Crecí en una ciudad secreta de la URSS rodeada de radicación y armas nucleares

Vivían encerrados, con poquísimo contacto con el exterior. Aunque, a cambio, tenían buena vida, cuando en 1957 explotó una central nuclear, la URSS lo ignoró y les obligó a seguir viviendo ahí, junto a la radiación

Nadezhda Kutepova nació en la ciudad rusa de Ozersk durante la Guerra Fría. No sabía nada del mundo exterior más allá de lo que le enseñaban en el colegio, más que nada, porque tenía prohibido abandonar las fronteras de su municipio. La primera excursión que hizo al exterior fue con el colegio, cuando era pequeña. No tenían permitido hablar con nadie que no fuera de su grupo y, sobre todo, les prohibieron que explicasen que eran de Ozersk. Tenían que actuar como si su ciudad no existiera. “Desde pequeña me di cuenta de que mi ciudad tenía algo especial, pero claro, no me imaginaba lo que podía ser”, explica en un documental.

Fuera de Ozersk, pocos conocían la existencia de la ciudad, y los que sí que la conocían hablaban de ella en código: “ciudad 40”, un nombre en clave para que nadie tuviera curiosidad o la buscase en los mapas. De hecho, aunque lo intentasen, tampoco lograrían nada. “Durante décadas, la ciudad no aparecía en los mapas y la identidad de sus ciudadanos fue eliminada de los censos soviéticos”, explica en una entrevista con AlJazeera. Eran fantasmas, no existían para nadie. Y dentro de la ciudad, las instrucciones eran claras: nadie de fuera podía conocer tu existencia.

El secretismo que envolvía a esta ciudad soviética se explica por su origen. Nació poco después de finalizar la segunda guerra mundial, y servía para albergar los trabajadores de la planta nuclear de Mayak, situada al sur de los Montes Urales. En Mayak se llevaban a cabo programas militares secretos, y no querían espías ni que ninguna potencia enemiga los descubriera, así que cerraron la ciudad y la mantuvieron en la más absoluta confidencialidad. Lo que se escondía en Mayak era, ni más ni menos, que la creación del programa de armas nucleares de la URSS.

Ozersk no era la única “ciudad cerrada”, como se conocían a esas ciudades que vivían bajo el secretismo porque albergaban industria militar soviética. Las características de todas ellas eran similares: tenían fronteras dentro de ellas que se cruzaban con pasaporte (“éramos un estado dentro de un estado”, recuerda Kutepova), no podían enviar cartas, sus movimientos y vidas estaban controladas por el estado y su identidad estaba oculta al resto de rusos. Eso sí, a cambio, gozaban de un nivel de vida muy, muy alto. “Una contradicción con las ciudades que nos rodeaban, que eran muy pobres. Especialmente después del accidente nuclear”, añade Kutepova.

En 1957, la central de Mayak fue el escenario del tercer peor accidente nuclear de la historia (obviamente, Chernobyl tiene el dudoso honor de encabezar la lista). Y fue profundamente silenciado hasta los 90, cuando la URSS colapsó y se revelaron muchos secretos de estado. Con la explosión quedó contaminada toda la zona, incluido Ozersk. Por supuesto, tenían una gran calidad de vida, pero el dinero no te salvaba de la radiación. Por eso, el padre y la abuela de Kutepova murieron de cáncer, porque el gobierno hizo como si el accidente no hubiera sido nada grave y los obligó a continuar encerrados en la ciudad secreta, a pesar de la contaminación y los problemas de salud derivados. Los pueblos de alrededor de Ozersk, como denuncia en la entrevista, eran pobres y ni tan siquiera podían pagarse el tratamiento del cáncer, por lo que los efectos del accidente nuclear fueron todavía más duros.

Explosión de Mayak (1957)

“La ciudad cerrada era como una botella. El gobierno simplemente abría esta botella para dar comida y luego la cerraba. Así que estábamos aislados de la sociedad, ni ellos sabían lo que nos pasaba, ni nosotros sabíamos lo que les pasaba. Por eso me hice activista”, explica Kutepova. Empezó su campaña por la verdad, por reconocer los efectos del accidente nuclear, pero también por la protección medioambiental y el derecho a la salud, una campaña dirigida, obviamente, contra el gobierno, que la acusó de traidora y tuvo que huir a París.

Ahora sigue siendo activista desde Francia, luchando para que cierren Mayak. “Es muy antigua, puede haber otro accidente fácilmente”, se lamenta. Aunque Ozersk dejó de ser secreta en 1994 y se rebautizó a Ozyorsk, las actividades nucleares continúan, y también la contaminación y los problemas de cientos de familias pobres o trabajadoras de la central, cuyas únicas opciones son quedarse en la ciudad y arriesgarse a morir de cáncer o dejarlo todo y empezar en otro lugar con nada, ni hogar ni dinero ni demasiadas oportunidades.