¿Estás segura que te depilas porque quieres?

El libro de Bel Olid ‘A contrapelo’ busca romper con el círculo de depilación, sumisión y autoodio y poner sobre la mesa cuál es el origen y por qué aún sucede que una mujer con el cuerpo depilado se considera muestra de feminidad innata

Estoy en la ducha y me miro las piernas. El principio del pelo al tacto pincha un poquito. Mi piel, por lo general, es suave pero este inminente crecimiento del pelo hace que la zona no me guste. Pienso estamos en invierno, no me voy a poner nada corto y paso de depilarme ahora. Como tengo poco pelo me lo depilo con una cuchilla y no tardo más de seis minutos en hacerlo. El resto de zonas de mi cuerpo las depilo con cera, aprendí a hacerlo a base de errores y alguna que otra quemadura para poder ahorrarme el dinero que me gastaba en los centros de estética cada vez que tenía que depilarme.

Empecé a depilarme después de una anécdota que viví en el instituto. El chico que me gustaba me enseñaba sus piernas para mostrarme el pelo que tenía. Yo le enseñé las mías porque también tenía pelo y pensaba que el coqueteo consistía en competir por quién tenía más pelo de los dos. Su gesto de asco y sus palabras me llevaron a entender que eso no debía estar ahí si quería gustarle a ese chaval. No recuerdo esto como un trauma, la práctica se instaló en mi vida y ahora forma parte de algo completamente habitual. Pero ¿de dónde viene esto? ¿Es decisión mía depilarme? ¿Me estoy engañando?  Ahondemos en el tema.

La repetición de un canon

“Los hábitos depilatorios de las mujeres se han intensificado en nuestra sociedad hasta el punto de que actualmente el único lugar donde es aceptable que una mujer tenga pelo es en la cabeza, en las cejas y en las pestañas”, explica Bel Olid al principio de su libro A Contrapelo o por qué romper el círculo de depilación, sumisión y autoodio (Capitán Swing, 2020). Una cuestión muy interesante en este punto no es que se nos permite tener pelo en esas zonas concretas, es obligatorio que lo tengas. De ahí que se vendan muchísimos productos para el crecimiento de pelo, la potenciación de las cejas o las pestañas.

Cuando te depilas, cuando subes ese escalón estás reconociendo algo que no te paras a pensar: dejas la infancia atrás y ahora, ahí sin pelo, comienzas a ser un objeto de deseo. Ese hecho se fusiona con que, a medida que creces y que consumes todo lo que a tu alrededor se presenta (véase películas, series, anuncios, juguetes…), hay un canon de belleza indiscutible que se repite sin parar. No hay referentes de mujeres peludas y, si existen, son personajes marginados, minorías o personajes a los que posteriormente se les somete a una transformación que implica replicar ese canon de belleza. Un ejemplo podría ser la serie Betty La Fea.

Esto no se queda solo ahí. Mi madre tenía una máquina de cera en casa y la he visto depilarse toda mi vida. Obviamente no la culpo por yo llevar a cabo esta práctica, solo lo comento como una realidad que es imposible separar de mis hábitos actuales. Lo he visto en casa, por tanto también lo he repetido. A medida que he ido creciendo he podido hacerme algunas preguntas y reestructurar mi manera de pensar. De hecho, como explica la autora, “decir que la depilación es una opción personal, que lo hacemos libremente y que nadie tiene que meterse en eso puede darnos una sensación de libertad, pero nos estamos engañando a nosotras mismas”.

¿Existe la feminidad peluda?

“El primer motivo, ‘me siento más atractiva/mejor/más guapa’, está claro: te sientes más guapa depilada porque todos los modelos de belleza que has tenido desde que naciste iban depilados, de la misma forma que te sientes más guapa cuando estás más delgada, cuando llevas el pelo largo, cuando te maquillas, cuando te pones ropa convencionalmente más femenina, etc.”, explica Olid. Este modelo de feminidad que hemos consumido nos exige tiempo, dinero y dolor y, además, la exigencia de sentirnos guapas pero ¿podemos vivir, existir y ser felices sin ser guapas? Sí, también se puede. Es necesario recordarlo.

Tenemos que ser valientes y admitir que queremos gustar y que para poder gustar accedemos a esta realidad que implica depilarnos. Solo después de poder aceptar esto, tendremos la libertad de decidir con mayor amplitud. No podemos no reconocer que existe un control social sobre nuestros cuerpos y que ello implica, muchas veces, que se guíe a las niñas o a las jóvenes a depilarse en lugar de educar (tanto a hombre como a mujeres) que tener vello está bien, es natural y que quien te ataque por ello está equivocado. El foco debe estar en esa educación y no en potenciar que extraigamos de nuestro cuerpo algo que está ahí por algún motivo.

Por supuesto que decir en alto esto es facilísimo y que llevarlo a la práctica no lo es tanto. En mi caso, soy plenamente consciente de esto y, sin embargo, sigo depilándome. Así que, ¿cuál podría ser la solución? Según el libro lo plantea, pueden existir, entre otros, dos caminos. En primer lugar debemos preguntarnos quién nos gusta y por qué: “¿quiero gustarle a alguien a quien le parezco asquerosa tal y como soy recién levantada?” y en segundo lugar, y tras aceptar que nos depilamos por gustar, podríamos “desplazar la obligación de gustar y cambiarla por la voluntad de gustar: hoy, que me apetece sentirme atractiva o que mi imagen es especialmente importante para mí por alguna razón, me depilo”.