Fui al Bingo y descubrí la trampa para que te dejes cientos de euros en una noche

Una decoración de falso lujo, personas solas y salas para fumadores intoxicadas por humo: el extraño ambiente que te acompaña en un bingo a altas horas de la noche

El edificio está en Barcelona pero tiene una decoración que recuerda al falso lujo de Las Vegas. Mucha luz artificial, suelos de moqueta y acabados inspirados en los años 50 para darle un toque “chic” que no lo consigue. Tras cruzar las puertas, un montón de máquinas tragaperras te dan la bienvenida. Al final del local hay un centenar de mesas en completo silencio, la mayoría ocupadas. Mientras buscamos un lugar vacío, nos mandan a callar. Es la una de la madrugada y cualquiera diría que están operando a alguien a corazón abierto, cuando en realidad están entregados a un partida de bingo.

El primer cartón de bingo que jugamos sobre la pantalla que había en el centro de todas las mesas, donde se iban mostrando los números que cantaban

En cuanto acaba la partida, se relaja la estricta regla del silencio, todo el mundo se pone a hablar y pasan los vendedores de cartones para jugar. Van mesa a mesa, ofreciendo una nueva partida a la fauna, de lo más variopinta, pero que se puede resumir en dos grandes categorías: los grupos de amigos, que vienen a beber barato y jugar, y los expertos, sobre todo asiáticos y mujeres en sus cincuenta y sesenta que van solas.

Nos pedimos el primer cartón, dos euros. Empieza bien. Van diciendo nuestros números y en poco tiempo estamos a punto de hacer línea. “¡Línea!”, cantan de la otra punta de la sala. Se oyen de fondo unos insultos y chasquidos de desaprobación. Se acaban de llevar 30 euros. Siguen jugando. Sube la tensión, van avanzando números, nos quedan unos pocos para el bingo… cuando lo canta otra persona. Se oyen varias personas lanzando el rotulador contra la mesa, cargados de rabia.

Así anunciaban los números durante la partida

Tras un par de nefastas partidas, un amigo quiere fumar. “Es de los nervios”, dice liándose un cigarro. “Parece mentira, pero me estoy poniendo tenso”. Tiene razón, hasta nuestro amigo más pacífico, un auténtico ser de luz, ha soltado un grito entre dientes. Estamos cargados de frustración, normal. En la última partida solo pudimos marcar dos porque, literalmente, solo decían los números contiguos a los nuestros: si teníamos el 7, decían el 8. Si el 43, el 44. Así hasta siete veces. Llegué a pensar que era una especie de complot kármico del universo. Como todos los que se vician.

Por primera vez desde que soy adulto estoy en un bar donde se puede fumar en España. La sala de juego está divida en dos, fumadores y no-fumadores, así que podemos darle rienda suelta a este nuevo vicio ludópata mientras nuestro amigo le da al suyo. Nos transportamos al 2005, justo antes de la ley antitabaco. Una nube de humo recorre el aire, se engancha a tu ropa y te cuesta respirar. Arden los ojos. Hace meses que no pruebo un cigarro y me entra una tos más horrible que a Oliver Twist en medio de la epidemia de la tosferina. Entre la bruma de nicotina que recorre la sala y la decoración del siglo pasado, siento que acabo de viajar en el tiempo.

La triste prueba de una de las muchas derrotas de la noche

Esta sala está más llena, así que nos toca compartir mesa. Estamos con una señora, que está sola, y parece que domina el juego. “¿Tiene el 37?”, le dice a la chica que reparte los cartones. Niega con la cabeza. “Bueno, es igual, dámelo”. Acaba la partida y no ha cantado ni línea. “Lo sabía”, nos dice la señora visiblemente enfadada. “El 37 es mi número de la suerte, y si no está en el tablero, no me toca nada”. Cuando pasa la chica de los cartones, se pide otro, de nuevo sin el 37 (y vuelve a perder).

A nuestra derecha, una mujer le pide diez cartones de golpe. Tampoco le toca nada. Miramos su mesa: va preparadísima. Lleva unos cascos, una especie de tablet que le enseña los números que van diciendo y un sándwich. Desprende aura de profesional. Sin duda está curtida. Tras perder otros diez cartones, se levanta y la sigo para hacerle un par de preguntas, pero me despacha rápidamente. Lleva un billete de 100 euros en la mano para pedir cambio y me doy cuenta de que la “profesional del bingo” muy probablemente es una mujer con ludopatía.

Miro a mi alrededor y veo que, en realidad, no es la única. Como ella, más de diez mujeres de mediana edad juegan solas, a la 1 de la mañana, gastándose cientos de euros. Me devora una extraña tristeza.

En un desconcertante momento de la noche, mientras cantaban los números Lizzo cantaba y bailaba en la pantalla principal

Vuelvo a la mesa, con el ánimo algo tocado, y jugamos otra partida. Esta vez cantan “bingo” dos mujeres en la mesa de al lado. Mientras, excitadas, se piden una copa de vino para celebrarlo y nos explican que es la primera vez que vienen: “estábamos en un bar y nos tocaron 80 euros en una tragaperras. Le dije a mi amiga ‘esto es el destino’, así que nos vinimos para el bingo ¡y cantamos bingo! Nos han tocado más de 300 euros en toda la noche”. “¡Tenías un presentimiento!”, le grita su amiga mientras la agarra y mueve el brazo con más euforia que Rosalía bailando bajo la lluvia de billetes en Millionària.

Precisamente, esa es la triste verdad del bingo: es aleatorio. Nosotros veníamos con la idea de encontrar un maestro del bingo que nos explicase los trucos para sacarle pasta hasta a un crupier, pero nos volvimos con 20 euros menos (por cabeza) y totalmente desengañados. Nos lo confirma uno de los trabajadores, para acabar de rematar la ilusión. “He visto gente perder miles de euros. Esta semana hicimos un bingo con bote. Una mujer compró más de 100 cartones y no se llevó nada. En cambio, unos jóvenes que vinieron se llevaron el bote a los cuatro cartones. No hay ningún truco”.

Las vistas que teníamos desde la primera mesa

Muchos de los ludópatas piensan: a la siguiente me toca, “pero no, y así ya se han gastado más de 1.000 euros. El récord fue unos 10.000”, añade. Le pregunto si alguien se ha arruinado. No lo sabe con certeza, pero cree que sí. Nosotros hemos pasado por lo mismo. La adrenalina de pensar que el siguiente te tocará, o que no te vas de ahí hasta que recuperes lo perdido, te hace continuar. Y no te das cuenta y te quedas sin billetes.

“Algunas personas hacen cálculos matemáticos para no gastar más de lo que podrían ganar si cantan bingo”, añade. No te asegura que vayas a recuperar lo perdido, “eso solo lo determina la suerte”, pero es una forma de controlar tus gastos. Al final, la conclusión de la noche es que, como en el Monopoly, a la larga quien sale ganando es la banca.