Un amor moderno, el mismo dolor de siempre

La segunda novela de Sally Rooney, 'Gente normal' (Literatura Random House, 2019) ha sabido sacar a la luz, con mucha sutileza, cómo podrían entrelazarse las clases sociales en una intensa historia de amor

"Marianne prepara la cena, espaguetis o risotto, y luego él lava los platos y ordena la cocina. Recoge las migas de debajo de la tostadora y ella le lee chistes de Twitter. Después se van a la cama. A Conell le gusta entrar muy dentro de ella, despacio, hasta que a Marianne le cuesta respirar y jadea y se aferra a la almohada con una mano. Las conversaciones de después son muy gratificantes. Hablan de las novelas que está leyendo él, de la investigación que está estudiando ella o del momento histórico concreto en el que están viviendo". Este es el fragmento de uno de los instantes que Marianne y Conell —protagonistas de la novela Gente normal de Sally Rooney— viven. Al menos cuando están bien y han logrado conectar.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Sally Rooney es una joven autora nacida en Irlanda. Su primera novela, Conversaciones entre amigos, fue un exitoso debut que la hizo entrar de cabeza en el panorama literario menos mainstream pero igual de distinguido y popular. Mantenerse en el ojo del lector y construir una ansiada espera no es sencillo. Y en este caso no tiene que ver con el tema, no tiene que ver con la historia, tiene relación con la forma de escribir, la forma cuidada de narrar. Así se ha visto en su última novela Gente normal (Literatura Random House, 2019). Marianne es una estudiante inteligente, nada popular y de una clase social alta. Conell es un estudiante inteligente, popular y de una clase social baja. La madre de Conell es quien se encarga de la limpieza en la mansión que pertenece a la familia de Marianne.

Sin florituras

La ficción de esta autora, por lo general, se centra en cómo afecta la dinámica de poder de los grupos sociales a las relaciones que establecen entre ellos. Al ser una historia de ficción, estas conexiones pasan casi desapercibidas, el lenguaje atrapa la atención de quien lee y para profundizar en el subtexto hay, a veces, que alejarse del relato. Como si leerla fuera ir llenando de agua un balde que luego, más tarde, caerá sobre ti sin que lo esperes. Lo hará de forma automática mientras vives tu rutina. La voz de Rooney es nítida, cómoda, hogareña. Es una voz que acompaña bien una tarde de sofá en otoño. No deseas pausar la lectura porque disfrutas de su compañía.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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La calidad del relato, no solo el nivel intelectual y emocional de los personajes sino el lenguaje que ella utiliza, con frases cortas gustosas y directas (con diálogos sin guiones que incrementan la narratividad), hace que no sean necesarias las florituras. No hay relleno, no hay un instante que sobre o que tengas que pasar por encima porque puede resultar repetitivo. Esto es una opinión plenamente subjetiva que, seguramente, alguien podría contradecir. Me lanzo con ánimo a declararla porque, como explicaba con anterioridad, la historia importa por cómo está escrita.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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El deseo, el amor y el anhelo de los personajes cambia el ánimo, las emociones propias se adaptan a las que viven ellos y no porque te sientas identificado sino porque eres capaz de verlos perfectamente, al detalle, con una claridad que te deja sin armas. Esta sensación, esta imagen, sucede en sus dos novelas y, pienso, es ahí donde crece la adicción. Ambos relatos hablan de una historia de amor secreta que es intensísima y que parece que no llega a ninguna parte porque los malentendidos suceden uno tras de otro. Y no son esos malentendidos divertidos y que frustran, son de esos que aceptas porque 'así es la vida'.

Un recorrido lineal

El contexto, y por tanto su escenario, podría leerse también en sus personajes. La historia se sitúa en la Irlanda de enero del 2011, es decir, cuando el país acababa de salir de la crisis económica del año 2008. El relato termina a principios del año 2014, cuando por fin la situación comienza a recomponerse. A lo largo de esos tres años los personajes se eligen, se separan, se aman y se destruyen. Podríamos decir que, sin duda, hablando del relato en sí, el título le haría justicia completamente. No hay un punto culmen en la historia, no hay misterios, no hay una escena concreta que determine las circunstancias que suceden. Hay una soledad y una conexión pasional que se desangra a través de las 250 páginas del relato.

Sí hay escenas incómodas. Momentos en los que querrías hablarle al personaje, decirle 'no, no vayas por ahí, no aceptes eso'. Instantes en los que deseas que la otra parte protagonista aparezca para 'salvar'. Pero en esta historia no hay héroes ni heroínas. Hay dos jóvenes construyendo, muy de a poco, su relato. Los ves fallar, los acompañas en la intimidad más salvaje y tierna y los descubres sintiendo una magia que desearías vivir. Se están amando con un control que es pobre que es, a mi parecer, la forma de amar. 

La incomodidad es, en ocasiones, graciosa. El principio tiene la ilusión de todos los principios. El primer beso tiene el calor de todos los primeros besos. La frase incorrecta tiene la decepción de todas las frases incorrectas. Lo has sentido o sabes perfectamente que lo puedes sentir. Cuando te subes en el tren de esta autora estás recorriendo un paisaje que, a veces, es verde. Que, a veces, está repleto de carteles o que, a veces, atraviesa ciudades pero que, en definitiva, es una línea sin enmarañados, sin atascos y sin curvas cerradas.

Por qué Sally Rooney 

The New Yorker publicó una reseña en la que se describía a esta autora como la "J.D. Salinger de la generación Snapchat". Ella ha desvelado, con soltura y transparencia, esa soledad que parece inexistente entre los jóvenes actuales. Ha conseguido, también, enseñar los motivos que nos decepcionan y cómo hacemos para salir de ellos. Muchas revistas y autores hablan de ella como la voz de la generación millennial, capaz de exponer nuestras preocupaciones y nuestros deseos.

Sally Rooney ha sabido interpretar el código del momento en el que vivimos. Lo ha hecho porque ella también ha crecido dentro de él y ha decidido alejarse para construir una perspectiva. Esta visión no solo nos permite observar nuestros comportamientos sino que también puede hacernos sospechar cuáles pueden ser nuestros miedos, nuestros deseos y el origen de todos ellos. Ella misma lo ha explicado: “Como novelista el lugar perfecto es estar en el umbral lo suficientemente cerca para observar un mundo sin estar metida en el centro".