Me corta el rollo follar con alguien que huele a todo menos a persona

A pesar de que el olor corporal juega un papel fundamental en la atracción y el deseo sexual, parece que vivimos obsesionados con ocultarlo a toda costa

Estoy encima de ella, me deslizo entre sus piernas y mis labios comienzan a recorrer su cuello. Siento que quiero besarla, lamerla, moderla pero cuando comienzo a hacerle todo lo que en mi cabeza sonaba a poesía me encuentro una incómoda realidad: odio su perfume. Pero no me refiero a un odio en plan “va, no me mola”, no. Me refiero a asco, repulsión, ganas de vomitar cuando en medio del folleteo hinco mi nariz en su cabello y parece que estoy esnifando la sección de perfumería entera de El Corte Inglés. Y lo mismo pasa cuando bajo a su ingle relamiéndome y parece que le esté pasando la lengua un ambientador de pino del coche. Y no, no es que sea una persona con Sensibilidad Química Múltiple (SQM), es que sencillamente me gusta que un cuello sepa a cuello, un pezón a pezón y un coño, pues a coño. Es lo que hay y la ciencia me da la razón.

Según la investigación llevada a cabo por la Universidad Técnica de Dresde, la química corporal tiene una importancia crucial tanto en la atracción como en el sexo. En concreto, las feromonas masculinas 5α-androst-16-en-3-one (MP1) y la 4,16-androstadien-3-one (MP2), así como las feromonas femeninas 1,3,5 (10) y 16 -estratetrael-3-ol (FP), son las que hacen que te pongas burrísimx durante la enamorasión. Por tanto, aunque estas feromonas sigan presentes bajo los dos litros de perfume que te has puesto para tu cita, es muy probable que mi cerebro no sea capaz de reconocerlo y me corte todo el rollo. Y puede que la culpa también sea mía ya que soy tan maniático que solo utilizo jabón Dove y nunca uso colonia porque me marea tener un olor metido todo el día en la nariz. Pero creo firmemente que debe de haber un punto intermedio entre oler a droguería de barrio y oler a sobaco sudao.

Oler a una persona es también una forma de conocerla íntimamente y el sexo tiene que saber a eso, a sexo. A babas, a flujo vaginal, a chorrazo de semen y a culo abierto antes de comértelo. No tengo nada en contra de la higiene y menos aún de la higiene íntima, pero disfrazar o, mejor dicho, buscar eliminar nuestros olores corporales por pudor o por una vergüenza hacia lo que somos, me parece de todo menos buena idea. Un coño y una polla tienen que saber a lo que son, no hace falta ser Stephen Hawking para darse cuenta ni tener un restaurante con tres estrellas Michelin para confirmarlo. Son genitales y si están limpitos y bien mantenidos son una delicatessen. Un banquete para el 69. Un placer para los sentidos, para TODOS los sentidos. Por tanto, es una pena privarse de una manera más que nos ha dado la naturaleza para percibir la esencia de los demás. 

Así que tampoco se trata de alargar este artículo hasta el infinito: el olor corporal y de los genitales importa, y mucho. Si te metes litros de colonia, cremas, desodorante, toallitas y demás productos para enmascarar tu olor no solamente te estás engañando a ti mismx, sino que en cierta manera estás desnaturalizando algo que debería ser lo más natural posible. Que no quiere decir que pases de la higiene, pero sí que quizá deberías replantearte por qué huyes tanto de lo que, en el fondo, hace que el sexo sea algo íntimo. Por suerte, ya hemos naturalizado otras cosas como el vello corporal pero ojalá algún día aceptemos que no estamos hecho de porcelana, sino de carne, piel y hueso, que la vida no es de sabor piruleta y que si a tu pareja se le escapa un pedo follando no se muere ningún unicornio. O naturalizamos lo natural o acabaremos siendo de todo menos humanos.