Por qué los genitales de la mujer reciben tantos nombres negativos

Son muchísimos los nombres negativos que reciben los coños. En el libro “Una curiosa historia del sexo” (Capitán Swing, 2022) se habla ampliamente de esto y de su origen

Tengo una taza que pone COÑAZO. En ella se describe exactamente lo que debería significar esa palabra, porque la realidad es que no es más que: una supervagina, una vagina increíble, estupenda, sublime, colosal (y que solo se depila cuando quiere). Seguramente no es este el significado que te viene a la cabeza cuando lees o dices COÑAZO. Casi siempre esta palabra se ha asociado a “qué pelmazo”, “qué aburrimiento” o “qué pesadez”. Sí, todo tipo de frases que expresan negatividad. Pero, ¿por qué ha ocurrido esto? ¿De dónde viene? Y ¿por qué decir que algo es “la polla” implica que algo es increíblemente guay y divertido? Sin duda hay que analizar el lenguaje para descubrir qué hay detrás de todo esto y de eso se encarga Kate Lister en uno de los capítulos de su libro Una curiosa historia del sexo (Capitán Swing, 2022).

'Almejas barbudas', 'agujero' o 'ahí abajo'                                                                              

“El lenguaje es una poderosa herramienta de control social: a medida que el sexo era reprimido, las palabras relacionadas con el cuerpo fueron convirtiéndose en tabú. Después de todo, ¿cómo podemos disfrutar sin vergüenza de nuestros cuerpos si las mismas palabras que utilizamos para hablar de ellos, pensar en ellos o escribir sobre ellos se consideran obscenas?”, explica Lister en su capítulo “Coño”: una palabra desagradable para algo desagradable. Por desgracia no es novedad que el cuerpo de las mujeres y su sexualidad ha sido (y en algunos puntos geográficos, o en según qué contextos, aún lo es) objeto de castigo y de censura. Y si alguien duda de ello que me explique, por favor, dónde están esos pechos al aire que me apetece mostrar en el feed de mi Instagram cuando voy a la piscina de mi casa. Exacto: no están porque NO SE PUEDE.

No es posible hablar de censura y de castigo de los cuerpos sin pensar en que está directamente relacionada, también, con la limitación del lenguaje. Es más, Lister explica que “las palabras para referirse a los genitales de las mujeres tienden a ser clínicas (vagina, vulva, pudendo); infantiles (toto, chochete); distantes e imparciales (ahí abajo, partes, zona especial); muy sexuales (coño, agujero); violentas (herida de hacha, tajo) o se refieren a olores, sabores y apariencias desagradables (sándwich de pescado, bocadillo de bacon, almeja barbuda)”. Los coños y las palabras para referirse a ellos han sido señaladas de tal manera que, ahora, los únicos coños que nos parecen aceptables son “los depilados, los afeitados, los recortados quirúrgicamente, los lavados, los perfumados con productos de limpieza y los emperifollados”.

El clítoris no se queda atrás

Que me hace MUY feliz tener un orgasmo tampoco es novedad. Por suerte, no soy la única a la que esto le encanta. Creo que es un deseo y un placer común con el que cualquier persona puede sentirse identificada. A mí, particularmente, no me causa pudor decir coño, lo digo cuando me refiero a él con toda la calma y la boca bien grande. Ahora bien, tampoco voy a hacerme la chulita porque hay ámbitos donde entiendo que no puedo decirlo y, además, es cierto que, cuando lo digo con toda la naturalidad del mundo, no todas las miradas son normales. Mi conclusión es clara y obvia: no está normalizado decir “coño” abiertamente. Y resulta que, aunque clítoris es una palabra menos censurada, algo similar ocurre con este maravilloso órgano (y digo maravilloso porque, que eso exista con el único fin de provocar placer es, sin duda, maravilloso).

“Por muchas palabras en argot que se te ocurran para clítoris, habrá mil más para pene, testículos o semen”, detalla Lister en su libro y continua: “tomemos, por ejemplo, la tan querida enciclopedia de la vulgaridad Roger’s Profanisaurus, publicada por primera vez en 1998. La obra contiene más de 2500 entradas de argot, que catalogan todo tipo de obscenidades, desde ‘guerrero del yogur de cabeza púrpura’ (pene), hasta ‘gruñir al tejón’ (cunnilingus). Pero solo hay cinco coloquialismos para clítoris en toda la obra: ‘grumete del barco’, ‘campana’, ‘botón’, ‘brida para el coño’ y ‘almendra azucarada’. Si no te viene a la cabeza un enorme PERO WTF, algo no va bien.

Por qué, por qué, por qué

Todo esto es como para quedarse con la boca abierta, no solo porque genera sorpresa sino porque también se trata de unos datos lingüísticos bastante curiosos. Pero ¿por qué ocurre esto? Y ¿de dónde viene? Para ponernos en contexto, pondré un ejemplo que creo que os hará, más o menos, adivinar cuál es el origen de este poco o censurado lenguaje. El fantástico Punto G con el que nuestro cuerpo goza y disfruta se llama así por el ginecólogo Ernest Gräfenberg. El Punto G es la “G” de Gräfenberg y se puso este nombre en su honor.

A este señor se le conoce por los estudios que hizo del sistema genital femenino, en especial los que estaban relacionados con el orgasmo. O sea que, aunque miles de mujeres (quizás millones), conocían esto porque se habían metido los dedos calladas en sus casas, nosotras, nosotros y nosotres seguimos llamándole Punto G porque aquel señor “lo descubrió”. Esto no termina ahí, si nunca te has preguntado por qué tus trompas de Falopio se llaman así, que sepas que es por Gabriel Falopio. Sí, amiga, tu cuerpo entero está lleno de nombres de hombres.

Así que sí, si en este punto del texto estás sospechando que nuestros coños, nuestras tetas, nuestros clítoris, nuestro cuerpo y nuestra sexualidad ha sido censurada y castigada por el patriarcado, estás en lo correcto. Es más, atención a esto que explica Lister: “en el que posiblemente sea el acto de mansplaining más exitoso de toda la historia de la humanidad, dos anatomistas del Renacimiento afirmaron con orgullo en 1559 haber ‘descubierto’ el clítoris. (Aplausos)”. Sí, dos y, además, después se pelearon por ver quien había sido el primero, un rollo en plan: “NO, lo descubrí yo. No, tú no, ¡YO!”.

Nuestra intención (la mía en particular) no es cambiar algo pero sí saber y generar este conocimiento. Debemos saber de dónde viene, por qué esta censura, por qué este castigo para que, en el futuro, quienes vengan, puedan hacer uso de este lenguaje y puedan existir y vivir en libertad sin tabúes ni miedos a ser señaladxs.