He pasado 24 horas sin móvil para ver si tengo una adicción a las redes sociales

Es lo último que miro antes de cerrar los ojos y lo primero que busco al abrirlos. Por la calle voy con la música puesta, en el autobús me pongo series de Netflix y cuando me tomo algo con alguien tengo el móvil en la mesa. O tardo poco en sacarlo. Porque no debo pasar más de 15 minutos al día despierta sin mirarlo. Tal vez solo cuando estoy delante del ordenador. ¿Soy adicta al móvil, a Internet, a las redes sociales? Sin duda lo pensaba antes de empezar este experimento de 24 horas sin teléfono y de hablar con expertos que consideran muy controvertido el concepto de 'adicción' y que, de poder usarlo, describe comportamientos muchísimo más enfermizos que el mío. Pero empecemos por el principio.

23:09

"Por lo menos ten la dignidad de soltar el teléfono un ratito y experimentar en tus propias carnes la ansiedad de ir sin él por la calle", me decía a mí misma cuando empezaba a investigar sobre el consumo abusivo de Internet que a tantos nos preocupa pero contra el que tan poca fuerza de voluntad tenemos. En mi negociación interna acordé que 24 horas serían suficientes porque, aunque mis compañeros de redacción pensaran que 'eso no es nada' y que tampoco valía que me pudiera pasar la jornada laboral delante del ordenador, era lo máximo (y ni a eso llegué) que me veía capaz de estar alejada del Whatsapp, Facebook, Instagram, Youtube y Spotify que son, por este orden, las apps que más tiempo me roban al día actualmente.

El concepto de 'ciberadicción' ni siquiera es oficial. Lo único que se acepta es el juego online como una variante de la ludopatía de toda la vida.

06:45

Por la noche, antes de ir a dormir, lo apagué con la incertidumbre de si iba a ser capaz de levantarme a la hora porque, como mucha gente, hace años que dejé de utilizar otro despertador que el del móvil pero pensé que, como era por un tema de trabajo, no pasaba nada si me dormía un día. Pero no, no tuve esa suerte. Mi reloj biológico sí que funcionó. Es obvio que pasar un día sin teléfono, ya sea voluntaria o involuntariamente, nos genera a todos desasosiego. Hace unos años se había llegado a popularizar el término anglosajón nomophobia que vendría de no-mobile-phobia y que, junto a los centros de 'desintoxicación' de Internet, habían dado para artículos y artículos en la prensa nacional e internacional. Pero parece que la moda de inventar nombrecitos pasó y entramos un poco en razón.

Por otro lado, el concepto de 'ciberadicción' ni siquiera es oficial. Fue estudiado para su inclusión en la última edición de 2013 del DSM (las siglas en inglés del manual de trastornos mentales) y no fue aceptado. Lo único que se incluyó fue el juego online como una variante de la ludopatía de toda la vida. Este es el primer argumento que me da por teléfono Eparquio Delgado, psicólogo y coautor del libro Los nativos digitales no existen en el que firma un capítulo que precisamente se titula: Adicción a internet: desmontando una mentira. Así que decidí contactarle para ver qué tengo si no es una adicción.

11:22

No sé si estoy mejor o peor que cuando pensaba que era una adicta. Aquí estoy en la redacción, bien entrada la mañana y cuando algún compañero me pregunta si he visto el link que me ha mandado por el grupo de Whatsapp, me toca levantar la ceja y poner cara de perro para que se acuerde que hoy estoy con el experimento. Además, "seguramente me están escribiendo millones de personas", pienso, en lo que poco a poco comienza a convertirse en una paranoia de (todavía) baja intensidad. Mensajes urgentísimos a los que no estoy contestando. ¿Y si alguien se enfada conmigo por no contestar? ¿Y si me estoy perdiendo algo de vital importancia para... no sé, para algo?

Podemos hablar de un mal uso o un uso abusivo. Lo problemático son las redes sociales y otras aplicaciones. Eparquio Delgado

Eparquio me dice que "nos hemos acostumbrado demasiado a la inmediatez". A que pienso en una persona y le tengo que mandar un mensaje AHORA, o a que cuando no sé algo lo tengo que buscar en Google YA MISMO. Pero tenemos que aclarar conceptos. "Una cosa es el uso del móvil e Internet para poner música cuando sales a correr, cuando estás leyendo algún libro o artículo que te interesa o incluso cuando tú y yo quedamos por Twitter para hacer esta entrevista, con el hecho de sacar el teléfono y consultar Facebook cuando estás tomando algo con un amigo", me dice este psicólogo canario. Considera que se utilizan términos de psicopatologías para describir comportamientos que no lo son y que toda esta corriente parece más relacionada con la tecnofobia, o el miedo a los dispositivos tecnológicos o ‘gadgets’, que otra cosa.

