Así fue intentar curar mi adicción a la comida en Comedores Compulsivos Anónimos

"¿Es tu primer día?", me pregunta alguien al verme totalmente perdida en la sala del segundo piso de la Parroquia del Pi en Barcelona donde está a punto de empezar una reunión de Comedores Compulsivos Anónimos. Sabía que existían desde hace un par de años y, aunque problemas con la comida no me faltaban, no me había animado a ir tal vez por el imaginario que las películas norteamericanas nos han enviado de las reuniones de Alcohólicos Anónimos. Esas a las que parece que vas a decir "Hola me llamo X y soy alcohólica" cuando ya has tocado fondo. Pero no hay nada mejor que rebuscar en tus propias miserias para lanzarte a hacer un reportaje en primera persona. Así que me planté ahí un martes a las 17.30 sin saber todavía si mi tormentosa relación con la comida era una excusa para hacer el reportaje o al contrario.

Comedores Compulsivos Anónimos, o más bien su versión norteamericana Overeaters Anonymous (OA), se creó en 1960 en Los Ángeles a imagen y semejanza de su hermano 25 años mayor, Alcohólicos Anónimos. Comparten el mismo funcionamiento, las mismas herramientas y los mismos famosos 12 pasos solo que se sustituye el alcohol por la comida. En la página principal de OA estiman que actualmente tienen unos 7.000 grupos con alrededor de 54.000 miembros que se reúnen en más de 80 países.

Así que un lunes por la mañana en la redacción de Código Nuevo en Barcelona, busqué el grupo que me quedaba más cerca y que casualmente se reunía al día siguiente. A las cinco y media en punto ya hay gente en la puerta del número 16 de la calle Cardenal Casañas. Abren y les sigo hasta el segundo piso preguntándome si no debo darme media vuelta. "Recuerda que estás aquí porque quieres hacer un reportaje", me tranquilizo a mí misma y, al darse cuenta de que era una recién llegada, dos mujeres del grupo se quedan fuera conmigo para explicarme algunos preceptos básicos. Me preguntan cómo les había conocido y si había hecho el pequeño test orientativo para ver si me encuadraba dentro de lo que se conoce como comedor compulsivo —de las 15 preguntas había contestado que sí a 10 (!)—, me dicen que se va interviniendo por turnos sin interrumpir y mencionan la importancia del anonimato: "Lo que se comparte en las reuniones, se queda en las reuniones".

Por qué tienen que ser anónimos

Tanto secretismo me generaba mucha curiosidad, así que al día siguiente llamé a lo que se conoce como la Junta Nacional de Servicios de España de Overeaters Anonymous y la mujer que me cogió el teléfono que, evidentemente, no me quiso dar su nombre, me explicó que por un lado era para preservar la intimidad de los miembros y, por otro, para proteger el programa de personalizaciones. "Imagínate que alguien se identifica públicamente como miembro de OA y luego engorda 50 kilos. Todo el mundo dirá que el programa no funciona, pero probablemente esa persona haya dejado el programa", me dice esta mujer a la que llamé en mi mente Maricarmen. También me dice que dentro de la estructura de OA los cargos —"servicios", me corrige— como el de portavoz, tesorero o el mismo de atender el teléfono que hace ella, son voluntarios y con una duración máxima de cuatro años, de nuevo para no personalizar.

En el grupo en el que estoy yo me explican que también hay algunos servicios, como el de comprar el agua y el café, encargarse de los folletos y libros o moderar las reuniones, que son rotatorios. La chica que dirige la sesión de hoy tiene una carpeta delante con lo que parece una guía para llevar la reunión y también diferentes hojas plastificadas con los 12 pasos y más preceptos también organizados en unidades de 12. La dinámica de la reunión es que, por turnos, cada una de las personas va leyendo algunas líneas de un libro y después tienen tres minutos —que se miden discretamente con un pequeño reloj de arena— para compartir algo sobre lo que ha leído o sobre cómo se siente en ese momento

