Ortorexia, cuando tu obsesión con una dieta sana se te va de las manos

Después de unas cuantas décadas de alimentación inconsciente, tan abonadas a la comida basura y a los productos superazucarados, hemos comenzado a despertar. Queremos comida saludable que nos nutra y no nos envenene por dentro pero qué pasa si esto empieza a no beneficiarnos

 

Comer sano lleva unos años estando de moda. Ya sabemos que la quinoa, el tofu y lo bio han llegado para quedarse: lo demuestran, por ejemplo, todas esas cuentas de Instagram cargadas de hashtags tipo #healthyfood. Y esto es bueno, ¿no? Comer sano, por definición, no debería tener nada de malo. Pero, ¿y si te decimos que sí? Tal vez no lo sepas, pero esa obsesión tuya o de tus amigos por la 'dieta sana' puede convertirse en un problema, y ese problema tiene nombre: ortorexia. Además, dicha red social, como explica un estudio del University College London, actúa como caldo de cultivo de este trastorno alimenticio. Para explicarlo en una frase, sería algo así: mientras la anorexia implica una restricción cuantitativa de la comida, la ortorexia implica una restricción cualitativa.

La ortorexia es un desorden alimenticio (sí, como la anorexia o la bulimia) basado en una obsesión enfermiza por comer sano. ¿Qué significa esto? Pues que si tu dieta sana comienza a interferir gravemente en otros aspectos de tu vida, como tu bienestar emocional o tu vida social, el mensaje está claro: se te está yendo de las manos. Ahora bien, ¿cómo saber si tu dieta sana está pasando a ser insana? Hay cinco señales de alarma que no deberías perder de vista:

1. Sentimiento de culpa al saltarte la dieta

Estar a dieta está OK, pero si un día, por lo que sea, te tomas un muffin o un donut porque te ha apetecido y ya está, eso no debería afectar a tu estado de ánimo. Si eres de lxs que se pasan horas después pensando en esas calorías extra, en ese aporte de lactosa o en lo que sea que no deberías haber tomado… en fin, es que algo no anda bien.

2. Dejas de hacer cosas por miedo a comer lo que no debes

Piénsalo: te proponen salir a cenar un viernes noche o un mediodía, pero te asusta acabar en un kebab o en cualquier fast food de mala muerte… así que prefieres quedarte en casa, arropadx por tus acelgas y tu pescadito hervido. ¿Te suena? ¿Es algo que harías? Entonces, ahí está: señal de alarma activada.

3. Categorizas los alimentos en dos grupos cerrados

Es cierto que hay alimentos, generalmente, más sanos que otros. Sin embargo, esto no significa que comerte una pizza vaya a provocarte cáncer ni que tomar cada día zumo de kale vaya a hacerte inmortal. Sé flexible, sé razonable. Y por el amor de dios: cómete esa pizza o ese donut o lo que tú quieras porque no te va a afectar como te imaginas. Abusar de algo es lo que hará que no te siente bien.

4. Eliges los alimentos sólo según lo sanos que son 

Es cierto que nos alimentamos para vivir, sí, pero también para disfrutar, y si no te das un gusto de vez en cuando te estás perdiendo una fuente importante de placer. Además, como hemos dicho, se trata de comer para vivir… no de vivir para comer. Entonces: deja de dedicar tantas horas a contar calorías y céntrate un poco más en tu propio disfrute. Si no lo haces tú… ¿quién lo hará?

5. Das sermones a tus amigxs por lo que comen

En serio: esto es lo peor que puedes hacer. Porque una cosa es que tú quieras cenar espinacas ecológicas con sal roja del Himalaya y bayas de goji, y otra es que juzgues a tus amigxs por su plato de huevos fritos con patatas. No les agobies con tus teorías de grasas trans y pollos hormonados: ellxs sólo quieren comer tranquilamente y sin miradas reprobatorias. Cada uno elige su dieta y llegado el momento la cambia… o no. Respétalo.