Vale, pero seguimos teniendo un problema, ¿si no lo podemos llamar adicción, cómo lo llamamos? El psicólogo sí parece tener una repuesta clara a mi duda existencial y a la de millones de jóvenes de todo el mundo: "Podemos hablar de un mal uso o un uso abusivo, pero no del móvil en sí, porque al teléfono si le quitas los datos solo se queda para hacer llamadas y mandar SMS. Lo problemático son las redes sociales y otras aplicaciones como Youtube a las que mucha gente reconoce que dedica más tiempo del que le gustaría".

13:25

Claro, eso es lo que me pasa a mí, que le dedico mucho tiempo y que tengo sed de inmediatez. Igual que mi hermana pequeña, que vive conmigo, y a la que le dije que en caso de emergencia me contactara a través de una compañera de trabajo. Y ella ha creído imprescindible y vital para nuestra supervivencia escribirle por Whatsapp para que me dijera que al final no ha podido ir al supermercado. Se ve que no soy la única que hace mal uso del móvil.

Pero, aunque entiendo perfectamente que el término adicción a las redes sociales es exagerado para lo que nos está pasando, no sé si es demasiado tarde para desvincular estos dos conceptos, porque la red está plagada de esta terminología. De hecho, navegando encuentro en la página de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) un test que precísamente se titula: ¿Eres adicto al móvil? y que, por supuesto, me abalanzo a responder a la vez que obligo a varios compañeros para comparar resultados. Como me temía, tengo el honor de obtener el más alto: 68 puntazos. Aunque, sinceramente, lo de la media nacional (31,4) me parece un poco exagerado, tiene pinta de que hayan incluido a señoras nonagenarias para llegar a esa cifra).

El experto me había dicho que toda esta vinculación de Internet con la adicción surgió de una tal Kimberly Young en 1995, así que me meto a bucear (adivina dónde) para saber más sobre esta psicóloga. Descubro que, efectivamente, la mujer lleva media vida dedicada al tema y que tiene un centro en el que se internan (previo pago) personas que supuestamente sufren de esta adicción. Hablamos de personas que no salen de su habitación durante días, a las que les cambia el humor, les perturba la alimentación, les trastoca realmente la vida social (porque solo se relacionan por redes), económica (porque están enganchadas a las apuestas online) e incluso sexual (porque consumen pornografía en la red de forma compulsiva).

15:10

Después de la hora de la comida prohibiendo a mis compañeros que miraran sus móviles para que no me dejaran mirando las paredes, vuelvo a mi búsqueda y también descubro a través de un retweet de la doctora Young (a la que he intentado contactar para este artículo sin éxito) un reportaje reciente en The Guardian sobre un centro de rehabilitación en Estados Unidos para personas con adicción a Internet. Y este me lleva a un documental sobre unas instalaciones casi militares en China que pretenden reconectar con el mundo real a jóvenes que se habían recluído a sí mismos a una vida íntegramente online.

Pero Estados Unidos y China se me quedan lejos, ¿habrá casos de este tipo en España? Para averiguarlo me pongo en contacto con la ONG Proyecto Hombre, esa que todos conocíamos en los años 90 por tratar a adictos a las drogas y que, en la actualidad, se está teniendo que adaptar a las nuevas problemáticas. "Hace poco tuvimos un chico que se llegó a mear encima para no abandonar la partida que estaba jugando delante del ordenador", me cuenta el director de Projecte Home CatalunyaOriol Esculies. Pero, aunque tengan casos de este estilo, me dice que son una ínfima minoría, que se pueden contar con los dedos de la mano y que lo preocupante es el abuso que sí es algo muy generalizado especialmente entre la gente de nuestra edad.

¿Y cómo es el tratamiento que se le da a una persona que tiene adicción a las redes sociales y a Internet o hace un uso abusivo? ¿Hay algún centro en el que se puedan internar? Una vez más, Esculies me ofrece una respuesta bastante reveladora: "No, este tipo de problemas se tratan de forma ambulatoria, porque las personas no están excluidas socialmente, al contrario, suelen tener un nivel socioeconómico medio-alto. El primer problema que encontramos es que, a diferencia de las sustancias, no podemos eliminar completamente el uso de Internet porque hoy en día no se puede vivir sin él. Así que lo que hacemos es pedirles que no lo utilicen durante un par de semanas y luego lo reintroduzcan poco a poco, una hora al día, y vayan viendo cómo se sienten".

