon Rachman, considerado uno de los mejores analista de geopolítica del planeta, ha analizado el impacto del virus en la geopolítica

Que el mundo no será el mismo cuando pase la pandemia del coronavirus no se le escapa a nadie. Apenas llevamos una semana y media de confinamiento y el mundo que dejamos atrás parece ya muy lejano. Este virus supone un punto de inflexión que, en opinión de muchos expertos, actuará como catalizador de muchos de los procesos políticos, sociales y económicos que estaban por venir. “Un acelerador de la historia”, calificó al COVID-19 el jefe de política internacional del Financial Times, Gideon Rachman, considerado uno de los mejores analista de geopolítica del planeta.

Lo que resulta indudable es que el impacto desigual de la pandemia y las diferentes reacciones de los gobiernos ante la crisis provocará que el frágil equilibrio de poder entre Estados Unidos, China y la Unión Europea cambie para siempre. En este sentido, es posible que incluso veamos el sorpasso del gigante asiático como primera potencia mundial. Como los interrogantes son muchos y el desconcierto total, un artículo de El Confidencial ha analizado los seis efectos más inmediatos y profundos que podría tener el coronavirus en el tablero de ajedrez de la geopolítica mundial.

Un mundo más desglobalizado

En una economía interconectada en la que China actúa como la fábrica low cost del mundo, la dependencia de los países para conseguir suministros de diferentes materias y productos es total por lo que si una pieza falla el resto caen como las fichas del dominó. Esto ha quedado de manifiesto por ejemplo con la gran demanda de mascarillas sanitarias de los países de Occidente que, sí o sí, tenían que adquirirlas de China. Por su parte, las cadenas de montajes de automóviles de Estados Unidos o sus gigantes tecnológicos de Silicon Valley también dependen de la voluntad de Pekín para abastecerse de componentes.

Son solo dos ejemplos, pero si algo ha dejado claro la crisis pandémica es que ninguna potencia quiere ya depender de sus rivales en sectores estratégicos de la producción. Es por ello que la desglobalización ya llevaba algunos años avanzando pero con la llegada del COVID-19 el fin de la interdepencia entre China y Estados Unidos (‘Chimerica’ como la llaman los economistas) y la guerra comercial entre ambos parece un hecho. La búsqueda de nuevos suministros y la relocación de industrias ya se ha iniciado en ambos países. El proteccionismo de las principales economías podría volver con fuerza. 

Trump cambia de estrategia

Con el demócrata Joe Biden cada vez más reforzado como candidato de la oposición a las elecciones presidenciales de noviembre de 2020, Donal Trump sabe que la gestión de la crisis será la clave para apuntalar su reelección. Gracias a su notable gestión económica y a su olfato político muchos no dudan de que Trump sabrá darle la vuelta a su error inicial de ridiculizar el coronavirus al tacharlo de “una gripe de los chinos”. 

Desde hace una semana las comparecencias del presidente estadounidense han sido las de un hombre de Estado que quiere mostrarse capaz de estar al frente de la situación si la cosa se pone fea. La movilización de los buques hospital del ejército y el anuncio de un potente paquete de medidas económicas parece que han logrado el efecto deseado y es muy probable que consiga pasar la curva del virus sin que decaiga su popularidad. Sabe que cualquier error supondría el final de su mandato.

¿China nuevo líder mundial?

La jugada de márketing de China con su envidiable gestión de la pandemia ha salido mejor de lo que ellos mismos esperaban y gestos como el de enviar enormes cantidades de material sanitario a Europa han reforzado enormemente su imagen de liderazgo a nivel mundial. Las polémicas sobre sus sistemas de vigilancia masiva sobre sus ciudadanos han quedado atrás y sería hasta lógico que muchos países de la Unión Europea comiencen a replantearse su relación con la segunda economía mundial. De hecho, es muy probable que su rápida salida de la crisis haya sentado las bases para alcanzar el primer puesto más pronto de lo que pensamos.

El euroescepticismo se frota las manos

Con el Brexit, la economía de Italia en la UCI y la poco prometedora situación de España, Francia y Alemania, las palabras de la directora del Banco Central Europeo (BCE), Christine Lagarde, asegurando que su función no era la de cancelar primas de riesgo ya dejó claro que la Unión Europea ha entrado en modo ‘sálvese quien pueda’.

La coordinación de los países miembros ante la pandemia ha sido nula y aunque el BCE ha rectificado poniendo en marcha un programa de 750.000 millones para mitigar la crisis sobre las economías de la zona euro, la sensación es que Bruselas nunca volverá a ser lo mismo y sus enemigos (como Orbán, Kaczynski o Salvini) se frotan las manos mientras preparan su artillería de mensajes xenófobos. 

¿El fin de los presidentes intocables?

Vladimir Putin no ha parado de presumir de haber dejado a Rusia al margen de la pandemia y no ha dudado en proyectar una imagen fuerte a la vez que prometía hacer pagar a quien hubiera iniciado la pandemia con intereses ocultos (Trump, según él). Sin embargo, sabe perfectamente que el Estado ruso está lejos de ser capaz de controlar la propagación del virus más allá de Moscú o San Petersburgo. Sus maniobras para asegurarse la reelección hasta 2036 podrían jugarle una mala pasada si la situación se descontrola y sabe que, por primera vez desde 1999, se juega todo a una carta. Eso sí, su maniobra de ayuda a Italia con virólogos militares y material ha sido una obra maestra de la geopolítica. 

Cuba o Venezuela también podrían experimentar cambios drásticos si la gestión de la pandemia resulta un fiasco debido a la escasez de muchos productos básicos y al hartazgo generalizado de sus poblaciones ante los regímenes establecidos. Por último, países como el Brasil de Bolsonaro o el México de López Obrador podrían pagar muy caro su escepticismo y pasividad inicial con el COVID-19.

Xenofobia y fin de la solidaridad internacional

Los refugiados sirios en Grecia, Jordania o el Líbano, los cientos de miles de rohingya en Bangladesh, los somalíes en la frontera de Kenia, etc. son solo algunos ejemplos de los millones de refugiados de todo el mundo que verán como los sistemas de ayuda internacional comienzan a fallar e, incluso, desaparecer ante la grave situación económica por la que atravesarán las economías de Occidente que, además, cerrarán sus fronteras a cal y canto. 

Centradas en sus problemas internos y acosadas por un aumento de las tensiones internas generadas ante la probable la radicalización de los discursos políticos (todo apunta a que con mayores tintes xenófobos) las economías más prósperas no moverán un dedo mientras el virus se extiende entre las poblaciones más necesitadas del planeta. Millones de vidas corren el riesgo de perderse solo en África y los refugiados en suelo europeo tampoco parece que vayan a recibir demasiadas atenciones.