Un sugar daddy me llevó de primera cita a la Antártida durante cinco semanas

Ella tiene 30, él 60. Ella es de ciudad, él vive en un barco. ¿Cómo podían organizar una cita? Estaba claro: viajando juntos

Maggie no lo conoció por Tinder. Tampoco por Seeking Arrangement, la página para encontrar sugar daddies. Fue en un viaje que hizo a Nueva Zelanda, él era el director del itinerario y ella estaba de vacaciones en su barco. Interactuaron poco, pero notó cierta chispa. “¿Tendrá un crush?”, se preguntó, “no, seguro que no. Yo tengo 30 y él 60, seguro que tiene familia y todo”, se repetía, aunque las miradas que se hacían revelaban otra cosa, que había interés.

Durante el viaje contó sus anécdotas: en una expedición descubrió una especie de pájaro que se creía extinta. En otra, un león marino le mordió y le hizo una cicatriz en la rodilla. Era muy interesante, hablaba con amor de los animales antárticos, y eso le parecía monísimo. “Me iba trayendo pequeños regalos, como los pingüinos cuando cortejan ofreciendo guijarros a posibles amantes: cuencos adicionales de patatas fritas, un libro que él había coescrito…”, recuerda en un artículo. Se dio cuenta que ambos se gustaban. El viaje se acabó y ninguno dio el paso, y ella se dijo que, si seguía pensando en él al cabo de unas semanas, daría el primer paso, le diría que le gusta e intentaría pedirle una cita. Y así fue.

Empezaron a hablar por mail. Todo normal hasta que le llegó un correo que decía: “Maggie, sé que sonará raro y que es muy arriesgado para una primera cita, pero me gustaría comprarte un billete a las Islas Salomón [cerca de Australia] y bajar hacia el Ártico en un viaje en barco de cinco semanas. Exploraríamos atolones y bahías y haríamos acampadas en la playa. Dime si me he pasado proponiendo”. Se quedó un poco en shock. Ni tan siquiera se habían besado, ni tan siquiera sabían si se caían bien, eran prácticamente extraños. Y ahí estaba, a punto de irse cinco semanas con ese desconocido en medio de la nada.

Se lo contó a sus amigos, que lo llamaron, en cambio de sugar daddy, Old Salt, es decir, daddy salado (un juego de palabras con el hecho de ser un marinero). Su madre también se enteró, y lo primero que le dijo fue: “no lo hagas. No te gustará su cuerpo. Eres muy joven y él muy viejo”. Pero, a pesar de todo, decidió irse a la aventura.

Cogió los vuelos que le había comprado y allí estaba él, esperándola, nervioso, en el aeropuerto de las Islas Salomón con un ramo de rosas. “Adorable”. La besó en los labios y se la llevó al barco, que no era privado, sino que había otros pasajeros. Le dijeron si quería ser ayudante de barra: “mejor, así no me presentan como concubina y hago amigos con el resto del staff por si no va muy bien”. Pero, igualmente, sintió todo el viaje que la trataron como “la novia”, “la protegida del jefe”. Y eso fue lo más incómodo.

“No puedo contar toda la historia porque es demasiado larga. Pero si pudiera, explicaría cómo me llevó a un bosque de retorcidos árboles, donde las flores rojas que caían de sus ramas tapizaban el suelo y los pingüinos y leones marinos se asomaban detrás de troncos cubiertos de musgo. Hablaría de los mares cubiertos de hielo y los pingüinos que salen de las aguas negras. Hablaría de las notas de amor que dejó en mi almohada. En realidad no estaba segura de que dormiríamos juntos durante el viaje, pero tengo que admitir que en la primera semana mi nerviosismo se convirtió en puro deseo hacia él”, recuerda.

El viaje, a pesar de que se sintió “la novia de” fue increíble. Una locura que nunca se habría imaginado que haría y que, sin embargo, repetiría. Tristemente, “la historia no acaba con final feliz”. Aunque se gustaron mucho, eran personas muy diferentes,: ella era una chica de ciudad, él un hombre de mar. ¿Cómo podrían hacer una vida en común? Estaba condenado al fracaso. Y sin embargo, aconseja a todos “que nos dejemos llevar”, porque es algo irrepetible.