Síndrome anti-Diógenes: el infierno de vivir con la obsesión de tirarlo TODO

"Eliminar cosas se convirtió en tu refugio cuando te encontraste alguna situación desagradable"

Todas mis habitaciones han sido tan austeras como era posible: la cama, una mesa con el ordenador y una cómoda con lamparita que funciona al mismo tiempo como mesita de noche y armario. Porque sí, toda mi ropa cabe en apenas tres cajones. Siete pares de calcetines, siete calzoncillos, un pantalón vaquero, un pantalón corto, un bañador, dos o tres camisetas, un par de sudaderas, alguna chaqueta, unas chanclas y unos zapatos. Ah, y un pantalón de chándal y unos zapatos deportivos para entrenar. Si algo nuevo entra, algo sale irremediablemente. La acumulación está prohibida.

También mi ordenador padece esta sobriedad. Sin accesos directos, sin fotografías guardadas, sin documentos guardados más allá de lo imprescindible y sin más programas que los necesarios para trabajar: uno para escribir y otro para leer archivos PDF. Punto. Y mi teléfono móvil no se libra: las aplicaciones por defecto ocultas, las aplicaciones descargadas limitadas al mínimo, los contactos escrupulosamente estudiados, las conversaciones de las redes sociales borradas en cuanto escribo yo, las cuentas en webs o apps controladas... Y nada de canciones, vídeos o fotos.

Juanan Navarro

Vale, imagino qué podéis andar pensando: “otro flipado alardeando de minimalismo. Ojalá. Pero para mí, y desde que tengo aproximadamente 14 años, eliminar cosas hasta quedarme con lo indispensable dista mucho de ser una cuestión filosófica. Es, ante todo, un imperativo mental. Ante determinadas emociones como el estrés, la ansiedad o la vergüenza, siento la inevitable tentación de escudriñar mi alrededor, tanto físico como digital, en busca de cosas de las que deshacerme. Lo necesito. Como si fuesen una carga que me impide ver con claridad. Como si entorpecieran mi vida.

Un trastorno obsesivo-compulsivo

Yo nunca le había puesto nombre. Y cuando alguien preguntaba por qué tenía una habitación tan triste o por qué toda mi ropa era bastante blanquinegra, respondía usando argumentos estéticos. Pero era mentira: me gustaría tener un cuarto alegre y ropa alegre, pero mi mente cree que blanco y negro son colores básicos y eso sirve de justificación absurda para no tirarlo todo en un arranque compulsivo. Todo cuanto no tenga función esencial o no encaje en ese monocromatismo, corre más riesgo. También existe un orden oculto: de izquierda a derecha, como nuestro sistema de lectura.

La psicóloga clínica María Saavedra sí tiene nombre para esto: “Trastorno obsesivo-compulsivo antidiógenes. Muchas personas lo sufren”. Sus raíces, y a pesar de mis intentos por dibujarle una imagen profunda, son difíciles de dilucidar sin una relación psicólogo-paciente más extensa que le permita, según María, conocer mi “línea vital”, aunque cree que el origen podría estar en alguna humillación sufrida durante mi infancia/adolescencia: “Se convirtió en tu refugio cuando te encontraste alguna situación desagradable. Eliminar cosas te alivia porque evita que tu atención se centre en lo que sientes”.

Aunque yo nunca he conocido a nadie más con este trastorno. Quizá suene algo perverso, pero siempre he esperado encontrar a alguien que dijera eso de “a mí también me pasa, tío”, y recibir un poco de comprensión real. La gente, por lo general, sueltan un “qué suerte, yo acumulo demasiadas cosas”. No saben cuánto daría yo por poder dejar una sudadera encima de la silla, por poder guardar un libro en lugar de verme obligado a regalarlo una vez leído o por no tener que comprar cada primavera un bañador porque necesito tirarlo en cuanto acaba el verano.

Juanan Navarro

Sentimientos de vergüenza y culpabilidad

Podéis imaginar que estos comportamientos me avergüezan mucho. Querría ser alguien despreocupado y caótico, más guay, pero no es así. Cuando era más joven y vivía con mis padres, esperaba que no hubiese nadie en casa para tirar cosas directamente al contenedor. Sin pruebas de mi “crimen”. Y luego llegaban los “¿qué hiciste con la sudadera que te regaló tu tía en Navidad?” y tenía que fingir haberla olvidado en casa de un amigo. Otras cosas eran imposibles de esconder, como cuando rompí a martillazos dos baldas de la pared de mi cuarto porque sobraban, según mi cabeza.