El atracón de comida

"Yo llegué a los grupos con 21 años y recuerdo que en la primera reunión, aquellas personas iban hablando y era como si cada uno contara una parte de mi propia historia", me cuenta por teléfono Mónica, que ahora tiene 39 años y con la que me han puesto en contacto desde la junta catalana de OA. Si yo digo que lo mío es una relación tormentosa con la comida, la de Mónica era totalmente destructiva: "Yo fantaseaba con ser anoréxica, pero me acababa dando atracones. También intentaba ser bulímica, pero era incapaz de vomitar. Una vez, después de un atracón, me llegué a beber vinagre caliente para poder devolverlo todo, pero no pude así que seguí comiendo", recuerda su infierno.

Lo que describe Mónica aparece en el DSM, la biblia de los trastornos mentales, como trastorno por atracón o en inglés binge eating disorder, que se diferencia de la bulimia en que después del episodio de comer de forma compulsiva no hay vómito o purga, solo una inmensa sensación de culpabilidad y malestar físico y psicológico. Pero en OA tiene cabida cualquier tipo de desorden alimenticio. En el grupo en el que estoy en la Parroquia del Pi hay personas de todas las formas, edades y géneros. Es verdad que lo que más abundan son las mujeres —y desde la junta nacional me decían que el porcentaje era de un 80-90%— y la media de edad ronda los 40-50 años aunque también hay gente más joven, como Emilie (que prefiere no dar su nombre real).

Nació en Francia, lleva dos años en Barcelona estudiando un máster, tiene un pelo largo precioso y nada en su aspecto físico deja entrever el viacrucis por el que ha pasado con la comida desde los 10 años. Me lo cuenta otra tarde que quedamos en la Plaza del Pi, al lado de donde tienen lugar las reuniones. Ha estado ingresada dos veces, primero por anorexia y después por bulimia. "En el primer centro estuve a los 18 años y me trataron con medicamentos, pero no me fue muy bien. La segunda vez entré en contacto con este concepto de los 12 pasos y me ha ayudado mucho aunque todavía tengo alguna recaída", me cuenta con su inconfundible acento francés, aunque ha vivido en muchos países y viajado por unos cuantos más. "Cada vez que voy a una ciudad, después de coger el vuelo, busco dónde hacen las reuniones de OA para ir. He estado en Nueva York, en París, en Londres, en Sudáfrica...", recuerda Emilie, que ya lleva unos 8-9 años en el programa.

"Una enfermedad crónica"

Parecen muchos años para resolver un problema pero no es, ni de lejos, la que más tiempo lleva de las personas que he conocido en OA. En mi grupo, una asistente lleva 18 años y Mónica, con la que había hablado por teléfono, también está a punto de cumplir los 20. Esta longevidad es una de las cosas que más me llaman la atención y, para qué negarlo, también me genera cierta desconfianza. Mi sentido común me diría que lo normal sería ir un tiempo, aprender a utilizar unas herramientas, y seguir con tu vida una vez resuelto el problema. Pero en Comedores Compulsivos Anónimos consideran que tienen "una enfermedad crónica y progresiva", como me había dicho la mujer a la que llamé Maricarmen de la junta central.

Cuando me pasan el libro para empezar a leer mi parte en la reunión, me resulta totalmente imposible pronunciar las palabras: "Hola, soy Cristina comedora compulsiva". Con la primera parte de la frase estoy de acuerdo, pero mi cerebro se rebela completamente contra la segunda. Soy Cristina, sí, pero no puedo vincular este problema a mi identidad como si estuviera a la altura de mi nombre. Para tratarlo ya llevaba un par de meses yendo a la consulta de Neus Nuño, psicóloga especialista en alimentación en el centro Menja Sa, y aprovechando que tengo su contacto, la llamo para preguntarle su opinión profesional sobre la compulsividad y los métodos de OA.

