Cuando me despidieron descubrí que "el trabajo de tus sueños" es una mentira capitalista

Puedes reaccionar de muchas formas: rabia, depresión, resignación o incluso verlo como una oportunidad

“Me sentó mi jefe y sucedió lo que me imaginaba desde hacía tiempo, estaba despedido. Una nueva directiva, un recorte, un cambio de estrategia. A mí me daba igual, lo importante era que estaba despedido. Pero a la vez, no estaba triste ni enfadado. Simplemente... estaba despedido. Tenía que mirar adelante desde ese mismo instante para no hundirme”, explica A., un barcelonés de 25 años que recientemente se quedó sin empleo. A Sandra, de 24 y compañera de clase, le sucedió casi al mismo tiempo. “Tantísimo tiempo dedicado a un proyecto y va y no me renuevan contrato. Estaba llena de rabia”. “Yo me sentí triste. mi salud mental se tambaleó y mi mundo se derrumbó”, explica Nikki al diario británico Metro.

"No soy suficientemente bueno"

Tres formas de afrontar una situación (aceptación, ira y tristeza) que para la mayoría es inevitable: que te despidan. “Lo que más rabia me dio es que me hicieron dudar de mí misma. Tras el odio inicial sentí que si no me renovaban era porque no valía la pena mi trabajo. Me absorbió el síndrome del impostor. Si me había esforzado al máximo por qué coño no era suficientemente buena como para seguir trabajando ahí. Recuerdo haberme repetido ‘por qué’ más de diez veces en series que repetía mentalmente para intentar castigarme”, recuerda Sandra.

A. se sintió igual. “Lo que me daba más miedo era pensar que la gente se creería que me echaban por mis (pocas) capacidades y no porque había recortes. Mis jefes me perjuraron que si no fuera una decisión empresarial se quedarían conmigo, pero que no podían. Aun así, cada vez que se lo contaba a alguien me decían que si era por algo que había hecho. Yo les decía que no, aunque a medida que me lo preguntaban cada vez me costaba más creérmelo y pensaba un poco más que sí que era mi culpa, que no valía”.

Además de dudar de tus capacidades, está la sensación de que se corta tu camino de golpe. Para Sandra, el hecho de no tener mucha experiencia le supuso no saber bien hacia dónde apuntaba. “Cuando eres joven, si te despiden te sientes perdidísima. Piensas que no vas a encontrar otro empleo porque no tienes un currículum jugoso. Es como… ¿y ahora qué? ¿quién soy? ¿quién me va a querer? ¿qué tengo que hacer? Es un lío mental tanta incertidumbre”, añade.

“Yo soy periodista y es un campo muy difícil que no se ha recuperado desde la crisis de 2008. No hay empleo. A mí me parecía un oasis, un espejismo, estar trabajando a mi edad. Precisamente en cuanto me dijeron que me echaban pensé que se acaba mi carrera como periodista y que si quería seguir pagando mi piso y la comida, tocaba reorientar mi carrera. Ese despido suponía enterrar mis pretensiones en el mundo de la redacción, en el empleo de mis sueños”, apunta A. en la misma línea.

Y tras el despido, el paro

Tras el shock inicial llega el aburrimiento. En casa, con el paro, enviando mails constantemente. “Tuve depresión. Literalmente no podía levantarme de la cama. Me quedaba enviando currículums bajo la colcha y solo salía para comer. Me encerré, no vi a mis amigos… al principio la gente insistía para verme y pronto dejaron de hacerlo. Me costó salir de ahí, la verdad”, añade Àlex, de 26 años.  

Ya no tenía rutina. Me quedaba por casa sin saber qué hacer. Enviaba currículums al principio pero cómo cansa hacerlo cuando no te llaman”, asegura Nikki. Según cuenta en el artículo, tener ahorros la salvó porque los meses en ese invierno laboral se hicieron muy largos. A medida que iba pasando el tiempo y los ahorros menguaban, llegaba la ansiedad y también el sentimiento de que no vales demasiado. “No hay nada que erosione más tu autoestima que no recibir llamadas de puestos de trabajo”.

Y tras la negatividad, la luz

Pero han podido salir de ahí. “En el fondo eres joven y después de un despido encuentras otro camino”, explica Nikki. Para Àlex la forma de salir fue estudiando. “Lo vi como una oportunidad para acabar los estudios que tenía pendientes. Busqué empleos que me permitían ganar dinero para pagar mi piso y que podía compaginar con los estudios. Fue una época precaria, pero ahora estoy con una beca enfocándome hacia una trayectoria que sí que me gusta”.

Por su parte, A. intentó mirar más allá de su perspectiva laboral. “Siempre me había identificado como periodista. Yo no era nada más, era mi profesión. Llevaba un tiempo dándome cuenta de eso". El despido lo forzó a redescubrirse, pero no desde la perspectiva típica de pie de foto de Instagram de "haz lo que te hace feliz y no tendrás que trabajar un día más de tu vida". No, tuvo que redescubrirse desde una perspectiva más plena, respondiéndose a la pregunta: ¿quién soy más allá de mi trabajo? "Había descuidado mis hobbies y muchos aspectos mi personalidad. Miraba hacia el futuro y solo me preocupaba por mi empleo. Ahora veo que sin trabajo sigo siendo el mismo".

Durante muchos años se sintió atrapado en la falacia del "trabajo de sus sueños", que te dice que tienes que desvivirte por tu profesión porque es tu objetivo vital y final. "Es una trampa capitalista para que te dejes la piel por tus empleadores. Cuando me presentaba, solía decir que era periodista, porque era lo que más (o lo único) me representaba. Ahora ya no quiero hacer eso. No voy a dejar que me defina una profesión que, al final, no es nada mío: es trabajar para otros, crear riqueza para un grupo empresarial. Aunque es una parte de mí, yo soy mucho más". 

"Ser víctima de unos recortes fue una de las mejores cosas que me podían haber pasado. Me ha dado una nueva perspectiva: no hay empleo que sea seguro así que no hay motivo para ponerse de duelo por cosas que escapan de tu control", concluye Nikki. Todos creen lo mismo. Hubieran hecho peor o mejor su trabajo, hubieran acabado en la misma tesitura: sin empleo. ¿Por qué culparse? ¿Por qué destruirse? Por suerte, todavía son jóvenes y no tienen una familia a su cargo (todavía). No es un mayor drama que si tu pareja te deja. "Es solo un cambio. Estás trabajando para unos, ahora tocará trabajar para otros. Y, con suerte, encuentre algo que todavía me haga más feliz. Lo importante es siempre el dinero suficiente (por ahorros o por paro) que te permita cultivar tus aficiones y tu vida social. Ahí es donde está la felicidad: en vivir bien con los que te rodean. Lo demás, ya irá viniendo", acaba A.