Por qué me excita tanto que me insulten en la cama

Esta práctica que es más común de lo que pensamos también se denomina cacolalia o coprolalia y puede incluirse dentro del universo del BDSM

“Fóllame, fóllame así”, me dice cuando estoy sentada encima de él moviéndome como más me gusta. Pone sus manos en mis nalgas acompañando la acción y veo cómo se muerde el labio. Sus ojos me miran intensamente. Me agarra con fuerza. “Fóllame, fóllame puta”, me dice cuando el sexo se vuelve aún más salvaje. En el corazón de mi entrepierna se enciende un impulso que me pone aún más cachonda, no solo la penetración me está gustando sino que sus palabras hacen que quiera correrme ahora mismo. Pienso “que me lo diga otra vez, que me lo diga otra vez”. Se lo digo: “dímelo otra vez”. Sus palabras se desatan y chocan unas con otras: “te gusta así, ¿verdad zorra?, eres la más puta, te encanta”. Estoy empapada, mis fluidos lo vuelven loco, ¿qué está pasando?

No es nuestra primera noche teniendo sexo, ni la segunda, ni la tercera, ni la cuarta. A pesar de que no somos pareja, nos comportamos como tal y la intimidad y la confianza que hemos alcanzado permite que haya cabida para este vocabulario. Ambos estamos de acuerdo en que esto suceda, lo disfrutamos y siempre estamos atentos en el caso de que alguien quiera frenar. Recuerdo la primera vez que me insultaron teniendo sexo. Me sorprendió muchísimo. Tuve dos sensaciones que chocaron de forma abrupta: mi cuerpo respondía con placer, mi mente, sin embargo, soltaba mensajes como “esto no puede estar bien”. No supe reaccionar, no sabía si debía escuchar a mi cuerpo y permitirle vivir esta excitación sin obstáculos o si debía atender a mi razón y comunicar que eso no era adecuado.

No me juzgues

Lo primero que ocurre cuando se abre esta puerta dentro de una relación sexual y más aún siendo mujer es que se te enciende una bombilla que tiene parpadeando la palabra: “culpa”. Hay algo que no sabes qué es pero tienes la sensación de que no está bien. Y no quieres sentirte así, yo no quiero sentirme así. No quiero que se piense nada equivocado, ni que me juzguen, ni que me señalen. La cuestión es que esta práctica (la de incluir palabras insultantes dentro del sexo) es más común de lo que creemos. Para poder darle una perspectiva más genérica, hemos hablado con Ignasi Puig Rodas, psicólogo clínico y sexólogo.

“No debemos sentirnos mal por el hecho de que esto nos excite. Ninguna práctica sexual de por sí es nociva. Siempre y cuando las personas que participen lo estén haciendo de forma voluntaria, consciente y consensuada. Si esto es así, ¿cómo puede ser posible que ciertas prácticas sexuales como los insultos durante el sexo puedan parecernos mal? Pues justamente porque el sexo en nuestra sociedad no es una actividad neutra, es una actividad con gran carga emocional, con una gran carga psicológica”, explica el experto. Por desgracia se ha establecido que el sexo tiene una forma correcta de practicarse y todo lo que se salga de ahí es incorrecto. Lo mismo pasa con la cacolalia, esta práctica que incluye los insultos. Es desde este encorsetamiento de donde surge la culpabilidad

Es muy necesario que esto desaparezca, por eso es también necesario hablar del tema, explicar qué nos gusta, aunque de primeras no nos parezca que esté bien. Justamente por esta cuestión debemos crear lazos de confianza y establecer unos vínculos que nos permitan hablar abiertamente de sexualidad. Está claro que hay gustos o deseos que no compartiremos con cualquier persona que se meta en nuestra cama.

El origen del deseo

“Una de las explicaciones habituales respecto al tema de los insultos (es decir, que es compartida por bastantes personas) es que se establece una dinámica de poder. Muchas veces la persona que insulta está demostrando su poder respecto a la persona que es insultada y el hecho de verse en esas dinámicas de poder o relaciones de BDSM puede llegar a ser muy excitante”, explica Puig Rodas. Ahora bien, hay otro motivo que puede estar muy presente en esta práctica y otras que también son transgresoras.

“En esta sociedad se nos está inculcando el hecho de que hay unos objetivos ideales a los cuales debemos dirigirnos: ser mejores personas, más guapos y guapas, más triunfadores y triunfadoras en esta vida y llegar a hacer cosas mega geniales. A partir del instante en que se generan estos ideales se generan, a su vez, los contra ideales. Por ejemplo, si alguien considera que es una persona decente, ser indecente será algo malo. La obligación de tener que cumplir con esos estereotipos genera presión. De tanta presión que hay por ser una persona perfecta y genial, muchas veces es liberador salirse de lo ideal solo por el hecho de quitarnos de encima esa presión de tener que cumplir con los estándares”, detalla el experto.

Esa fantasía y ese juego de soy como no debería ser surge porque desde la infancia nos han ido explicando qué es correcto y qué es incorrecto. No nos han explicado jamás que lo que ocurre en la cama no tiene nada que ver con la realidad. No nos han dicho que si te excita que te insulten o que te tiren del pelo mientras estás follando no significa que te guste eso mismo en un contexto no sexual. De hecho, seguramente no te gustará. Cuando empecé a explorar mi sexualidad me di cuenta que mucho de lo que me excitaba se salía de lo normativo y tuve que lidiar con una sensación de culpabilidad que no me merecía.

Las experiencias nos marcan

Es una realidad que las primeras experiencias sexuales han condicionado el resto. En esta misma línea las experiencias pueden llegar a generar fetiches y no hace falta que sean sexuales para que esto ocurra. Por tanto, cualquier experiencia de por sí puede generar un fetiche (sexual y no sexual), sobre todo porque si algo es placentero, la barrera entre el placer sexual y el placer no sexual está muy desdibujada, es casi inexistente. A esto hay que añadirle otra cosa más: el hecho de haber tenido una vivencia que genere tal fetiche no implica, para nada, que dicha vivencia haya tenido que ser traumática. Es importante dejar esto claro para que desaparezca el pensamiento de que, si nos gusta algo fuera de lo común, es que tenemos un problema. No lo tenemos.

“Esta práctica es frecuente, se suele utilizar bastante este llamado dirty talk. Esta humillación verbal entra dentro del universo del BDSM. La cuestión está en que lo que una persona considera como dirty talk o como insultante o como sexualmente excitante variará mucho dependiendo de la persona, para algunas puede resultar terriblemente ofensivo y para otras no”, explica el experto. Mi conclusión es que hay hacer lo que nos genere placer, hay que superar esas barreras morales y disfrutar. Yo, siempre que me apetezca, seguiré pidiendo que me tiren del pelo, que me agarren fuerte y que me digan todas las guarradas que se me ocurran. El sexo puede ser eso y también caricias, besitos, calma, sensualidad, cariño y palabras tiernas y dulces. Aceptemos todo y vivámoslo bien.