Aunque no los conoce de primera mano, entiende que no lo quiera vincular a mi identidad y discrepa de que se trate de algo crónico por sistema. "Este trastorno es un síntoma que nos dice que hay algo que no funciona en la vida de la persona. Aunque el origen es múltiple y le suele pasar a personas que llevan toda la vida haciendo dietas, la parte emocional es muy importante ya que utilizan la comida para calmarse, para desconectar o para compensar emociones que no son capaces de gestionar", cuenta la experta, pero también dice que ha visto personas que han conseguido desvincular esta función de la comida y han continuado con su vida.

Dios y la espiritualidad

En el programa de Overeaters Anonymous son totalmente conscientes de ello, por eso dicen que la sanación que proponen se basa en tres pilares: físico, emocional, pero también, espiritual. De hecho, siete de sus 12 pasos hablan de 'Dios', del 'Poder Supremo' o de la 'espiritualidad' pero la clave está cuando dicen "mejorar el contacto con Dios tal como lo concebimos", es decir que se deja abierto a que cada persona interprete esa parte según la religión que practique o aquello en lo que crea. "Cuando llegué, el tema espiritual me sonó a chino. Luego empecé a ser consciente de que había algo superior a mí y que yo no podía controlar aunque fuera en la naturaleza. Pero, cuando me quedé embarazada, realmente sentí algo mágico en esa vida que se estaba creando dentro de mí", me explica Elena, de 36 años, que acude al grupo desde 2009.

La conversación con ella fue muy interesante porque tuve como una especie de revelación. Me contaba que, aunque sobre papel su vida parecía perfecta: tenía un trabajo maravilloso, estaba en su peso ideal y compartía su vida con una pareja estupenda, ella seguía pegándose atracones de comida que la dejaban llorando de la desesperación en la cocina de su casa. Después de probar dietas restrictivas, terapias y demás, en los grupos se fue dando cuenta de que, como había dicho la psicóloga Neus Nuño, el problema estaba en sus emociones, pero también en una especie de búsqueda de algo más allá. "Yo antes no tenía identificada cada emoción. Me sabía sus nombres pero no me conocía lo suficiente como para saber en cada momento lo que sentía y por eso me ponía a comer. Pero ahora, cuando siento tristeza, me puedo sentar a sentirla, cuando siento amor, lo puedo expresar. Y a nivel espiritual, en cuanto le he dado a mi alma el alimento que necesitaba, ya no necesito comida", me explica Elena por teléfono.

Pero entonces, si ya está bien, mi duda era por qué Elena seguía teniendo la necesidad de ir a la reunión cada semana. "Siento mucha satisfacción pudiendo devolver a otras personas la ayuda que he recibido yo. Además me da fuerzas porque, en cuanto estoy un poco menos conectada conmigo misma, lo noto en la comida", me dice. "¿Y no puede ser finalmente algo 'positivo', como un mecanismo que te avisa de que algo no está yendo bien?", le pregunto con un poco de miedo por si lo que yo sentía como una revelación a ella le parecía una barbaridad. Pero no, de hecho está de acuerdo conmigo: "Sí, pero de eso te das cuenta cuando consigues ordenar tu alimentación, aprender a gestionar tus emociones y tienes esa conexión sólida contigo misma", o lo que es el duodécimo paso de OA que definen como "despertar espiritual" que te lleva a querer transmitírselo a los demás.

De vuelta a mi reunión en la calle Cardenal Casañas, miro a la gente de mi alrededor que está en diferentes fases de este proceso y entiendo la "magia" que dicen que puede darse dentro de ese círculo de personas que comparten un mismo camino. No creo que sea mi camino, ni de que llegue algún día a decir eso de "Hola soy Cristina, comedora compulsiva", pero acercarme a OA me ha enseñado que mi problema con la comida no es más que una forma en la que mi cuerpo me grita que algo no estoy haciendo bien. El qué, no lo sé. Tal vez lo encuentre a través de la meditación, del yoga o del próximo reportaje en primera persona que haga.