Lleva cinco años sin ducharse para demostrar que nos lavamos demasiado

Al principio le preguntaba a sus amigos y familiares, gente que sabía que sería honesta, sobre su olor, para asegurarse de que no era el único que no percibía olor desagradable

Lleva cinco años sin ducharse. Es decir, nada de esas duchitas largas de 15 minutitos con agua caliente que nos reviven en invierno. Ni esa agua y jabón rápidos antes de un evento importante para asegurarnos que olemos bien. Nada. Solo lavarse las manos (cuya importancia ha demostrado el covid). Así es la vida de James Hamblin, un profesor de Salud Pública en Yale, que asegura que todos tendríamos que hacer lo mismo o, al menos, intentarlo.

Él sabía que había gente que, hoy en día, se baña poquísimo y no huele mal. Incluso sabía que históricamente el ser humano no se duchaba con jabón, y tampoco olía tan mal: “La mayoría de la gente no tuvo acceso a agua corriente hasta los últimos cien años. Era algo que quizás la realeza podía hacer, los reyes y las reinas, pero que la gente sólo podía hacer ocasionalmente. Quizás se metían en un río o en un lago, pero no era algo que necesitáramos hacer todos los días. Además, no teníamos la capacidad de producir en masa. Por lo que mucha gente usaba jabones caseros y tampoco los utilizaban todos los días porque eran muy duros para la piel. Es algo muy moderno”, aseguró el experto a la BBC.

Y por eso, decidió investigar. ¿Puede el hombre moderno vivir sin ducharse? Lo intentó comprobar con un proceso gradual. Él, que se duchaba todos los días, empezó a usar menos gel, champú y desodorantes. Luego, a bañarse con menos frecuencia. Y al final, con unos lapsos de tiempo muy distantes. Obviamente, como es un proceso, no fue fácil. Al principio echaba de menos ducharse, además sentía que olía mal y que tenía la piel muy grasa. “Pero eso empezó a pasarme cada vez menos”, recuerda.

Cuando ya llevaba algunos años sin ducharse, un periodista le hizo una pregunta: “¿no te da miedo oler mal y que la gente sea demasiado educada como para decírtelo?”. Se rio porque sí, le preocupaba. Y de hecho, durante bastante tiempo y de forma obsesiva le preguntaba a sus amigos y familiares, gente que sabía que sería honesta, sobre su olor. Para asegurarse de que no era el único que no percibía olor desagradable, más que nada. Ahora, asegura, tiene un olor propio. A su esposa le gusta, y sus amigos dicen que no huele mal. Para entenderlo: es como cuando tu pareja se queda a dormir, o te deja algo de ropa y lo hueles y piensas que tiene un aroma a esa persona que quieres. Pues eso mismo, pero más fuerte. Cada persona tiene su olor, aunque el jabón y las duchas, matan ese olor. “Durante la mayor parte de nuestra historia, tuvimos olores que fueron parte de cómo nos comunicábamos con otras personas”, explica Hamblin.

La explicación a que Hamblin no haga peste (sino que huela a él mismo) la dio en su libro. Así lo resume la BBC: “el olor de los cuerpos es producto de bacterias que viven en nuestra piel y se alimentan de las secreciones aceitosas del sudor y las glándulas sebáceas que están en la base de nuestros folículos pilosos. Al aplicar productos en nuestra piel y cabello todos los días se altera una especie de equilibrio entre los aceites de la piel y las bacterias que viven en ella. Cuando te duchas agresivamente, destruyes los ecosistemas. Se repueblan rápidamente, pero las especies quedan desequilibradas y tienden a favorecer los tipos de microbios que producen olor. Pero, después de un tiempo, se da un proceso de regulación: Tu ecosistema llega a un estado estable y dejas de oler mal (…) No hueles como agua de rosas (…) Simplemente hueles como una persona”.

Es decir, dejándote de duchar no es que no huelas a nada. Simplemente, “las poblaciones de microbios en mi cuerpo no producen el clásico hedor corporal que siempre producían”. Ahora, simplemente, huele a él. Un olor natural. De hecho, añade, si nos duchamos tanto hoy en día es por la próspera industria de los productos para la piel, que nos hace creer que debemos oler a neutro o a perfume, aunque él cree que no debería ser así. “Pasamos dos años completos de nuestras vidas bañándonos. ¿Cuánto de ese tiempo (y dinero y agua) es un desperdicio?”, se pregunta. Toca reflexionar: ¿por qué preferimos lo antinatural? ¿A quién no le gusta sentir el olorcito -que no peste- de la gente con la que estás? ¿Serías capaz de ducharte menos (o dejar de hacerlo)?