Cómo gestionar el día después de una ruptura

Una angustia intensa te recorre el estómago y parece que nada va a cambiar, sientes que estás en un estado eterno en el que no aparecerá la luz pero quizás haya pequeños pasos para empezar a curarse

Me estoy duchando, me froto muy fuerte el pelo. Tengo el cuerpo lleno de sal y ahora se está yendo con el agua de la ducha. Mi champú huele a coco, me gusta el coco, mientras me lo pongo en el pelo para lavarlo me acuerdo que a él no le gusta y sonrío. Viajo un ratito por nuestros recuerdos, todos muy variados: todas las comidas ricas sanas que comimos, los paseos de la mano, las pelis en las que se quedaba dormido, los vídeos que le grabé mientras dormía, las noches charlando, sus mimos, las fotos robadas y unos pocos selfies que tenemos porque creo que nos sentíamos algo incómodos haciéndolos…

Me acuerdo de todo mientras termino de ducharme. Estoy entusiasmada porque dentro de un rato estará en mi casa y hablaremos y solucionaremos lo que nos pasa porque, en este tiempo juntos, hemos aprendido (al menos un poco) a gestionar nuestras emociones y a llegar a un valle donde es posible estar tranquilos y seguir construyendo. Pero quizás esta vez me equivoque.

Sus ojos lo dicen todo

Me pongo perfume, hace calor y elijo una falda. Me echo rímel, estreno unas bambas que combinan con el conjunto de ropa. “Quizás después de charlar un rato, salgamos a dar un paseo”, pienso ingenuamente. No estoy inquieta pero sí algo nerviosa. Llevamos dos días sin vernos y sin prácticamente hablar porque él necesitaba un espacio que a mí me costó darle. Construimos una rutina de holi, buenos días y buenas noches y qué tal el día y ¿comemos juntos?, ¿qué día nos vemos? Que hacerla desaparecer de un día para otro me fue difícil. Me siento optimista, los días sin él me ayudaron a reflexionar y a darme cuenta que no quiero presionarlo, que no quiero reclamarle nada, que amar es también respetar el tiempo y el espacio de la otra persona. Quiero decírselo. Quiero que sepa que he llegado a esa conclusión.

El ascensor se abre y lo miro a los ojos. Su mirada está caída, apagadita, nublada. Sé que está pasando unos días muy tristes y yo he sido poco comprensiva y he querido reclamarle atención cuando no puede dármela. Pero hoy lo solucionaremos. Entra y no nos damos un beso, yo también siento que no hay que darlo, aunque me muero de ganas de estar cerquita de él. De abrazarlo, de decirle estoy aquí, de decirle déjame acompañarte. Cuando me cuenta los motivos por los que está mal, intento mantenerme firme. Le voy haciendo preguntas para ver qué tal esos días, para ver qué tal los que vienen… Él tiene todo el rato los ojos lagrimosos, es un momento duro en el que intuyo que no está seguro de dónde se encuentra y en ese caos emocional de sentir y no sentir, gestionar lo que siente por mí no es posible. Cuando nos atrapa el silencio porque hemos hablado de casi todo, me lo dice: “creo que es mejor que cada uno haga su vida”.

Una bola de plomo cae en mi estómago. Me quedo en silencio, lo miro, él llora, yo no sé, me nacen preguntas, las descarto, me nacen frases, las descarto, me viene una tonelada de sentimientos, los echo fuera. Ante el silencio y mi rostro con neblina, él continúa hablando muy lentamente. No recuerdo la cronología exacta y viajar hasta ese instante que ha ocurrido hace poco más de 24 horas me rompe por dentro, enterita. Lo que sí recuerdo con firmeza es el momento en el que su boca dice la palabra “me voy a marchar”, que indica que cuando salga por la puerta de mi casa, la preciosa historia que hemos estado escribiendo habrá llegado a su fin.

