Las nuevas 'wedding planner' para la pedida de mano: ¿necesitamos demostrar el amor a lo grande?

No solo toca gastarse un pastizal en la boda, ahora también hay 'proposal planners' por precios que rondan los 6.000 y 10.000 euros

Elisia voló con su pareja, Justus, desde su Canadá natal hasta Londres. Se subieron a la noria London Eye con un grupo de desconocidos que, como ellos, querían ver la ciudad de noche. Cuando estaban en la cúspide, con las vistas de la capital inglesa bajo sus pies, uno de los pasajeros sacó un violín y se puso a tocar la canción de la pareja: Perfect, de Ed Sheeran. El resto de pasajeros eran extras contratados por Justus. Se abrieron la chaqueta y enseñaron camisetas que decían: “¿te casarás conmigo?”. Ella dijo que sí, ilusionada porque era la proposición perfecta: “grande e inolvidable”, como le había repetido en muchas ocasiones.

Justus cuenta esta experiencia a The Guardian, y explica cómo quien la organizó fue una agencia de proposals planners (organizadores de pedidas de mano) llamada The Proposers. Toda la experiencia le costó 6.000 libras, un precio muy común en estas pedidas de mano por todo lo alto. “La más cara que tuvimos fue de 800.000 libras, alquilamos todo Disneyland Paris, con fuegos artificiales, un bote por París, un jet privado hasta Canadá y la pedida en mano en Niágara”, explica la fundadora, Daisy Amodio.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Justus y Elisia están encantados con el servicio, o eso aseguran en la entrevista con el diario británico, en la que usan términos bastante superficiales para describir la experiencia y su relación. “Mi pareja quería algo inolvidable”, dice Justus. “Soy una romántica empedernida, para decir que sí necesitaba una propuesta única, original, creativa e inteligente. Fue buena idea que contratase a profesionales”, explica Elisia, dando a entender que solo diría que sí si la propuesta es excesiva y grande.

No son los únicos: Stephen, otro cliente, dijo al diario que “si no le pedía matrimonio, seguramente la perdería, así que tenía que hacer algo gigante para pedírselo. Ella dijo que sí y se sorprendió de que yo pudiera planear algo tan espectacular. Nunca le dije que tuve ayuda y no voy a contárselo en un futuro”, añade, presumiendo de no haber sido capaz de construir una relación sólida y basando su supervivencia en grandes y caras muestras de ‘amor’ y ‘compromiso’. Pippa Lund, otra proposal planner también habla en los mismos términos pero, además, con un componente patriarcal. “Los chicos no son creativos ni románticos. Nosotros traducimos su amor a la realidad, lo único que tienen que hacer ellos es ponerse de rodillas y decir algo bonito”, declara.

Todos los testimonios coinciden en lo mismo: lo importante no es el sentimiento, lo que a priori debería ser indispensable para casarse, sino lo grandilocuente que sea la propuesta. Parece que ya no es suficiente con gastarse un pastizal para la boda, ahora también lo requiere llegar hasta ella. Por supuesto, esto tiene mucho que ver con el postureo. Otro de los planners entrevistados, Pailin Thipayarat, asegura que hace años era muy difícil vender este producto, pero ahora gracias a las redes sociales cada vez más gente lo hace porque quieren tener experiencias que puedan compartir y presumir. “Si no lo ven, no ha pasado”.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Al final, estos grandes planes esconden frivolidad. Por muy noble que sea el sentimiento, se pierde entre tanta pompa. Lo importante en un compromiso debería ser el hecho de querer casarse, no cómo. Vivimos en una época en la que el matrimonio es cada vez más inusual y la mayoría de jóvenes no queremos pasar por el altar (así lo corroboran datos del INE, con un decrecimiento anual del 5%), esta clase de pedidas de mano, ostentosas e innecesarias, parecen anacrónicas.

De hecho, la mayoría de propuestas que se hacen virales Twitter, suelen ser más emocionales que gigantes y espectaculares. La última, una mujer que se ponía llorar comiendo tacos cuando su pareja le sacaba un anillo. Sin más ni menos, comiendo le dijo que se casasen y se puso a llorar, preciosa. Me recuerda a Dr. Slump, dibujos de mi infancia, en que el doctor practicaba cómo pedírselo a su enamorada en voz alta frente al baño, sin darse cuenta que ella estaba ahí cagando. Cuando acaba, tira de la cadena, sale y le dice que sí. Es la pedida de matrimonio más natural y sincera que he visto jamás y que, desde pequeño, he deseado que ojalá la mía fuera así de fácil, porque si le quitas la excentricidad, solo queda el sentimiento y sabes que ambos dicen que sí porque de verdad se quieren y lo quieren.