El Día En Que Descubrí Que Los Hombres Tenían Sentimientos

Yo crecí en una casa de chicas. Éramos, y seguimos siendo, tres hermanas, una madre y un padre intermitente. De esos que están suficientemente presentes como para desarrollar hacia ellos cierto complejo de Electra pero cuya presencia es totalmente insuficiente como para construir una relación cercana o una comunicación fluida. Así que, para mí los hombres siempre habían sido esos seres lejanos, desconocidos, intrigantes, poderosos y altivos por los que sentía amor y pavor a partes iguales.

Mi interacción con ellos, desde la más tierna pubertad hasta bien entrada la universidad, fue bastante traumática. Desde dolorosos amores no correspondidos, hasta noches de confusa pasión etílica, pasando por fantasiosas relaciones a distancia sustentadas por la mentira del amor romántico que a la hora de la verdad se convertía en calabaza. Todo ello tumultuoso, agotador y lleno de sufrimiento e incomprensión. No, definitivamente no entendía a los hombres.

Durante esos años también tuve la suerte o la desgracia de vivir unas cuantas experiencias bofetada, de las que te tiran al suelo o te hacen madurar a velocidades insospechadas. Por eso se dio la paradoja de que cuando entré en la veintena se podía decir que tenía casi 30 años de edad mental, pero no más de 12 de edad emocional. No sabía pedir perdón, no sabía pedir ayuda, no sabía decir te quiero ni era capaz de expresar cualquier otro sentimiento. Y así, con mi mochila cargada de carencias me metí en una relación con alguien que también tenía un decalaje entre edad mental y emocional pero que era indirectamente proporcional al mío. Él era capaz de abrirse en canal, de contarte sus sentimientos con todo lujo de detalles así como de interpretar y desenredar los míos, pero era más torpe en lo que a la vida respecta.

Era mi primer contacto prolongado con el género masculino y, evidentemente, con tanta asignatura pendiente, no fue fácil, ni fluido, ni armonioso, tal y como suelen no serlo los aprendizajes vitales en general. Yo estaba en pie de guerra tomándolo como embajador de especie tan ajena que eran los hombres en su conjunto y él intentaba subir los escalones de su adolescencia tardía. Pero hubo un día, en una conversación banal que cualquier pareja podría tener, en el que fue como si el viento hubiese cambiado de rumbo, como si de repente hubiese decidido soplar en otra dirección y disipar esa confusión que había en mi cabeza.

Hablábamos de qué pasaría en caso de un posible embarazo no deseado y yo le decía que probablemente decidiría interrumpirlo por las inhóspitas circunstancias en las que estábamos. “¿Cómo que ‘decidirías’, será más bien ‘decidiríamos’, no? tendré algo que decir en todo esto...”, me dijo indignado. “Ya, pero los hombres en general se desentienden”, le contesté confusa. “Pero también hay mujeres que abandonan a sus hijos, yo me lo quedaría y lo criaría encantado”, respondió, y yo me quedé muda contemplando en mi cabeza todas las primitivas concepciones de género con las que había vivido hasta entonces.

Yo daba por hecho que, ante una situación así, una mujer se tenía que sacar las castañas del fuego porque cualquier hombre da media vuelta y echa a andar sin mirar atrás. También asumía que los hombres eran la espada de Damocles que pendía sobre mi cabeza obligándome a estar delgada, depilada, maquillada y perfecta para ellos. Sin darme cuenta de que ellos pueden ser un manojo de inseguridades y de complejos a los que, a su vez, se les exige ser fuertes, fértiles, protectores, tener éxito y no tener sentimientos.

Muchos de ellos lo consiguen, o por lo menos en apariencia, y llegan a engañar a gente como yo, pero si miras un poco más de cerca, ves que se están muriendo por dentro, que su vendaval de emociones es exactamente igual de intenso que el nuestro. Lo gestionan de otra manera y muchas veces lo barren debajo de la alfombra, como la sociedad les enseñó a hacer desde pequeños, pero sentir, sienten.

Después de esta revelación, y avergonzada al constatar la envergadura de mi maniqueísmo, me dediqué a observar con ternura a los que antes solo veía como adversarios. Ante los que sacaba la espada y el escudo lista para la batalla. Y me di cuenta de que si queremos cambiar el machismo galopante que todavía hay en nuestra sociedad, tenemos que acercarnos y tocarlo en lugar de rehuirlo y temerlo. Porque al fin y al cabo estamos todos en el mismo barco, y si seguimos remando cada uno en una dirección, continuaremos haciendo círculos en lugar de evolucionar hacia un mundo mejor.