Por qué nos sentimos mejor en verano

Nuestro pasado o nuestros genes son clave para hacernos mirar al verano como la época que alberga un gran poder: generar momentos de felicidad

Con la llegada del verano todo cambia. Te sientes más enérgico, con más ganas de hacer planes y de mucho mejor humor que en invierno o durante la súper nublada primavera que dejamos atrás hace unas semanas. El cambio es tan grande que hasta te ves con fuerzas para aguantar las chapas de esos amigxs que se suelen poner melancólicos de fiesta o las lecciones de tu padre sobre la vida y la importancia de ser súper responsable. Pero ¿por qué, en general, hay una mayor tendencia a sentirse mejor en esta época del año?

No hay una única respuesta a esta pregunta, ya que depende de varios factores. Uno de ellos es tan simple como puro y nos viene de siempre. Durante los años de colegio e instituto nos acostumbramos a mirar al verano como esos tres meses mágicos en los que seríamos completamente libres porque no tendríamos que hacer deberes ni ninguna obligación escolar, y eso es algo que ahora nos hace asociar esta estación con cosas buenas (que bonito sería volver a esos tiempos en los que, durante más de 90 días, solo había una preocupación: divertirse).

Pero eso ya pasó y ahora toca conocer la siguiente clave que nos hace más alegres en estos momentos. Se trata de ese amigo que nos ilumina y nos permite vivir en nuestro mundo: el sol, que nos hace recibir más vitamina D. Como indica un estudio, publicado en National Library of Medicineesta vitamina tiene el gran poder de aumentar los niveles de serotonina, que también se conoce como la hormona de la felicidad. O, lo que es lo mismo, la hormona que mejora nuestro estado de ánimo y reduce nuestra agresividad e impulsividad. Sí, ahora es cuando entiendes por qué hay días en los que parece que en verano casi todo vale, hasta bajar a la playa en la hora punta, sin sombrilla y sin esas gafas de bucear que, más que para bucear, las utilizas para tirarte al agua en modo: “Soy un gran nadador”.

Otro factor se encuentra en nuestra genética. Según una investigación de la Universidad de Cambridge, de la que se hace eco la revista GQ, algunos genes estrechamente vinculados con nuestro sistema inmune están más “despiertos” en estos tres meses de calor. Vaya, que ahora cuadra porque rara vez nos ponemos malos en verano y nos sentimos capaces de casi todo, hasta de salir a hacer la compra en las horas en las que todo el mundo sale a la calle: locales, turistas, bicis, patinetes eléctricos, coches, autobuses y todo aquel que contribuye a hacer de nuestras ciudades junglas un poco locas, pero que, al mismo tiempo, adoramos.

Y, además del sol o la genética, existe un último componente del cual te puedes beneficiar en función de donde vivas: el mar (disculpas a los del interior). Así lo sostiene Wallace J. Nichols, licenciado en biología marina y autor del libro Mente Azul al asegurar que “La proximidad al agua inunda el cerebro con hormonas para sentirse bien, como la dopamina y la oxitocina, y los niveles de cortisol, la hormona del estrés, disminuyen”. Pues eso, que ahora que pasamos más tiempo junto al mar, ha llegado el momento de no mirarlo únicamente como ese lugar donde refrescarnos o nadar, también como una masa azul con un poder mucho más grande del que se imagina: generar momentos de felicidad.