Utilizar únicamente el cerebro para pensar no es lo más inteligente

La inteligencia no está solo en el cerebro: Los gestos, el lugar donde estás o el grupo social al que perteneces también construye tus pensamientos

Siempre se ha entendido que alguien que le da mucho al coco es inteligente, que tener la cabeza bien amueblada es muestra de inteligencia y madurez, que hay que pensar con la cabeza y caminar con los pies. Pero el uso desmesurado de la cabeza no siempre denota inteligencia y ésta va más allá de la esfera que sostenemos encima de los hombros y el órgano de masa gris que opera desde dentro. 

Así lo defiende la periodista científica Annie Muprhy Paul en su último libro, ‘Mente extendida: el poder de pensar fuera del cerebro’ y en una entrevista con la BBC Mundo. Su tesis es que utilizar bien el cerebro está bien, pero se trata de un órgano “limitado” y que utilizarlo demasiado puede ser lo contrario a ser inteligente.

Conceptos abstractos, teorías en contra de la intuición y absorber la gran cantidad de información a la que estamos expuestos son tareas para las que el cerebro no está preparado. Por eso la periodista se ha abierto a otras áreas de investigación como la cognición “corporeizada”, que implica al resto del cuerpo en el pensamiento, la cognición “situada”, que defiende la importancia del lugar desde donde uno piensa y la cognición “socialmente distribuida”, que explica que el pensamiento puede ser compartido por un mismo grupo social. 

Las manos y los gestos, defiende Murphy, tienen un papel activo en el habla y en el pensamiento. Cuando la gente no puede mover las manos, habla menos fluido, piensan menos claro y son menos capaces de resolver problemas. Las investigaciones de la cognición situada defienden también que estar al aire libre y en la naturaleza afecta a nuestro pensamiento. Los sonidos de la naturaleza son más suaves que los urbanos y eso nos permite concentrarnos mejor y la falta de bordes puntiagudos y movimientos rápidos también facilita el pensamiento suave. 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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Para defender la cognición “socialmente distribuida” la autora defiende la “memoria transactiva”, que explica que si en un grupo cada persona tiene una especialidad y todxs saben cuál es, se multiplica la información y la memoria que tienes como colectivo. La periodista defiende la descarga del pensamiento más allá de la cabeza, compartiéndolo en post-its o en archivos de ordenador, y pensar con las manos, en la naturaleza y como colectivo. El cerebro es rico, pero limitado, a veces olvida cosas, pierde la motivación o se desconcentra. Y recuperar o potenciar sus mejores cualidades no siempre está dentro del propio coco.