La navaja de Ockham te ayuda a tomar mejores decisiones en tu vida

Las buenas elecciones siempre tienen algo de aburrido o de repetitivo, como algo ya visto

Ana Karenina empieza con la preciosa frase de que “todas las familias felices se parecen las unas a las otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”. Lo mismo que escribe Tolstoi sobre las familias se podría decir sobre las decisiones. Por eso las cosas bien escogidas siempre tienen algo de aburrido o de repetitivo, como algo ya visto, como si solo te pudiesen llevar a un terreno conocido y acabases convertido en un adulto cualquiera. Lo que hace que las malas decisiones se envuelvan de un aura más interesante, sencillamente porque cada uno tiene las suyas propias. Esto no es más que una forma de romantizar la estupidez o como queramos llamarle al hecho de equivocarnos. Generalmente, por tener demasiados pájaros o fantasmas en la cabeza. Y si consideras que ha llegado el momento de hacer las cosas bien, la Navaja de Okham puede serte de especial utilidad.

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Facta, non verba

Guillermo de Ockham fue un filósofo franciscano de finales del siglo XIII. Una de sus posturas filosóficas más interesantes era la del nominalismo. Con esto decía que todas las cosas abstractas y absolutas (las ideas platónicas, para quien recuerde el bachillerato) no existían. En el mundo solo había lo que se podía ver aquí y ahora. Puede resultar chocante que una persona que, en principio, tendría que remar en favor de la existencia de Dios viniese a decir que aquello que no se manifiesta no existe. Aunque él lo utilizó como una manera de separar el pensamiento racional de la creencia. Uno piensa sobre lo que de verdad existe. Pero en cosas como Dios, más bien se tiene que creer.

La navaja de Okham se enuncia como: “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”. Esta teoría, en combinación con su nominalismo, era una forma de quitar los fantasmas del fondo de la casa, concretamente los de Platón. Digamos que era una forma de limpiar la filosofía de parrafadas que no servían de nada. Que es lo que hay que hacer a la hora de tomar una decisión importante.

A veces pensamos que una persona no nos habla no porque le caemos mal o porque sencillamente no tiene el menor interés en nosotros. Resulta más sencillo creer (por sorprendente que sea) que esa persona se ha enamorado de nosotros, no puede sacarnos de la cabeza y está luchando contra esa pulsión tan grave y definitiva a la vez que va dejando extrañas pistas en el terreno que solo tú eres capaz de interpretar. Pero no. Si no te habla es que le das aproximadamente igual. Pues eso: ante capullos o gente que no te cuida, nominalismo.

El arte de amargarse la vida

“El arte de amargarse la vida” fue un libro al que le tengo especial cariño. Fue escrito por Paul Watzlawick y básicamente describe la forma en la que, tantas y tantas veces, preferimos pensar cosas irreales y fatales, con una estructura complejísima, en lugar de centrarnos en lo que realmente tenemos delante. Esto es algo que también se ve a la hora de decidir algo.

Cuando hablamos de buenas decisiones no necesariamente tenemos que pensar en que una de ellas sea catastrófica y la otra una bendición. No es elegir entre un calabozo y un paseo en limusina. Más bien, las malas decisiones están condicionadas por una serie de cosas que nos construimos alrededor, algunas de ellas totalmente negativas, porque no existen. Y otras, más relacionadas con miedos pasados y con inseguridades que impiden avanzar. Y todo eso forma como una bóveda sobre las cabezas que no nos deja ver con claridad lo que tenemos delante, es algo que nos ofusca.

Siempre va a haber un duelo entre realidad y ficción. Tú a lo mejor estás esperando el momento de dar un pelotazo y ser archifamosx y millonarix en qué más da de campos de la actividad profesional o artística que sea. Pero luego la realidad es que sigues dibujando las casas con un sol sonriente en la esquina superior izquierda. La ficción es quedarte con la bolsa, la casa de tres pisos y el/la chicx.

Es como cuando tu crush te dice que por qué no quedáis para hacer otras cosas. “¿Otras?”, te dices, pensando en si se habrá enamorao’ o qué, y por un lado te sale el decirle que no porque sigues esperando a que aparezca tu pareja ideal. Pues la triste e inamovible realidad es que tu pareja ideal solo existe en tu cabeza. Al final tan solo te hace caso ese crush tuyo, que puede ser más o menos decente. Hay que jugar con las cartas que se te han dado. La respuesta más sencilla es quedarte con la persona que sí existe, no con la ilusión que te has montado en la cabeza. Y, para Okham, así con todo.