Hablamos con un 'furry' para entender su necesidad de disfrazarse de animal

La comunidad 'furry' recibe insultos diariamente. Se les acusa de zoófilos, parafílicos y depravados sexuales. Sin embargo, su estigma es fruto de la desinformación

“Sufro una vulpipatía extrema”, explica Ervo, un chico de 19 años de Málaga, en su descripción de Twitter. Su foto de portada, un grupo de zorros, y de perfil, un dibujo de un zorro antropomórfico y un “Furry 4 evah” (Furry para siempre, en inglés). Es un integrante del colectivo furry, una comunidad social cuyo nexo no es un rasgo étnico, una orientación sexual o su género, sino que les une la devoción e interés por los animales antropomórficos, es decir, con forma y atributos humanos. Y eso puede incluir los atributos sexuales, claro. “Ser furry es sentirse identificado con un personaje animal que te representa”, matiza el malagueño.

OC de Ervo

Así, las personas que componen la comunidad furry (también conocido como furry fandom) tienen un personaje original, basado en sí mismos, con el que se identifican, la llamada fursona. Es una especie de alter ego cuya característica es ser una especie animal —real o inventada— antropomórfica. Es decir, va a dos patas, tiene rasgos humanos, hace cosas de humanos y piensa y actúa como tal. Aun así, los furries no se sienten animales, no quieren serlo. "Algún caso hay, como Boomer the Dog, que pidió ser reconocido como mitad humano, mitad perro, pero es una minoría", insiste Ervo.

Animales sexualizados

Que sus alter ego sean animales antropomórficos supone que, además de llevar ropa y expresarse como una persona, tengan rasgos humanos sexualizados socialmente. Como, por ejemplo, las tetas, que no son sexuales per se pero que se suelen ver como tal. Esto ha hecho que se haya creado en la opinión general una falsa creencia de que están sexualizando a animales, que el furry es una especie de parafilia zoófila. Así lo denuncia Eloy, un furry que se identifica con un lince, “se nos acusa de zoófilos y pedófilos, dos estigmas que se nos han atribuido injustamente y que, al igual que cualquier otra persona, no aceptamos”.  

Por eso mismo, haciendo una rápida pasada por Twitter, Facebook y YouTube, es fácil encontrar mensajes de odio e insultos al furry fandom. “Se creen que estamos enfermos, que tenemos relaciones sexuales con disfraces de animal —que en verdad eso no tendría por qué suponer ningún problema— pero aun así no lo hacemos. O, incluso, que somos zoófilos”, cuenta Ervo. “Y eso es incorrecto, porque esta comunidad una de las cosas que fomenta es el respeto a los animales y nunca les haría daño. Todos (o casi todos) somos ecologistas, estamos aquí porque nos gustan los animales”.

Aun así, existe porno y sexo furry, el llamado yiff. Pero, según Ervo, incluso este tipo porno no es zoófilo, porque los animales adquieren comportamiento humano, y es sexo entre humanos con apariencia animal. Es decir, según él, no hay sexo con animales, solo con personas de características más fantasiosas, como pelaje, alas o cuernos.

Y esto no tiene por qué suponer una patología sexual o una perversión zoófila. Como nos explicaba Julia Silva en un reportaje anterior sobre los bebés adultos, “tradicionalmente se han definido muchos intereses sexuales peculiares como trastornos mentales (por ejemplo, la homosexualidad estaba incluida en los manuales diagnósticos, también el sexo oral, chupar los pezones en las relaciones sexuales). La creencia de que los intereses sexuales poco usuales están relacionados con patologías no tiene evidencia científica”.

Tyson Everick

Eloy coindice, y cree que la existencia del yiff no determina que su comunidad sexualice a los animales. "¿Existe porno furry? Sí. Pero, ¿de qué no hay porno en Internet?". La comunidad furry tiene, entonces, poco de sexual y parafílica. Y así lo confirma el psicólogo Stephen Reysen. “Los estudios resaltan la normalidad psicosocial del furry fandom, en la medida en que los furries están motivados por las mismas necesidades psicológicas que los miembros de cualquier otro grupo”, como podrían ser los hinchas de futbol o los gamers.

