Decidir volver a tu país después de haber migrado es casi tan duro como irte

Los peores momentos se pasan en los aeropuertos. En la terminal de Salidas, delante del control de seguridad donde toca despedirse del padre, hermano o amigo que haya ido esta vez a acompañarles. Es hora de tomar el vuelo de vuelta a ¿casa? Bueno, ese país en el que se vive desde hace varios años. Esos países a los que, según datos oficiales, más de 170.000 jóvenes españoles han migrado desde el comienzo de la crisis y de los que ahora cada vez más vuelven, o se mueren por volver, pero no saben cómo.

Marc tiene 29 años y es uno de los afortunados que lo dijo y lo hizo. Hace menos de un mes que preparó las maletas, hace unas semanas que encontró un trabajo y dentro de nada firmará el contrato de alquiler del piso en la localidad de Ripollet, en Barcelona, donde vivirá con su mujer italiana y su hijo de dos años que nació en Alemania. “Allí hay trabajo, socialmente tienen muchas ayudas y está muy bien. Pero me faltaba la familia, los amigos y la calidad de vida”, nos comenta por teléfono y también dice que pasó muy poco tiempo entre que él y su pareja comenzaron a buscar ofertas y que encontraran ambos puestos con los que se pudieran volver.

Los motivos del retorno

Con historias como la de Marc, últimamente, a los políticos y a los medios de comunicación se les llena la boca y las páginas vinculando recuperación económica y retorno de emigrantes o cerebros fugados, como les gusta llamarles. Es verdad que los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) les dan cierta razón, pero ¿qué hay detrás de esos números? Las cifras esconden lágrimas en aeropuertos, nostalgias que desgarran, aspiraciones profesionales, miedo a la precariedad y ganas de volver a casa, pero también ese maldito choque cultural inverso que se da cuando uno descubre lo mucho que le han cambiado los años en el extranjero.

“Volver fue una hostia muy grande”, nos cuenta Silvia Mariné, una tarraconense de 32 que había pasado cuatro años viviendo fuera. “Con el tiempo había idealizado mucho España, el carácter de la gente, el clima y tal. Pero, cuando llegué no me encontré eso”, dice sobre su regreso en 2014. Se había acostumbrado a que la gente, si tenía un problema, hiciera lo necesario para resolverlo y no que se dedicara simplemente a quejarse de cosas como la corrupción, pero que luego votara a los mismos partidos políticos.

Silvia Mariné, en el centro (con el pantalón azul), junto a sus amigos en Alemania.

“Se encuentran que ellos ya han adoptado hábitos. Su manera de ver el mundo ha cambiado y lo ha hecho para siempre”, explica Celia Arroyo, psicóloga especialista en migración. ¿Cómo?, te preguntarás, ¿existe esa especialidad? Pues sí, a Celia le cayó encima sin buscarla. Hace años le llegó el primer cliente que vivía en el extranjero y quería una terapia en su lengua materna y el boca a oreja hizo lo demás, hasta que ahora una gran parte de sus sesiones son por Skype y otras también presenciales de personas que ya han vuelto y se enfrentan a este nuevo proceso de adaptación.

“Descubren que con los amigos de toda la vida, con los que más complicidad tenían, ya no conectan como antes porque ellos han cambiado mucho. A lo mejor su vida ha evolucionado de forma diferente”, comenta Arroyo refiriéndose a que muchas personas que migran dedican tanto esfuerzo a integrarse, a aprender el idioma, a mejorar su situación laboral, que puede que dejen de lado otros aspectos de su vida como el personal o familiar.

Por eso, cuando llega cierta edad o cuando pasan ciertos años, empiezan a plantearse qué quieren hacer el resto de sus vidas y dónde quieren echar raíces. “Recuerdo una sesión en la que una persona estaba muy angustiada porque se había comprado un sofá y le daba miedo que eso significara que se iba a quedar ahí para siempre”, comenta la psicóloga que habla deprisa transmitiendo todo lo que su experiencia le ha enseñado sobre cómo vivimos por dentro los procesos de migración.