La tormenta interna

Me estoy ahogando. Cierro la puerta y no puedo respirar. Siento que el llanto me sale de las entrañas, me siento en el suelo, me tiemblan las manos. Qué jodidas son estas sensaciones, cómo las calmo, cómo recobro mi fuerza, cómo puedo hacer para que volvamos a donde estábamos. Todo viene a mí en forma de avalancha: sus “no puedo darte lo que mereces”, sus “no sé si te querré como tú a mí”, sus “no quiero que estés”. Es aquí cuando entra la amistad y la familia en la partida. Mi compañera de piso me agarra, me dice qué pasa, me calma, está muy enfadada, no entiende nada. Es necesario, al menos como primer paso para gestionar el dolor, tener a una red de personas cerca, soltarlo todo con ellos, vaciarse. Como hemos explicado en otros artículos, la simple compañía tiene un efecto sanador, la relación con estas personas nos proporciona la sensación de calma y seguridad que es muy necesaria en estos momentos.

Es entonces cuando llega el bucle. El bucle es lo peor que puede ocurrir tras una ruptura, es lo peor porque no consigues moverte, estás en mitad de un torbellino que te hace recordar, revivir, buscar respuestas. Mi llanto cesa y hablo con mis padres. Me observan dolidos y me dicen: “no te quiere”, “no quiere estar contigo”, “él siempre tuvo la duda, nunca estuvo seguro”. Cuento la historia una y otra vez y me vienen a la mente las palabras que usa cuando habla de cine. Todo lo aprendido, todo lo compartido, los podcast, las canciones, pintar las paredes, los desayunos, los bollitos, besarnos en la ducha, hacer el amor, escucharnos, entendernos, las bromas, los planes que pensamos hacer y no hicimos, las discusiones… Lo que decía, el bucle. Abro el móvil y sé a ciencia cierta que mi carpeta de imágenes está llena de él. De casi 1.000 fotos y vídeos construidos en un año y medio de relación, solo he sido capaz de borrar 300. Este es otro punto dentro de la gestión del dolor: qué se hace con esos recuerdos. Hay que darse tiempo, hay que reconstruirse, no hay que dejarse llevar por los impulsos de borrarlo todo. Hay que respirar.

Te pierdes lo bueno buscando el error

Gestionar el dolor el día después no es fácil. De verdad. No es una frase hecha. Debes saber que NO ES FÁCIL. Debes saber que estarás muy triste, que sentirás angustia en el estómago, que lo echarás de menos, que entrarás en el bucle, que querrás intentar lo que no debes intentar, que pensarás que un clavo saca a otro clavo, que no querrás hacer planes, que te machacarás intentando entender qué hiciste mal… Todo eso ocurrirá pero el dolor (me lo digo a mí misma muy bajito) es temporal. Es temporal, es temporal, me lo repito. No podemos impedir que la persona quiera irse, esto no pasa como en las películas, no va a volver, no vais a volver, no quiere estar contigo. No quiere, no quiere, no me quiere, me repito.

A partir de aquí hay un nuevo camino. Mi amigo David insiste en recordarme que este día es el más importante de mi vida aunque yo lo vea todo negro. Mis amigas me abrazan y me recuerdan que todo irá bien, porque es verdad: irá bien. Estaré bien. Gestionar el dolor es volver a ti aunque te cueste horrores (de verdad, cuesta), es seguir construyendo tu vida, seguir construyendo tus proyectos, es quererte mucho y dejar que te quieran, es estar sana, es arroparte con rutinas que te hacen feliz. Gestionar el dolor es también dejarlo ir, es también desearle lo mejor, lo mejorcito del mundo entero y hacerlo de corazón. Un día abrirás los ojos con la luz del sol y el tiempo, como pasa de verdad con las heridas, las estará cerrando y ya no dolerá tanto como duele ahora mismo. Además, como él cantaba hace unas semanas: te pierdes lo bueno buscando el error, te pierdes lo mejor. Dejemos de buscar el error y veamos lo mejor. Adiós, mi amor.