Una comunidad artística

Por lo tanto, el furry fandom no es algo anómalo. “No es una comunidad de desviados sexuales, como intentan vender los medios”, añade Reysen. Es una comunidad principalmente unida por el interés artístico y literario. Los animales antropomórficos les sirven para inspirarse y crear ilustraciones, relatos, juegos de rol, videojuegos y disfraces. “Me aventuraría a decir que la mayoría de furries somos artistas, somos una comunidad muy creativa”, asegura Ervo.

El furry fandom se articula principalmente a través de internet, donde comparten sus creaciones, pero también existen las convenciones, en las que el furry fandom se reúne, la mayoría disfrazados de su fursona (el “alter ego” animal). En España se celebra la Furrnion, que este año celebró su segunda edición consecutiva y aglutinó más de una centena de asistentes de todo el mundo.

Una comunidad inclusiva socialmente

Asi, toda la desinformación relativa a los furries ha creado un gran estigma social. “Siempre se ha odiado la comunidad furry por ser distinta, igual que existe la transfobia y la homofobia”, añade Eloy. Muchos se ven forzados a “salir del armario” y contarles a sus padres lo que hacen, para que no se pongan ellos mismos a buscar y encontrarse con todos los prejuicios y mentiras. “No suele haber rechazo por la familia, pero estás nervioso. Como ves que la gente es tan capulla por internet te da la sensación de que con tus padres podría pasar lo mismo”, confiesa Ervo.

Wikimedia Commons

Pero al final, este odio tiene una parte positiva, y es que ha reforzado la comunidad y la ha convertido en muy inclusiva. Según la psicóloga canadiense Sharon E. Roberts, el rechazo social provoca un espacio de tolerancia. El furry fandom acaba uniéndose con más fuerza y aceptando a cualquiera que comparta su afición. “Una de las cosas que caracterizan al fandom es que la gente furry te va a aceptar, da igual como seas”, explica Ervo.

“Considero que el furry fandom es una comunidad-refugio. No distingue ni de ideas políticas, ni de gustos, ni de religiones, ni de razas, ni de sexualidades”. Según Ervo, es una comunidad que no tolera transfobia, homofobia, insultos ni discriminaciones. Suficiente tienen con el odio externo.

Los 'furries' nazis

Pero al final, esto ha traído un problema que se está volviendo cada vez más visible. Al ser un espacio tolerante con todas las ideas políticas, han surgido los furries nazis. “No los queremos en la comunidad”, asegura Ervo. Pero existen. El más famoso es Foxler (de Miller, su apellido, y fox, zorro, aunque muchos dicen que es obvio que juega con la ambigüedad para hacer referencia a Hitler).

Foxler | Twitter

Lleva una banda en el brazo, al más puro estilo SS. Él no se identifica como nazi sino apolítico, aunque muchos twitteros furries aseguran que sus argumentos son de ultraderecha. Más allá de Foxler, está la novela The Furred Reich (un juego de palabras entre furry y tercer Reich) que mezcla la cultura furry y la historia y política nazi, o furries como QuQu, por ejemplo, que sí se identifican como nazis y han hecho declaraciones antisemitas y proclamas racistas. Y es por eso por lo que no los quieren en el furry fandom, porque van en contra del concepto comunidad-refugio, concluye Ervo.

Al final, la comunidad furry es para muchos una válvula de escape porque, en una sociedad donde son constantemente rechazados, la unión hace la fuerza. Algunos furries solo tienen amigos dentro del colectivo y en sus entornos laborales y escolares sufren mucho bullying. Ervo, asegura, conoce varios casos. Otros fandom, como el otaku, el gamer o el de ciencia ficción están —aunque con la etiqueta de frikis— aceptados. Pero el furry no. Queda mucho por cambiar y mucho por normalizar. El primer paso, abandonar las ideas preconcebidas que los dibujan como una perversión sexual.