Deudas, alcohol y tragaperras: así fue asistir a una reunión en Jugadores Anónimos

Sentado en una silla, un señor con pinta de jubilado y gesto bonachón encoge los hombros y dice: “Hola soy José María y soy jugador compulsivo”. Inmediatamente, los otros 15 presentes en la sala le responden al unísono y de manera casi mecánica: “Bienvenido José María”. Así, rodeado de completos desconocidos que relatan cómo el juego y el alcohol destrozó sus vidas, comienza mi primera participación en una reunión de Jugadores Anónimos (JA).

La escena, que parece sacada de una película, ocurre en una pequeña sala de la biblioteca pública del Hospitalet del Llobregat, una de las ciudades dormitorio de la periferia urbana de Barcelona. Nada más llegar, Rossend, un antiguo comercial que fumaba tres paquetes de tabaco al día mientras se jugaba las comisiones a las tragaperras, me pone al día de los pormenores de esta Hermandad, y es que los miembros de JA se definen como 'hermanos'.

“Es muy simple, el rato que estamos aquí nos aseguramos de que no estamos jugando”, explica mientras me deja claro que “el jugador es jugador de por vida, esto no se cura, solo se evita”. Aunque mi presencia y mi juventud sorprende a los ‘hermanos’, algunos me comentan que cada vez llegan chavales más jóvenes a este tipo de reuniones debido a su adicción a las apuestas deportivas y al póker online. Eso sí, algunos no pasan de la primera sesión al no sentirse identificados con esta generación de cubata y cartón de bingo.

Así me lo había advertido días antes la doctora Susana Jimenez, responsable de la Unidad de Juego Patológico del Hospital Universitario de Bellvitge en cuyas reuniones sí abundan los jóvenes: “El perfil del jugador en la nueva generación está más asociado a las nuevas tecnologías, juega en casa o a través del móvil en cualquier lugar”. Vamos que en JA no es lo habitual encontrarse a un gamer, sino más bien al típico señor del bar de la esquina que se pasa el día echándole monedas a la máquina.

Pero volvamos a José María, el primero de los testimonios de la reunión. “He estado ingresado en un psiquiátrico 10 veces”, afirma mientras culpa a la bebida de haber nublado su mente durante las décadas en las que el juego se apoderó de su vida. De hecho, no tardo en darme cuenta de que la mayoría de los miembros del grupo pasaron antes por Alcohólicos Anónimos (AA) y que muchos de ellos siguen acudiendo a sus reuniones.

“Yo no sé si jugaba porque bebía o si bebía porque jugaba”, se pregunta el jubilado ante el silencio de sus  hermanos que asienten cada una de sus palabras con la mirada perdida, como si el relato de José María se hubiese convertido en un espejo en el que mirarse y pedir disculpas por los pecados cometidos. Las deudas, la ansiedad, las discusiones familiares y finalmente los intentos de suicidio parecen ser la carga común en todos ellos. El peso del que lograron librarse el día en que decidieron poner freno al juego.

Después de vaciar su alma, el relato del primer protagonista acaba entre aplausos y un sonoro “Gracias José María”. Es el turno de Albert, un taxista de 34 años y seguramente el más joven de toda la reunión. “Mi primer contacto con las tragaperras fue de pequeño con mi padre, mientras él jugaba yo le buscaba las monedas y, de vez en cuando, me dejaba apretar los botones”, recuerda. Aunque el amor a su hija le llevó a dejar definitivamente el juego hace dos años, sus deudas hicieron que fuera desahuciado recientemente.

“Lo sabéis todos, yo aquí no tengo amigos tengo hermanos. Gracias a vuestra ayuda ahora tengo la satisfacción de pasar mis ratos libres al lado de mi hija y no en un bar, una timba o un casino”, se sincera Albert mientras la emoción le entrecorta la voz. Su mérito es doble, debido a su profesión de taxista no tiene más opción que violar cada día la primera norma de JA: nunca lleves dinero encima. Una tentación superada que años atrás casi le buscó un problema cuando, moneda a moneda, robó 5.000 euros de la recaudación del taxi.