A ti no se te ocurriría entrar en una panadería y acudir directamente al mostrador saltándote la cola porque sabes que es de mala educación. Eparquio Delgado

17:33

¿¿¿Dos semanas sin Internet??? Ya te digo yo cómo se van a sentir, porque llevo poco más de 18 horas (de las que he dormido 8) y ya no aguanto más. Encima soy de las que todavía controla sus esfínteres, pero no me quiero ni imaginar el calvario, o la liberación, según se mire que supondría. Porque, ¿cómo será eso de estar en una mesa con los colegas durante horas y que no aparezca ni un solo teléfono por en medio? (Ni siguiera para hacer una de esas selfies de grupos sentados en una mesa larga en la que no se ve a nadie más que el careto del que sujeta el móvil).

El psicólogo Eparquio Delgado me decía que esto es una cuestión de educación, de modales. "A ti no se te ocurriría entrar en una panadería y acudir directamente al mostrador saltándote la cola porque sabes que es de mala educación, pero sí que te sacas el móvil cuando estás teniendo una conversación con alguien", me dice por teléfono mientras a mí se me cae la cara de vergüenza. "Pues deberíamos crear una conciencia social para que este tipo de cosas empiecen a estar mal vistas y podamos educar también a los más jóvenes", me dice el psicólogo que en el tema educación coincide plenamente con Oriol Esculíes. Él cree que igual que no dejamos conducir un coche hasta los 18 años y hay que pasar un examen primero, el uso de una herramienta tan valiosa a la vez que peligrosa como Internet, debería enseñarse en las escuelas.

Pero supone que todavía falta tiempo para que esto se haga realidad porque con este tema, a nivel social, todavía estamos en una fase de 'contemplación del problema'. "Hace unos años ni se hablaba de esto, ahora sí, como estás haciendo con este artículo y la siguiente fase debería ser el paso a la acción", comenta.

20:45

Reducir el uso. Que te obligues a programar quedadas y a tener momentos en los que no haya teléfonos de por medio. Oriol Esculíes

Ya estoy en casa y la tarde se me está haciendo larga. He hecho todas las tareas de la casa, puesto lavadoras, incluso he intentado ver la tele, pero sigue aburriéndome a los cinco minutos. Ojalá alguien me hubiese enseñado en el colegio a gestionar mi tiempo delante de Internet. Pero como no es el caso, se lo he preguntado a mis entrevistados y las respuestas son bastante parecidas: "Hay que estar dispuesto a pasar esa pequeña ansiedad, a decir: siento la necesidad de mirar el móvil pero no lo hago", me dice Eparquio Delgado y mientras que Oriol Esculies me receta un plan de ataque en toda regla: "Reducir el uso. Que te obligues a programar quedadas y a tener momentos en los que no haya teléfonos de por medio. Hacer actividades, como el deporte, en las que te olvides de que existe".

Además, Esculíes me cuenta que él, cuando no tiene el móvil cerca, se dedica a reflexionar, a pensar sobre su vida, su relación de pareja y a hacer introspección. Algo que no es la primera vez que escucho. Tengo otra hermana, esta es mayor y además psicóloga, de la que me he llevado muchas broncas por tener que decirme las cosas cuatro veces porque las primeras tres había estado absorta en el móvil. "No eres capaz de estar contigo misma", me dice, "la tecnología genera un ruido constante que no te permite escucharte y eso te lo deberías trabajar".

22:15

Tiene toda la razón del mundo. El silencio me pone nerviosa, me genera desasosiego, no vaya a ser que escuche lo que pienso o que me broten los sentimientos, esos que tan bien se tapan con un vídeo random de Youtube o un artículo (igualito que este mismo) que me haya salido por Facebook. Me encantaría meditar, aprender a callar mi mente o al menos ir a hacer Yoga y ayudarla a callar con el cuerpo. En teoría todavía falta una hora para que pueda dar por terminado mi experimento. Pero estoy en casa, la tentación está demasiado cerca. Presiono el botón de encender, pongo el pin y me sumerjo, por fin, en mis notificaciones.