Enfadarte por tonterías está afectando a tu salud y personalidad

La cultura española es muy de quejarse, y 2020 ha sido un año perfecto para demostrar tu malestar vital, la verdad. Tenemos que aprender a controlarlo antes de que nos devore la amargura

El quejarnos y criticar está en las raíces de nuestra cultura. Lo demuestran, entre otras muchas cosas, los chistes típicos que nos contaban los abuelos, como el de “insulta Francia y sabrás quién es francés porque se enfadará, insulta España y sabrás quién es español porque se reirá”, que tiene muchas variaciones. Todos responden a lo mismo: en nuestro país hay una cultura de la crítica, la queja y la burla muy establecida, y más aún con lo fácil que es en las redes sociales soltar hate. En 2020, además, las cosas no han sido fáciles, y seguramente hemos acabado quejándonos (y con razón) todavía más.

Y aunque pueda servir para desahogarnos ante una etapa que está siendo decepcionante y agotadora, convertir la crítica y la queja en algo sistemático nos afecta mucho más de lo que creemos. Este mecanismo de defensa ante las decepciones de la vida tiene graves efectos secundarios: “con el tiempo, quejarse sistemáticamente puede convertirse en un pensamiento automatizado sin ninguna conciencia de lo que se está diciendo”, advierte Amanda Levison, psicóloga, en un artículo de Mel Magazine. Vamos: que cuanto más te quejas por todo lo que te va mal, más terrible parece todo, incluso si tu vida en ese momento es bastante buena.

“Quejarse crónicamente crea vías neuronales que refuerzan las formas negativas de pensar: tu pareja no te aprecia, tu jefe está tratando de atraparte y nada sale como tú quieres. Con el tiempo, se vuelve cada vez más difícil internalizar algo positivo”, añade el artículo, resumiendo las declaraciones de la psicóloga en una frase que todos deberíamos interiorizar. Quejarse sistemáticamente hace que tu cerebro coja la tendencia de irse al lado negativo de todo, impidiéndote disfrutar de lo bueno cuando sucede, porque siempre irá a buscar qué es lo malo de esta situación buena. En cambio de pensar “estoy bien”, tenderá a pensar “podría estar mejor”. Y así, generas más críticas, más negatividad, y vas retroalimentando tu descenso hacia la amargura.

Pero, además, estas quejas no solo reconfiguran tu cerebro para convertirte en un gruñón amargado. También daña a quien tienes a tu alrededor. “Escuchar a otras personas quejarse puede tener un impacto negativo similar, por lo que las quejas de una persona también pueden afectar a las personas que la rodean”, asegura el psicólogo Brian Wind. Coincide Levison, que añade, además, que esta amargura y esta constante crítica “puede conducir a discusiones y problemas con los demás, y a su vez esto provoca estrés, ansiedad y afecta nuestra salud mental y física”.

Vamos, quejarse tanto te está afectando emocionalmente, físicamente y a todos los que te rodean y tienen que escuchar tus comentarios amargantes. Se puede corregir esta actitud, por suerte: “apunta en una especie de diario, cada día, esos pensamientos más amargados que tengas, sobre todo cuando estés muy enfadado y crítico”, recomiendan los profesionales consultados por el artículo. Una vez apuntado, déjalo reposar y, con más calma, vuelve a leerlo con una actitud más abierta. Y así, ve sacando siempre el lado bueno de las cosas. Es intentar cambiar el “qué asco todo” por el “todo tiene su parte positiva”. Un camino que puede ser largo, pero que es agradecido: literalmente, porque el objetivo es acabar dando las gracias a todo lo bueno que nos suceda, aunque cueste encontrar ese pequeño lado positivo.