¿Por qué dices que estás bien cuando no lo estás?

La verdad es que sueles responder de manera automática para no preocupar a nadie o abrirte demasiado

“Estoy bien” es una respuesta corta, reafirmante y agradable. Muy común en las conversaciones, pero a su vez muy inquietante porque la mayoría de las veces tiene un trasfondo bastante complejo. Y es que aunque hay casos en los que es verdad eso de que estamos bien, también están esos otros en los que estas palabras salen de nuestra boca casi de forma automática.

Lo cierto es que decir que estamos bien nos ayuda a no hablar demasiado sobre nosotros mismos y a pasar al siguiente punto de la conversación. Toda una estrategia del escapismo que refuerza el hecho de no detenernos en aquellos aspectos de nuestra vida sobre los que estamos inconformes, que no nos gustan demasiado o que nos duelen. Ahora bien, ¿por qué decimos que estamos bien cuando realmente no lo estamos? ¿qué hay detrás de esta gran simulación?

La era de la apariencia: ¿por qué lo hacemos?

El contexto suele ser determinante para entender los motivos por los que actuamos de una manera u otra, tanto a nivel general como específico. Es decir, no solo hay que tener en cuenta con quién se habla y de qué, sino en qué momento de la historia nos encontramos y qué es lo que predomina, cuáles son las tendencias sociales vigentes. Por ello, si reflexionamos sobre la actualidad, no es difícil llegar a la conclusión de que nos encontramos en la era de la apariencia, esa en la que predominan los filtros, las simulaciones y el teatro social. Las redes sociales son un buen ejemplo.

Publicamos fotos, vídeos, stories en las que “estamos felices, sonrientes y haciendo lo que nos gusta”, disfrutando de un viaje, una comida o de la compañía, por lo que expresar que no es así no es la moda ni está bien visto. Ahora bien, a esto hay que sumarle la penalización a lo largo de la historia que han tenido las emociones y mucho más las etiquetadas como “negativas”, por lo que es bastante comprensible que decir que se está bien cuando no es así sea lo normal (aunque no lo más recomendable ni lo más sano). Hemos crecido con ello. De hecho, podemos decir que se ha convertido en una regla social implícita que nos obliga a fingir una actitud positiva.

Así, ocultamos cómo nos sentimos cuando nos encontramos mal. Renegamos de que no siempre estamos bien e incluso nos ponemos objetivos inalcanzables como la posibilidad de ser siempre felices, huyendo así del sufrimiento para cumplir con lo que nos piden. Tenemos miedo a ser diferentes a lo que se ha establecido como “normal” y en un intento por encajar nos traicionamos a nosotros mismos. Es más, si no estamos acostumbrados a expresar cómo nos encontramos, no nos sentimos felices y lo ocultamos es bastante esperable que nos encontremos peor.

Esto no quiere decir que tengamos que contar todo lo que nos ocurre a cualquier persona que nos pregunte, simplemente con ser sinceros es suficiente: “ahora mismo no estoy muy bien, ya se pasará o habrá días mejores”. Solo con eso ya la interacción con el otro es más auténtica, más verdad… ¿Qué de malo hay en decir la verdad? ¿en mostrarnos tal y como somos? Sí, es cierto, no encajaremos con la tendencia dominante, pero es que esa tendencia no es la realidad, por mucho que nos intenten convencer de que es así o estemos dispuestos a creerlo. Y seguramente a la larga nos sentiremos mejor que si nos ocultamos y rechazamos cómo estamos, ya lo decía el psiquiatra suizo Carl Jung “lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma”. La frase da para pensar…

Eso sí, también es cierto que hay ocasiones en las que no se dice para evitar conflictos, escapar de dar nuestra opinión, la cual puede ser diferente y derivar en una discusión. Sin embargo, no estaría de más reflexionar sobre el motivo por el que la diferencia de opinión nos incomoda tanto.

Fingir nos hace sentir peor

Ahora bien, sea como sea, fingir que no tenemos problemas, conflictos o malestar es una fachada, una mentira que contamos a los demás y a nosotros mismos. A veces, para evitar situaciones que nos incomodan, a veces para evitar nuestra propia incomprensión o incluso porque no somos capaces de reconocer que no sabemos gestionar ciertos sentimientos y emociones. La cuestión es que por mucho que queramos no desaparecerán por arte de magia. De hecho, reconocer lo que nos pasa ante los demás es una ayuda para reconocer e identificar lo que nos ocurre, una forma de obligarnos a aceptar que la vida no es tan perfecta como se nos hace ver ni como nos gustaría. Porque a pesar de que ese “estoy bien” también puede actuar como un mecanismo protector o de defensa, si va ligado a una experiencia emocional totalmente contraria a la larga nos pesará.

A veces tan solo tenemos que darnos permisos para no sonreír cuando no nos apetece, para estar mal y no intentar agradar a los demás. No es posible estar bien todo el tiempo, no podemos rendir siempre al máximo ni ser perfectos. También hay reconocer que no se puede más y asumir los propios defectos. Pedir ayuda también es válido. De hecho, solo cuando nos mostramos tal y como somos es cuando podremos conectar de verdad y crear relaciones más sólidas y verdaderas. De lo contrario, somos un actor más de ese teatro social que tiene como hilo argumental “la apariencia de la felicidad”.