No hay tantas diferencias entre un asesino en serie y tú

Julia Shaw publica su libro 'Hacer el mal' (Temas de Hoy) donde profundiza en la maldad y en sus diferentes vertientes, así como intenta que el lector entienda que el mal es algo muy humano

Asesino, ladrón, pedófilo, psicópata, violador. Son etiquetas adjudicadas a quienes han cometido ciertos delitos. Una persona se acaba reduciendo a su crimen (incluso, a veces, al presunto crimen). Es mala, no podemos confiar en ella, es dañina y hasta entendemos que deberíamos dejar de considerarla "persona". Pero ¿quiénes son estos seres humanos, en realidad? Algunxs responderán rápidamente que "poco importa". Pero si fueran capaces de entender "que todos y cada uno de nosotros piensa y hace con frecuencia cosas que los demás calificarían de despreciables, quizás podríamos comprender la verdadera esencia de lo que llamamos el mal".

Este es el gran tema de Julia Shaw, autora del libro Hacer el mal (Temas de Hoy, 2019), una obra en la que intenta que se entienda que la maldad es habitual y existe en el interior de todos nosotros, que es cualquier cosa menos una desviación y que mientras menos dispuestos estemos a entenderla desde la normalidad, más lejos estaremos de alejar las peores expresiones del horror humano.

Editorial Temas de Hoy

Julia Shaw (Colonia, 32 años) es, en realidad, la Dr. Julia Shaw. Es investigadora en Psicología y Ciencias del Lenguaje en la UCL (University College London). Su trabajo ha destacado en la comunidad científica internacional por centrarse en la memoria y en los falsos recuerdos y la relación entre estos y la psicología criminal. Es autora del ensayo The Memory Illusion, que también será publicado por Temas de Hoy en el 2020. 

El mal en el interior

Todos hacemos cosas malas, todos mentimos o engañamos. Es una realidad, todos nos hemos aprovechado de alguien en algún momento. Quizás consideres que decir una mentira no tiene relación con lo que es capaz de hacer un asesino en serie. Y quizás tengas razón pero Julia Shaw ha venido para explicarte cuáles son los caminos insospechados que unen tus pensamientos cotidianos con los de los grandes criminales de la historia.

Lo cierto es que todo se reduce a una cuestión de "suerte moral" que nos hace pensar —y creer— que tenemos el control sobre esos impulsos que nos llevarían (si los dejáramos) a hacer realidad nuestro lado más oscuro, a dejar fluir la venganza o el sadismo. Cuando alguien piensa en el mal le puede venir a la mente es el nombre de Adolf Hitler y es normal, al fin y al cabo, fue un dictador que perpetuó muchos de los actos que asociamos con el mal: guerra, destrucción o asesinatos. Quienes han estudiado la personalidad de este dictador han explicado que el mal, por dentro de nuestro cerebro, funciona en las siguientes tres fases:

1. Desindividuación: la persona deja de pensar en sí misma como individuo y se siente parte del total de un grupo. Esto la lleva a pensar que no es personalmente responsable de su conducta. En esta fase se activa la corteza prefrontal del cerebro que es conocida por estar asociada con la agresividad.

2. Deshumanización: en este punto se encienden sentimientos como la rabia o el miedo y aumenta la actividad de la amígdala, la parte que controla las emociones el cerebro.

3. Comportamiento antisocial: dichas emociones pasan por el tronco cerebral y disparan otras sensaciones. Aumenta la presión cardíaca, la presión sanguínea y sentimientos viscerales. Cuando aparecen estas reacciones significa que el organismo se está preparando para entrar en una pelea o para huir.

Estas tres fases se han tomado como guía para estudiar los casos de diferentes delincuentes y las investigaciones han demostrado que, en particular los asesinos y los psicópatas, pasan por estos tres puntos a la hora de cometer lo que conocemos como el mal.

La agresividad 

El libro explica, además, que dentro de lo que significa la agresividad existen tres tipos de agresión. Y que alguna, seguramente, la hayamos cometido en algún momento. La primera es la agresión directa: palabras o actos hirientes, burlas, gritos o golpes. La segunda es la agresión indirecta: es menos obvia y tiene que ver con utilizar a otra persona o a otro medio para generar el mal, por ejemplo, soltar rumores. La tercera es la más común y es la agresión pasiva: implica herir mediante la no-respuesta, el conocido comportamiento pasivo-agresivo. Hagamos un experimento, piensa en alguien a quien quieras, a quien le tengas cariño. Ahora piensa en tu historia con esa persona y recuerda si has hecho algo para herirla o castigarla. Responde:

1. No hice lo que la persona quería.
2. Cometí errores que podrían parecer ser accidentales.
3. Me mostré desinteresadx en cuestiones importantes para esa persona.
4. Excluí a esa persona de actividades mías por 'no creo que le guste'.
5. No le respondí llamadas o mensajes.

Si has hecho alguno de los anteriores puntos, has actuado de forma pasivo-agresiva con esa persona a quien tienes cariño. Este tipo de agresión es tan malo como cualquiera de los otros. Esta actitud es uno de los primeros pasos para situarse de manera indirecta (sin darse cuenta) en la posición que nos llevaría a hacernos capaces de cometer un acto espeluznante. El siguiente punto lo explica.

Harás un acto atroz

Dadas las circunstancias correctas, todos podríamos ser asesinos, delincuentes cibernéticos o cómplices de tortura o genocidio. Vamos a imaginarlo. Piensa en alguien sobre quien te sientes protector. Piensa, por ejemplo, en tu hermano o hermana pequeños, piensa en tu pareja, piensa en tu preciosa mascota. Ahora imagina que alguien la ha secuestrado y torturado. Piensa detalladamente en el sufrimiento que le han causado no solo a ese ser, sino a todo lo que le rodea (otra parte de la familia). Piensa que, quien ha perpetuado el crimen, confiesa abiertamente que lo ha hecho y, además, lo hace de forma divertida, porque ha disfrutado.

¿Qué te genera esto? Si no te genera nada, es decir, si te da igual, es probable que esta ausencia de sentimiento de dolor te convierta —en parte— en sociópata, lo cual ya es 'malo'. Si te genera rabia o dolor y deseas que esa persona sufra, sea de la manera que sea, por haber cometido tal crimen, entonces también tienes una parte maligna. Con lo cual, dadas las circunstancias y el contexto adecuado, todos podemos ser tan o igual de malvados.

El mal existe como palabra, como concepto subjetivo. No existe, según la autora, una persona, ni un grupo, ni un comportamiento objetivamente malo. "Quizás el mal solo existe realmente en nuestros miedos", explica Shaw, como el hecho de que alguien le haga daño a una persona o a un animal que amamos. La autora es capaz de demostrar esto: "Probablemente hayan escuchado el dicho de que el terrorista de alguien es el luchador por la libertad de otro. Lo mismo para otros contextos: el soldado de una persona es el insurgente de otra, la liberación sexual de una persona es la perversión de otra, el trabajo soñado de una persona es la fuente de todos los males para alguien más". 

Así que cuando entendamos que el mal está en el ojo del espectador, podremos empezar a cuestionar al espectador y a la sociedad en la que vive. Y al mirarnos a nosotrxs mismxs, podremos darnos cuenta de que, depende de lo que suceda, seríamos capaces de traicionar nuestro propio sentido de la moralidad. Por ello hay que repensar el mal y dejar de apuntar con el dedo a quien creemos que es malvado, esto retira e ignora los matices de los comportamientos que están por debajo del hecho en sí. Todos los monstruos, al fin y al cabo, son humanos.