Cuántos mileniales se han ido

Desde que estallara la crisis en 2008, cientos de miles de españoles han metido sus vidas en una maleta y se han marchado a otro país a empezarlas de cero. Nosotros hemos hecho las cuentas para ver qué dice el INE sobre los de nuestra generación de mileniales y nos ha salido que, desde aquel fatídico año, han sido exactamente 173.165 jóvenes entre 20 y 34 jóvenes los que se han marchado al extranjero. Una exactitud que, por supuesto, hay que tomarse con pinzas teniendo en cuenta a todos aquellos que no se les ha pasado por la cabeza dejar constancia administrativa de su mudanza.

Pero aún sabiendo lo dejados que podemos ser con estas cosas, los datos del INE nos muestran también que hay una tendencia a la alza en los retornos y que después de unos años estables, rondando los 6.500 regresos (recordemos que estamos mirando solo la franja entre 20 y 34 años), en 2014 hubo un repunte y desde entonces no ha parado de subir incluyendo, probablemente, 2016 aunque los datos todavía son provisionales.

Teniendo en cuenta que las cifras del paro también han ido mejorando, parece fácil vincular estas dos cosas, pero no acaba de estar claro. “Yo creo que es más bien una cuestión de ciclos vitales”, nos comenta Rubén Gil, fundador de la plataforma Volvemos.org que ayuda a los españoles que quieren volver a casa. “Los que se fueron obligados por la crisis, ya hace unos años que están fuera, han conseguido superar las dificultades, tener una buena situación, o por lo menos correcta, y ahora se plantean qué hacer con su vida”.

En esa fase también está Samuel Ayet San Andrés. Ya tiene 32 años, lleva siete en Alemania y trabaja como ingeniero de telecomunicaciones en un centro de investigación en la ciudad de Darmstadt. Está bien, domina el idioma, tiene pareja estable pero se le quiebra la voz cuando habla de su Valencia natal. Se rompió el día en que a su padre le llevaron de urgencias al hospital y él no podía coger un avión hasta dos días más tarde. “En ese momento me pregunté ‘¿qué estoy haciendo aquí?’ si lo único que hago es pasarme el año deseando que lleguen las vacaciones para irme a casa y ver a mis amigos y a mi familia”, nos explica. Así que tiene clarísimo que, en cuanto consiga terminar el doctorado en física nuclear que empezó hace unos años, se pone a buscar trabajo en España.

Samuel Ayet con su pareja en el castillo de Neuschwanstein cerca de Munich.

Samuel Ayet con su pareja en el castillo de Neuschwanstein cerca de Munich.

Si la psicóloga Celia Arroyo pudiera hablar con Samuel, probablemente le diría que tuviera cuidado con esas expectativas porque son la combinación ideal para llevarse una buena bofetada de ese choque cultural inverso del que antes hablábamos. Volver no es una decisión fácil y más porque da miedo que sea percibido como un nuevo fracaso. ¿Se marcharon porque en España no encontraron oportunidades y donde están tampoco les va bien?

Esta es una idea que desde la plataforma Volvemos.org pelean por desterrar y quieren mostrar el valor añadido que tienen las personas que han estado en el extranjero y los recursos vitales que esa experiencia les ha otorgado. Por ello hacen convenios tanto con las empresas privadas como con las instituciones, con la esperanza de que el retorno algún día se convierta en una política pública imprescindible en cualquier administración.

Cómo vuelven cuando vuelven

La psicóloga Celia Arroyo suele acompañar a sus clientes en este proceso de toma de decisión. "Les horrorizan las condiciones laborales. Se han acostumbrado a un horario más flexible y también a unas condiciones económicas. Todos están dispuestos a perder parte del poder adquisitivo porque su mayor motivación no es profesional ni económica sino emocional", apunta.

Sin embargo, el hecho de que aumenten los retornos no significa que vayan a descender las salidas. “No sé cómo un recién licenciado puede aspirar a tener un buen trabajo cuando para acceder se le exige experiencia pero no se le da la oportunidad de adquirirla”, reflexiona la psicóloga. De manera que, probablemente, estemos lejos de dejar de ver amigos que se marchan al extranjero ya sea por ímpetu o por necesidad. En lo que coinciden todos los que vuelven, una vez consiguen superar esa fase de readaptación, es en recordar los años fuera como unos de los mejores de su vida y reconocer que les han cambiado profundamente, que la versión de sí mismos que ha vuelto es mejor que la que un día se despidió en el aeropuerto.

Crédito de la imagen: Theo Gosselin