Tu nombre podría influir en tu personalidad y en tus decisiones

Algunos hallazgos muestran falta de autoestima o, incluso, elegir carreras con rasgos comunes con el propio nombre

Si hay algo que todxs tenemos en común, independientemente de si somos de Madrid o de Pekín, es que tenemos nombre. Nadie puede escapar de eso. Es un sello, una marca o un distintivo que nos dan al nacer y que es mucho más que un puñado de letras que los demás usan para referirse a nosotros: es esa palabra capaz de determinar nuestra personalidad, nuestras decisiones o, incluso, cómo nos ven los demás. El psicólogo de la Universidad de Arizona, David Zhu, lo explicó muy bien al medio BBC Mundo: "Debido a que un nombre se usa para identificar a un individuo y comunicarse con él a diario, sirve como la base misma de la propia concepción de uno mismo, especialmente en relación con los demás".

Prueba de ello es un estudio dirigido por el psicólogo estadounidense Jean Twenge, que concluyó que las personas a las que no les gusta su nombre tienen más opciones de no quererse bien. Esto puede deberse a dos cosas. O bien carecer de autoestima y confianza les hizo que no les gustara o, al contrario: rechazar su nombre es lo que les hizo autorechazarse. Y no es para menos. Como detallaron los investigadores: "Este se convierte en un símbolo del yo". Así que más cuidado con cómo llamamos o apodamos a otros. No vale eso de optar por Pocahontas o Hermione porque nos trae buenos recuerdos o nos resulta divertido y ya.

Vale, hasta ahora hemos visto como puede afectar a nuestra autopercepción, pero la cosa va más lejos. Puede incluso repercutir en cómo el mundo se relaciona con nosotros. Así lo sostiene una nueva investigación de la que se ha hecho eco el mismo medio y fue realizada en Alemania, donde sus participantes manifestaron tener más puntos de pasar de ayudar a desconocidos con nombres que se perciben como negativos (Cintia o Chantal, como mencionaron) en comparación a esos que se consideran positivos (Sofía o María). Y lo fuerte es que lo movida con el rechazo de otros no termina aquí.

La misma investigación se percató de que también había más repudio ante esas personas que se llaman de un modo, en principio, pasado de moda (Paco o José María, por ejemplo). Unas negativas que deben haber aguantado durante muchos años e, inevitablemente, en el estudio les hizo mostrarse más propensos a ser menos educados o a convivir con una autoestima más baja. No es de extrañar que sea difícil ser cariñoso o tener un súper ego cuando te han hecho sentir mal por algo que, simplemente, fue una decisión de tus padres.

Pero bueno, no nos alarmemos, que no todo son conclusiones negativas. Hay beneficios que muestran luz al final del túnel. Un estudio del Instituto de Psicología de Pekín indicó que tener un nombre atípico se solía asociar con tener más opciones de hacer una carrera parecida a este: inusual (director de cine o astronauta). “Temprano en la vida, algunas personas pueden derivar un sentido de identidad única de sus nombres relativamente únicos", explicaron los psicólogos al hablar de un sentido que puede empujar a algunos a reforzar esta “identidad única”.

Y la historia con los nombres poco comunes sigue. Según otra investigación, en este caso del psicólogo Zhu y su equipo de la Universidad de Arizona, llamarse, por ejemplo, Elmar o África podría invitar a unx a ser más creativo o de mente abierta. ¿La razón? Revisando los nombres de los directores ejecutivos de más de 1.000 compañías, descubrieron que cuanto más raros eran, más originales eran sus estrategias comerciales. Vaya, que confiaban en su carácter insólito y, además, contribuyeron a reforzar la principal conclusión de todos los estudios comentados: el nombre siempre ha sido mucho más que un nombre.