También me he deshecho de libros o objetos que mis ex novias me regalaban con muchísimo amor. Y sí, también he borrado emails, fotografías o grabaciones importantes para mi trabajo. Incluso he tenido que reescribir artículos enteros. La sensación entonces es no solo vergüenza, sino también culpa e inutilidad, como si estuviese infradotado. Para María, estos sentimientos “son normales y tienen mucho que ver con la hiperexigencia con que te tratas y el miedo a sentirte rechazado”. La gente es comprensiva, pero en el fondo les sigue pareciendo que está en mi mano controlarlo.

Cuando las emociones que despiertan al monstruo eliminatorio son muy intensas, el proceso de tirar o borrar cosas no me proporciona alivio o claridad mental, sino todo lo contrario: una espiral sin final que va provocando más desesperación conforme comprendo que no puedo eliminarlo todo. Esa puerta que mi mente no quiere ahí, esas baldosas, esas carpetas del ordenador imprescindibles para su funcionamiento. La perfección que exige el trastorno es inalcanzable. La frustración estalla, pero me rindo y voy donde haya gente para charlar y olvidarme. Sé por experiencia que es transitorio.

Un problema remediable

No así el trastorno. Llevo casi 15 años lidiando diariamente con él (con épocas más jodidas y épocas más saludables), así que internamente me resisto a la idea de que tenga solución. La psicóloga discrepa: “Todo tiene solución. Tu mente crea tu propia realidad e incluso circuitos neuronales mantenidos durante tantos años pueden ser transformados si te imaginas a ti mismo cediendo espacio a nuevas emociones mientras te mueves a través del espacio que tan importante es para ti”. Ese espacio es mi cuarto, el reducto que funciona como metáfora de control vital. Fuera de ahí el TOC se relaja.

Juanan Navarro

De todos modos suena inviable en mis oídos. Bajo situaciones estresantes siempre la noto imperfecta, ilógica. Pero María insiste en que hay terapias capaces de reprogramarlo. En concreto, “técnicas muy potentes como la hipnosis o la EMDR”, explica esta psicóloga, que es precisamente experta en estas técnicas. “Tu mente no es una computadora pero funciona como una computadora en muchos sentidos. En el transcurso de tu vida ciertas respuestas, como la eliminación de cosas, quedaron programadas”. Me propone un breve ejercicio que ejemplifica una posible terapia:

“Imagina que tu mano está moviéndose hacia tu cara sin que estés pensando en ello. Observa tu mano detenerse. Hazlo realmente: mira tu mano detenerse. Estás observándola. Estás decidiendo qué harás con ella. No creo que quieras amputártela. Ahora deja que tu mano se aleje mientras recuerdas lo atractivos que son todas esos objetos y esos archivos que quieres tirar. Cada vez que haces esto tu reprogramación es más fuerte. Y con el tiempo pasará a un segundo término y recordarás que tienes algo mejor que hacer con ellas, algo que eliges tú. Esto es un ejemplo de proceso hipnótico”.

También el mindfulness, añade la especialista, puede funcionar contra estos ataques eliminativos. En sus propias palabras, “el mindfulness favorece la conciencia para que identifiques, en el momento de querer tirar algo, la emoción que sientes, de modo que puedas acceder a lo que has evitado ver durante un tiempo prolongado”. Ciertamente, la época de mayor control mental de toda mi vida, aquella donde el TOC tenía menos poder sobre mí, fue precisamente cuando meditaba diariamente sin excepción. Estaba más al tanto de qué sentía. No necesitaba tanto pseudogestionarlo eliminando.

Juanan Navarro

Ahora, quizá porque experimento menos estrés o ansiedad, también estoy mejor. Durante los últimos dos meses he comprado dos pares de calcetines juguetones, unas gafas doradas, una camisa hawaiana y dos sudaderas algo más coloridas. Es un riesgo, porque tienen más papeletas para morir, pero haberlas comprado y tenerlas enganchadas en un perchero de mi monocromática habitación ya me hace sentir muy orgulloso. Avanzo. De todas formas, quizá sea hora de olvidar excusas y el miedo al autovictimismo y, como me sugiere María, asistir a un proceso de terapia, “un espacio de seguridad muy humano donde responsabilizarte de ti mismo”. Está claro que aún me queda mucho por avanzar, pero el primer paso ya no me da tanta pereza... ni tanta ansiedad.