Por suerte para Albert, tanto su jefe como su mujer supieron apoyarle y comprender su adicción aunque, eso sí, ha preferido no decir nada a sus compañeros. Una circunstancia impuesta por el estigma social sobre los jugadores que le provoca continuas situaciones incómodas en su día a día: “Siempre que los compañeros se reúnen en un bar me sudan las manos. Normalmente me tomo un café y me voy lo antes posible para no caer en la tentación. Otro tanto me ocurre cada Navidad con el asunto de la lotería”.

Entre sus reflexiones me llama muchísimo la atención su preocupación por el futuro de su hija. “Hoy en día hasta en las escuelas les están poniendo las tablets para que lo niños jueguen. Me preocupa que no se les advierta que pueden producir una adicción y más viendo cómo está creciendo el problema de los videojuegos y las apuestas deportivas”, reflexiona. No es para menos, si en 2005 los casos de adicción al juego online suponían el 0,5% del total de casos de ludopatía, ahora rondan el 14%.

Pero aquí es cuando viene el momento para el cual no estaba nada preparado. Aprovechando el espacio entre los testimonios de los ‘hermanos’, un señor bastante elegante y que parece ser el secretario del grupo comienza a reflexionar sobre la necesidad de cuidar de nuestra espiritualidad. Para mi sorpresa, el programa de JA incluye lo que se conoce como los “12 pasos de recuperación” o, directamente, "espirituales" como me aclara otro de los presentes.

”Buscamos a través de la oración y la meditación mejorar nuestro contacto consciente con Dios, como cada uno lo entiende a Él, orando sólo para conocer Su voluntad para con nosotros y el poder para llevarla a cabo”, especifica el 11º paso del programa de JA. Un cierto tufillo a Iglesia (o a secta) que a mí me tira para atrás pero que, me insisten, no tiene nada que ver con la doctrina del Vaticano sino con practicar la espiritualidad “como en el yoga”.

Tras la explicación espiritual miro mi reloj y me doy cuenta de que, con la tontería, ya llevamos 90 minutos de reunión y todavía tengo un testimonio más que escuchar. Es Agustín, un antiguo camarero de 57 años que intentó seguir los 12 pasos por su cuenta antes de acudir a una de las reuniones. Un experimento fruto de su cabezonería y de cierto egocentrismo que acabó en fracaso: “Cuando reconocí que no podría salir de esto por mi cuenta es cuando me hundí de verdad. La humildad que me enseñasteis me salvó la vida”.

Con rostro serio, reconoce cómo robaba a sus propios familiares para mantener su vicio. “Entregaba la nómina y me quedaba todo el dinero de las recaudaciones. Como no era un gángster y no me atrevía a robar en la calle, robaba lo que podía en casa. No me importaba meter la mano en el monedero de mi mujer o en la hucha de mis hijos”, confiesa. La ansiedad que le producía el círculo vicioso de mentir, robar y jugar era tan fuerte que no durmió más de dos horas seguidas durante años.

La salida del túnel fue fácil para Agustín. A través de los “pequeños gestos”, como él dice, consiguió recuperar el control de su vida. “Quizás mi caso sea una excepción pero para mí fue fácil superar mi adicción. Entendí que la felicidad no es más que la ausencia de problemas y el juego era mi mayor problema”, concluye con una sonrisa ante los aplausos de la audiencia y el correspondiente “Gracias Agustín”. Lo cierto es que con el último testimonio se respira una sensación de alivio en toda la sala.

Como colofón a la reunión, uno de los hermanos nos invita a darnos la mano y formar un círculo para realizar la oración de la serenidad: “Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo cambiar y la sabiduría para conocer la diferencia”. Aunque el momento es de lo más raruno reconozco el papelón que JA ha tenido a la hora de salvar la vida de estas personas. Sin la ayuda de sus ‘hermanos’ anónimos muchos no lo habrían llegado a contar.