Sobrevivió al infierno de las terapias de reconversión para ‘curar’ la homosexualidad

Christopher Dean se crió en un entorno mormón que le dijo que la homosexualidad era pecado, por eso acudió a terapias de conversión para lograr ser heterosexual

Todos desnudos meditando en el bosque. Gritan a una silla que representa su relación turbulenta con tu padre. Aprenden a caminar de forma masculina. Intentan que les gusten las mujeres. Estas son algunas de las actividades con las que una terapia de conversión intentó ‘curar’ la homosexualidad de Christopher Dean. Y al igual que él, millares de homosexuales esperanzados de cambiar esa parte de él por la que estaban siendo discriminados.

Las actividades que ‘curan’ la homosexualidad

Dean, de 27 años y que ahora vive en Madrid, se crió en Ohio, Estados Unidos, en una familia de mormones. Los mormones “no son amish, como algunos creen”, puntualiza. Ni tan siquiera viven segregados en barrios aislados, como sucede con algunas comunidades evangélicas o judías. “Tuve una infancia normal, solo que tenía algunas normas más estrictas, como ser virgen hasta el matrimonio, no beber alcohol, té o café, pagar el 10% del salario a la Iglesia y no tener relaciones gais”.

Dean se crió en este contexto, con el discurso de que la homosexualidad no estaba bien. “Toda mi vida me habían dicho que era algo malo”, explica, “y cuando vas descubriendo que te gustan los hombres, te sientes como un pecador y eso se convierte en tu identidad. Eso machaca la autoestima”. Al recibir todos estos inputs, Dean intentó luchar con fuerza contra su propia orientación. “Me obligué a salir con chicas, esperando a casarme con una de ellas”. En este intento de expulsar la homosexualidad de su ser, acudió a una terapia de conversión.

Fui por decisión propia, aunque es muy común acudir por obligación”. La terapia era una especie de campamentos organizada por gais que teóricamente se habían 'curado’. “Hacíamos muchas actividades", rememora. Algunas abordaban la sexualidad desde lo psicológico —“aunque no había psicólogos ni equipos médicos”, matiza— otras desde lo físico.

“Había actividades que usaban el contacto para intentar satisfacer las necesidades físicas que tienes y reprimes. Otras no tenían contacto, pero usaban la desnudez”. Estas pretendían desvestir a los participantes para que desexualizasen el cuerpo masculino. “Nos quitábamos la ropa y hacíamos actividades ‘terapéuticas’. Una vez fuimos al bosque a hacer meditación nudista, otra fuimos a una piscina”. El propósito era volver a la mentalidad infantil donde el cuerpo es algo natural, “como si te desnudases en todos sitios sin que importase, sin componente sexual”.

Más allá de eliminar la atracción al cuerpo masculino, las convivencias también querían despertar atracción hacia las mujeres y solucionar los problemas familiares. Creyendo que la homosexualidad surgía de una mala relación con tus padres, hacían dinámicas para explorarlo. “Una vez nos llevaron a un sótano, había dos filas y teníamos una mujer enfrente, a 15 metros. Tenías que acercarte a la mujer, sacando toda la rabia guardada dentro, esos ‘traumas’ que te ‘habían hecho gay’, ya fuera gritando o insultando. Luego, tocaba acercarse emanando energía masculina, por ejemplo bailando sin movimientos mínimamente femeninos. Otra vez nos pusieron una silla vacía que representaba tu padre para gritarle”, detalla.

La terapia de conversión… ¿funciona?

Las terapias de conversión no funcionan. No solo está demostrado científicamente sino que la homosexualidad no es una enfermedad y, por lo tanto, no hay nada que curar. De hecho, estas terapias pueden causar más mal que bien. Para Dean fueron un nido de frustraciones: “me ilusioné y decepcioné. Pensaba que me iba a ‘curar’, pero nunca llegaba. Creía que si me esforzaba lo conseguiría, pero no sucedía. Te sientes como un fracaso porque no puedes conseguir lo que otros supuestamente sí habían conseguido”.

Los que sí habían logrado la falsa cura de la homosexualidad eran los modelos a seguir. No obstante, como Dean apunta, hay muchos que acaban saliendo del armario, porque lo único que habían logrado era reprimir su identidad. Para otros, incluso, esta represión podía llegar a ser mortal. “Recuerdo un caso de un hombre casado y con hijos que se suicidó. Fue un golpe muy fuerte para toda la comunidad porque él había sido como un líder, nadie sabía que estaba tan mal”, se lamenta Dean.  

Los efectos psicológicos a largo plazo

Para la mayoría de las personas LGTBI que han asistido a las terapias, los efectos psicológicos no solo se limitan a la frustración de no poder ‘curarse’. Al contrario, una vez se han reconciliado con su identidad sexual o de género, suelen seguir arrastrando una homofobia interiorizada durante años. Dean es un ejemplo. “He hecho mucho progreso, pero hay muchas veces que siento esa presión, esa homofobia interiorizada. Bajones que no entiendes por qué, te sientes solo y triste, y creo que la mayoría son resultado de ese trauma de tantos años. He mejorado mucho, seguirá durante mucho tiempo y no es fácil para nadie”.

Para entender bien estos sentimientos, utiliza una metáfora. “La homofobia interiorizada es como un espejo roto. Te ves, pero no ves el reflejo real de quien eres. Estás distorsionado, hay partes que no se están bien, que se ven más feas de lo que son en realidad. Te miras y no te gustas. Durante muchos años te han dicho que lo que sientes y haces está mal. Y así te sientes, mal. Es un conflicto profundo entre lo que eres y lo que te dicen que no puedes ser o hacer”, se lamenta Dean.

Todavía es una realidad muy presente

Está claro que las terapias de conversión actuales ya no son como las de las películas de terror hollywoodienses. Ya no hay terapias de shock eléctrico y ahogamientos propios de Guantánamo. Hoy en día se han disfrazado con una apariencia más aceptable y terapéutica, pero igualmente nociva. Por eso es tan importante que las víctimas den su testimonio. Y por eso, Dean no es el único que ha decidido alzar su voz. Garrard Conley también ha querido contar su experiencia a través del libro Boy Erased (Identidad borrada), cuya adaptación cinematográfica pronto se estrenará en España.

Los paralelismos entre el caso de Dean y Conley son muchos. Las actividades y terapias son muy similares, y siempre con el mismo objetivo: reforzar la heterosexualidad y reprimir las pulsiones homosexuales. Aun así, hay algunas diferencias entre ambas historias. "En Boy Erased el organizador de las convivencias es prototípicamente malo, pero en mi caso no eran malos sino víctimas como yo, viviendo mi misma situación, mi misma mentira. Además, el protagonista se da cuenta de que no se curará y nunca lo intenta de verdad. Yo me esforcé mucho, pensando que iba a funcionar”.

Eso sí, la conclusión de los testimonios de Dean, Conley y de otras víctimas de las terapias de conversión es la misma: es difícil salir, pero vale la pena hacerlo. “Cuando estás tan adentro de una comunidad con una cultura homófoba tan fuerte que está por todos lados no sabes cómo salir. Crees que estás solo, pero siempre hay alguien que te va a apoyar”, reconoce Dean. “Yo antes vivía constantemente presionado para ser una persona que en realidad no era. Ahora creo que soy más feliz. Ya no me siento ignorado e invisible. No estoy reprimiendo mi identidad. Antes cada día era una batalla contra mí mismo, ahora hay mucha más tranquilidad", concluye Dean. El camino a la paz interior es duro, pero gratificante.