Carta abierta a Pablo Iglesias de una exvotante de Podemos decepcionada

Querido Pablo Iglesias,

Recuerdo que hace unos años te veía pasar por los pasillos del Parlamento Europeo en Bruselas, donde coincidimos brevemente cuando tú empezabas tu carrera en política y yo terminaba mis enésimas prácticas, te seguía con la mirada y pensaba: "ahí va mi última esperanza en la política". Eras la materialización de aquel rayo de luz que nació unos años antes con el 15M y que seguí con emoción desde mi exilio económico en una capital europea en la que, como tantísimos otros jóvenes, buscaba las oportunidades que en España no tenía.

Hasta entonces había dado por hecho que los políticos eran esos hombres blancos con trajes negros e intereses turbios que, independientemente de las siglas que llevaran en la solapa, hablaban un idioma que nadie entendía y venían de un planeta que nada tenía que ver con el mío. Ellos se pasaban el mango de la sartén de los unos a los otros y nosotros nos freíamos a fuego más o menos lento según si nuestra carne les apetecía al punto o bien hecha.

Yo vivía la política con una mezcla de agresividad pasiva, de frustración y de derrotismo, hasta que finalmente me asenté en la apatía y me limitaba a fabricar excusas para justificar mis plantones a las citas con las urnas. Pero de pronto, en unas insulsas elecciones europeas, apareció adelantando por la escuadra a un grupo de gente que vestía vaqueros y zapatillas, hablaba la lengua de la clase media y encima la tenía bien afilada para poder azotar con ella a esos señores que se habían enrocado en sus tronos.

Empecé a creer en la utopía de que la política podía estar en manos de personas corrientes, que simplemente gestionaran los bienes comunes, con sentido común, sin juegos de tronos ni batallas de egos. Que dejaran hacer a la economía sin dejar caer a la ciudadanía, que simplemente inclinaran un poquito la balanza hacia el lado de los que nos pelamos los codos estudiando, nos partimos la espalda trabajando y nos dejamos los sueldos consumiendo para alimentar este sistema que nos consume.

Y durante un tiempo te creí, Pablo Iglesias. Me entusiasmé, me emocioné. Veía tus entrevistas de La Tuerca, tus intervenciones en La Sexta. Escuchaba los discursos de Errejón y los zascas de Monedero. Retuiteaba a Teresa Rodríguez y veneraba a Ada Colau y a Manuela Carmena. Así que os di mi voto de confianza. Salí de mi casa, puse mi corazón y vuestra papeleta en un sobre y lo metí en una urna para que construyerais algo bonito con ellos.

Me imaginé que no os lo pondrían fácil, sabía que os llovería la mierda. Que los de siempre no se levantarían educadamente para cederos el asiento y que utilizarían todas sus armas pérfidas para haceros desaparecer del tablero. Lo de Monedero no me extrañó y lo de Rita Maestre fue otro golpe bajo, pero lo que no me esperaba es que os acabarais cargando Podemos desde dentro.

No recuerdo cuál fue el momento exacto en el que te perdí de vista. Yo soy de ese tipo de persona con tan poca inteligencia emocional, que cuando se enfada con alguien deja de mirarle a la cara, como si por ello fuera a desaparecer. Pero desde entonces solo me han llegado los ecos de vuestras batallas internas. De que si yo quiero que se vote a una persona y no a un programa, que si ahora le escribo una cartita a Errejón y todo eso salpicado de dimisiones de gente que confiaba en vosotros y ahora ya no.

Ya que somos pueblo llano, hablemos como el pueblo llano: SE OS HA IDO LA PINZA, COLEGAS. El cuero de los sillones de Congreso de los Diputados debe haberos cebado el ego y enturbiado el cerebro hasta haceros olvidar que erais personas corrientes que teníais que hacer uso del sentido común. Habéis olvidado también que personas hechas y derechas como yo, racional y excepcionalmente os confiamos la responsabilidad democrática de representarnos en el parlamento. Que pusimos nuestras últimas esperanzas en vosotros. Sí, esas mismas que os habéis pasado por el forro comportándoos como niños en el patio del colegio y demostrando que si no podéis gestionar vuestro partido, ¿qué habríais hecho si os hubieran dejado gobernar el país?

Querido Pablo Iglesias, me encantaría mirarte a los ojos para que vieras la decepción en los míos. Los ojos de alguien cuya fe en la política pende ahora solo de unas pocas alcaldías con nombre de mujer, porque la esperanza que se te había depositado en esos pasillos de Bruselas, hace tiempo que la dejaste de merecer.