Fui el juguete sexual del confinamiento para mucha gente que ahora me ignora

Llegué a dedicar más de tres horas diarias al sexting durante la cuarentena pero la desescalada ha comenzado y sigo virgen

"Sí, quiero que me folles la garganta. Que tu polla no me deje respirar", "Te has corrido ya?", "Hola???". Son las 7:30 de la mañana, cojo el móvil para desactivar la alarma y prepararme para el teletrabajo cuando descubro que estos mensajes se habían quedado flotando en mi WhatsApp. La noche anterior tuve una conversación con un match de Tinder y la cosa se nos fue de las manos hasta convertirse en una bacanal de cerderías verbales al nivel más hardcore hasta que me corrí y me quedé sobado, sorry. Jamás le había explicado tantas posturas del Kamasutra a nadie. El confinamiento me había convertido en una versión sexting de Nacho Vidal y el Marqués de Sade. Fotopollas y chochofotos inundaban la memoria de mi móvil y los festivales de conversación caliente, envío de jpgs y pajote fueron una rutina que me animaba los días en los que no se podía ni salir a la calle. Y lo mejor de todo es que no necesitaba provocarlo, venía a mí de las formas y de las personas más insospechadas. 

Reconozcámoslo, durante las semanas más duras de la cuarentena todxs los que pasamos la reclusión sin pareja íbamos burrísimxs. Según un estudio de Smartme Analytics las descargas de aplicaciones de ligue durante la pandemia se dispararon a niveles surreales: el uso de Tinder se incrementó un 94,4% entre los menores de 35 años, seguido por Badoo (+52,4%), Wapo (+34,9%) y Grindr (+24%). Consciente de mis necesidades más básicas y asqueado por la situación, finalmente llegó el día en que me uní a la tendencia y me gasté 17 euros en la versión Plus de Tinder. Me hice un perfil más o menos cerrado y me dispuse a buscar voluntarias para pasar el rato chateando. Pronto empezaron los matches, el intercambio de WhatsApp o Instagram y las conversaciones interminables. Al principio podía surgir como algo sutil: “estoy comiendo cerezas pero me comería otra cosa”. Había otras que iban un poco más a saco: “tienes cara de tener una buena polla”. El resultado siempre era el mismo: una sesión de sexting de lo más cerda.

La cosa se solía acompañar de un relato pormenorizado de todas las delicatessen que practicaríamos en el cuerpo del otro hasta que, en un momento dado, uno de los dos rompía el hielo y se ofrecía a mostrar su generosa anatomía. “¿Quieres que te enseñe como estoy”, era la frase que anunciaba el envío de material fotográfico explícito. Un ‘nude’. Desde luego, si Huawei o Facebook nos roban los datos sus servidores se han pegado estos días de pollones, chochos, culos y tetas, eso seguro. Y, aunque el pánico a que la foto de tus genitales circule por internet es grande, al final el calentón acababa imponiéndose. Según algunas encuestas realizadas entre mujeres, al menos 8 de cada 10 han recibido un nude por parte de un hombre y el 60% admitían haber incorporado el sexting a sus prácticas sexuales habituales. Todo ello pese a que el 92% admitían tener miedo a que sus fotos acaben saliendo del contexto erótico de la pareja y acabasen en internet o siendo usadas como revenge porn.

Pero estos días parecía que los tapujos se habían disuelto. Ni siquiera era yo el que tenía que ofrecerme o iniciar la conversación sexual. De repente, tías que no me habían dado bola en la vida reaccionaban a mis stories de Instagram (el verdadero Tinder del confinamiento) e iniciaban un descarado flirteo. Incluso personas que tenían pareja me lanzaban indirectas no tan sutiles que, evidentemente, le añadían un plus de morbo bastante heavy al asunto aunque también cierto mal rollo. Mientras hay gente que todavía se debate sobre si el sexting durante la cuarentena era solo una vía de escape o una infidelidad con todas las letras, yo para el día 40 de confinamiento había follado por sexting con más tías que en todo 2019 junto y uno no podía parar de pensar cómo sería esto el día en que, por fin, llegase la fase 1 a la ciudad. En mi cabeza iba a convertirme en una especie de repartidor de Amazon llevando mi paquete a los domicilios de todas mis compis de sexting. Pero un día, de repente, llegó la fase 0 y la cosa cambió para siempre. Por fin se nos permitía salir, tomar el sol, practicar deporte, airearnos, etc. De la noche a la mañana, las mismas personas que afirmaban suspirar por mi pene desaparecieron para no volver. Otras continuaban escribiendo pero las conversaciones eran más tirando a conversación de ascensor.

“¿Qué cojones está pasando?”, me pregunté todas las veces que intenté subir el tono de una conversación y la otra persona se marcaba un “voy a… luego hablamos, ¿vale?”. Me di cuenta de había sido utilizado, de que la otra persona solo quería imaginarse el sexo salvaje conmigo porque se aburría, porque tenía la batería del satisfyer quemada y quería una nueva variable con la que hacerse el pajote. Nunca hubo, ni habría, una intención real de llevar nuestros relatos porno a la realidad. Fui el complemento narrativo de una masturbación y poco más. Salvo algunos casos —evidentemente con algunas sí que parece que habrá tema en cuanto lleguemos a fase 1—la mayor parte de las chicas habían desaparecido. Esto me llevó a una conclusión que a pesar de ser obvia se ha quedado profundamente guardada en mi psique y que me parece una sabiduría de lo más valiosa frente a los relatos de amor Disney que circulan por la sociedad: todxs, sin importar el género, tenemos un sátiro en nuestro interior que si se activa te puede llevar a perder el control. No importa que tengas pareja o que te creas un ser de luz. Todxs tenemos ese lado salvaje e irracional que puede emerger en una situación límite. Eso y que todxs tenemos un ego al que le encanta ser masajeado. 

Dicen en los medios que el próximo lunes se pasará a la fase 1 en Barcelona. Me paro a pensar y, en teoría, tengo a casi 10 personas en mi móvil con las que había jurado que le haría el kamasutra en cuanto pudiera. Pero a mí me da bastante pereza y detecto que a la mayoría de ellas también. No quiero ni pensar lo raro que será cuando me encuentre con algunas de ellas por primera vez y les pueda ni saludar con dos besos cuando hace apenas unas semanas les prometía perforarles el ano. En fin, que tampoco sé que me deparará el futuro pero puedo decir que no creo que jamás vuelva a utilizar mi móvil de la manera en la que lo hice a finales de abril, eso seguro. Aunque tampoco digo nunca porque como haya un segundo brote y nos toque volver a estar encerradxs en pleno verano, el cerderío podría ser demencial. En cualquier caso intentaré sacar algo de sabiduría de estas semanas de confinamiento y entender un poco mejor las necesidades reales de las personas. No tengo ningún rencor por quienes me “usaron” y luego desaparecieron para jamás volver a manifestarse. De igual manera espero que nadie me lo guarde por haberme dormido en una conversación o no haberle dado bola al día siguiente. Al fin y al cabo, lo que todxs buscábamos era algo de amor (y sexo) en un tiempo de mierda.

CN