El síndrome del impostor te boicotea para que no disfrutes los logros que te curras

Parece que hechos como tener éxito o encontrar el amor han sido el resultado de casualidades o del azar y nada tienen que ver con el esfuerzo o los objetivos propios. Esto tiene un nombre: síndrome del impostor

Comienza con una frase suelta, a modo de pregunta: “¿cómo es posible que esto me pase a mí?" Y no viene acompañada de un sentimiento alegre, al contrario. La respuesta inmediata es “no lo merezco”. Si hago un recorrido por mi pasado descubro hay un momento en que la inseguridad apareció en mi vida. Había perdido la independencia que me caracterizaba y nada de lo que hacía o quería hacer tenía valor para mí. No solo me veía incapaz de conseguir mis propósitos sino que, además, creía que el resto de personas también sospechaban de que en el fondo mis logros eran el resultado de una mentira bien montada. Esto tiene nombre: se llama el síndrome del impostor.

Pero no había mentiras de por medio. Lo que sí había era una tonelada de miedo que me hacía creer que por algún casual de la vida —como por ejemplo, por poder del azar— me había tocado a mí ese designio. Es más fácil verlo en un ejemplo: una tarde, mientras tomaba vino en una terraza de Barcelona, me llamaron de un medio de comunicación para hacerme una entrevista. En aquel momento trabajaba como dependienta en una tienda de ropa. Llevaba meses buscando un trabajo que consistiera en escribir. Alguien muy cercano dio mi contacto a este medio y decidieron hacerme una entrevista. Eso ocurrió hace más de cuatro años. Todavía hoy siento que, desde luego, acabar en ese puesto fue producto del azar. Me hicieron una prueba escrita y oral en la que tuve que demostrar que estaba capacitada y, a pesar de haberme preparado y enseñar que sí era capaz de estar en ese puesto, pensaba continuamente: “¿cómo es posible que me hayan contratado si ni siquiera soy periodista?”.

Aparentemente invisible

En diciembre del 2019, dos de las mujeres más importantes del momento Chimamanda Ngozi y Michelle Obama, daban una conferencia. En mitad de aquel auditorio situado en Londres, Obama comenzó a hablar con una frase que sorprendió a todo el público: “Todavía sufro el síndrome del impostor”. No es el único rostro reconocido que ha asumido públicamente sufrir este síndrome: las actrices Natalie Portman, Emma Watson o Meryl Streep también han explicado que han tenido que lidiar con estos pensamientos que revelan inseguridad y que, por supuesto, son tóxicos.

“Todos podemos sentir inseguridad muchas veces en nuestras vidas. Se trata de algo normal, sobre todo ante situaciones que no conocemos o que son novedosas. La diferencia estriba en que cuando padecemos el síndrome del impostor, esta falta de seguridad es persistente. Es decir, experimentamos un sentimiento en el que no nos vemos merecedores de aquellos logros o elogios que podemos adquirir en nuestra vida, tanto a nivel social, personal o laboral. La persona que padece el síndrome del impostor atribuye todos sus logros o méritos a factores externos o la mera suerte, pensando que no es merecedor legítimo de ningún reconocimiento”. Así lo explica el director clínico de Instituto Madrid de Psicología y Psicólogo clínico, Héctor Galván Flórez.

Quienes lo padecen no pueden reconocerlo a simple vista. Hay quienes piensan que se trata de simple inseguridad, sin embargo, este síndrome va más allá y afecta a las oportunidades o al talento. Hace, por ejemplo, que la persona no se vea capaz de optar a ciertos empleos, pedir sus merecidos ascensos o compartir las ideas que crea que pueden valer

El síndrome en sí

Este síndrome obtuvo su nombre en el año 1978. Pauline Rose Clance y Suzane Imes, psicólogas clínicas que lo describieron después de estudiar a un grupo de universitarios con excelentes cualidades, tanto entre sus notas como en otras capacidades. Todos ellos presentaban una enorme inseguridad y, a pesar de demostrar que eran capaces, no lo interiorizaban como algo propio. Uno de los orígenes, según las psicólogas, puede ser la autoexigencia. Dentro del patrón se repite algo puntual: es un fenómeno tan frecuente como inconfesable, nadie diría abiertamente que lo padece, quizás por miedo a obtener la burla por pecar de la tan utilizada ‘falsa modestia’. Por su parte, las redes sociales no ayudan, ya que se basan en la apariencia y en la idea de que dentro de sus paredes aparece una versión idílica de las personas.

Los estudios realizados por estas psicólogas y otros que se hicieron con el paso del tiempo indicaron que se trataba de un síndrome que, en primer lugar, no estaba considerado como enfermedad mental. En segundo lugar, tenía una afección principal: lo sufren más las mujeres y las personas pertenecientes a una minoría. La conclusiones son varias a partir de este dato. Puede ser que toda una vida silenciada o estando al margen puede hacerte adoptar inconscientemente esa postura minoritaria y no darle valor al esfuerzo, al empeño y al trabajo. Obviamente esto no siempre ocurre así ya que puede suceder exactamente lo contrario: estas mismas personas no reconocidxs pueden sentir orgullo gracias a su constancia y su compromiso y, por tanto, darles el valor que se merecen, con la idea de que son capaces de llegar a cualquier meta.

Tanto para una parte como para otra hay algo primordial que el experto recalca: conocernos. “Para lidiar con esta inseguridad lo primordial es aceptarnos. Es decir, reconocer cuáles son nuestras capacidades, fortalezas, limitaciones y debilidades. Debemos aprender a creer en nosotros mismos, asumiendo que no somos perfectos”, detalla Galván Florez. Hay muchas maneras de hacerlo y para quienes tienen el síndrome, es decir, para quienes tienen esa inseguridad persistente, lo ideal es hacerlo en la intimidad. Es tan complicado reconocer abiertamente que no te ves capaz de tal o cual cosa, que lo mejor es repasar nuestras fortalezas y debilidades en soledad. Y una advertencia que quiero hacer a partir de mi experiencia para quienes forman parte del entorno de alguien que es sumamente inseguro: no siempre ayuda explicarnos detalladamente por qué sí valemos y por qué sí somos capaces. A veces agobia.

Abrir los ojos

Ahora veo mi inseguridad. Sé qué forma tiene, cuándo me ataca más de lo normal, consigo calmarla y sé de dónde viene. Aún así, aunque la tenga delante, la observe y la reconozca, no siempre tengo la fuerza para apartarla de mí. Me acosa cuando trabajo, cuando tengo ideas o cuando entiendo que hay ciertas cosas que me merezco y que no tengo. Lo principal (y lo más fácil) es hacerme la indiferente, me digo “no pasa nada”, “otra vez será” o “ya dirás lo que piensas en otra ocasión”. Es sencillo no enfrentarse a ello. Ahora bien, las veces que lo he hecho, me he sentido aliviada. Cuando he compartido mis ideas y he visto que pueden funcionar y que el resto las valoran, me ha nacido un destello de alegría, al que a veces me agarro cuando nuevamente aparece la sombra oscura de la inseguridad.

Es cierto, también, que a cada persona le afecta de manera diferente. Héctor Galván Florez explica que “el síndrome del impostor se basa en una visión muy polarizada de la autoestima y de la valía, o se es válido o no. O se merecen los elogios o no se merecen nunca” y detalla: “una clave para aprender a valorarse es, por tanto, modificar la visión que la persona tiene de la valoración: que asuma que todos merecemos valoración en algunos momentos y que todos necesitamos corregir algunos aspectos. Y que esto no nos coloca una etiqueta polarizada de ‘bueno’ o ‘malo’”.

CN