Las Relaciones A Distancia Son Tan Jodidas Como Parecen

Antes que nada, si eres de los que alguna vez ha pronunciado la frase: “ay, no sé cómo puedes, yo nunca sería capaz de tener una relación a distancia”, déjame que te agarre por las solapas de la camisa, que te estampe contra una pared y que te grite bien fuerte a cinco centímetros de tu cara que: ¡NADIE EN SU SANO JUICIO ELIGE TENER UNA RELACIÓN A DISTANCIA! Las relaciones a distancia son una condena que se padece, que se sufre. Uno se pliega ante las circunstancias cuando no hay más remedio después de haberse planteado un millón de veces si vale la pena seguir. Pero no se trata de una raza especial que de niños sueñan con levantarse a las 4 de la mañana de un jueves para coger un vuelo low cost a saber a dónde a pasar el fin de semana con el ser querido.

Tras esta explosión de rabia contenida, decir que, efectivamente, las relaciones a distancia son tan jodidas como uno se imagina antes de que la vida le arroje a sus fauces. Esto es independiente de la etapa de la vida en la que se producen, de si se trata del noviete que nos echamos un verano con 16 años y pretendemos perpetuar la relación a lo largo del curso escolar, de si queremos seguir viendo a Marie Claudine una vez agotado el Erasmus o de si estamos asentados con hijos y a uno de los dos le mutan a Chile para realizar un proyecto. Siempre son una mierda.

Puede que haya gente que lo lleve con dignidad o incluso he oído algún caso en que dicen estar encantados, pero no me he creído ni una sola palabra. Porque, las relaciones a distancia tienen lo malo de estar en pareja y lo malo de no estarlo. Esta pobre gente también desaparece del mapa como el común de los mortales cuando se enamora, pero no es para fornicar como posesa sino para pasarse las horas delante de Skype o colgada al teléfono. Y aunque se saquen una tetilla o se digan cochinadas, que no se engañen, eso no es sexo ni es una relación, porque al final del día apagan el ordenador y están solos. Por lo tanto, se desconectan del resto del mundo y tienen que dar explicaciones de por qué la última conexión al whatsapp pone 4 a.m. cuando dijeron que se habían ido a dormir a las 11.30, pero no tienen quien les caliente los pies en la cama, ni quien les agarre en un semáforo para que los coches no le pasen demasiado cerca, ni quien les de ese abrazo reparador después de un día malo en el trabajo.

Por no hablar del dineral que cuesta y la infraestructura que implica mantener una relación a distancia con una frecuencia de visita relativamente digna.

- Cariño, qué harás el fin de semana del 6 y 7 de mayo?

- Pues la verdad es que no lo sé, estamos en enero.

- Ya, pero es que he visto unos billetes muy baratos, deberíamos comprarlos.

Uno se intenta engañar a sí mismo diciendo: “bueno, lo que me gastaría en ir de cenas y al cine con una pareja presencial, lo invierto en los billetes para verle cada tres semanas, me sale igual”. Pero es una patraña más. Claro que cuando hay amor el dinero es lo de menos, pero oye, estar cada dos por tres en trenes y aviones para ir siempre al mismo sitio, al cabo de un tiempo deja de ser divertido, podríais haber ido de fin de semana a Tenerife en lugar de tanto trajín de idas y venidas.

Pero lo peor de las relaciones a distancia, si todavía hay alguien en la audiencia que no se ha convencido, es que después de pasarlo tan mal tanto tiempo, puede ser que aprendas a vivir sin la otra persona. Que un día vuelvas a llamar a tus amigos, vuelvas a conocer a alguien con quien sí coincides en coordenadas espacio temporales y que la vida real se lleve por delante tu sucedáneo de relación. O puede que no. El caso es que, cuando, ante un inminente traslado, se plantee el “qué hacemos” deberás decidir si romper algo que, a priori, iba viento en popa a toda vela, o lanzarte al barrizal de la relación a distancia e intentar atravesarlo de la manera más estoica posible. Pero mentalízate de que ninguna de las dos opciones es fácil.