Deja de exigirte demasiado, los superhéroes no existen

No es solo cuestión de trabajo, también pueden ser expectativas sobre tu forma de ser, de relacionarte o de mantenerte en forma

Estamos rodeados de exigencias: laborales, académicas, sociales, familiares… y, por supuesto, personales, aunque la mayoría de estas son inconscientes. A veces, resulta casi imposible dar al botón de pausa y tomarse un respiro. Todo es estrés, velocidad y listados, muchos listados, tareas pendientes, compromisos que cumplir, llamadas, mensajes de whatsapps que atender, hacer un favor a un amigo...

A todo esto hay que sumar los “tengo que” y los “debería” que no dejan de dar vueltas en nuestra mente. Y que, a pesar de aparecer en modo silencioso, no dejan de atosigarnos. Ellos son los culpables de que la mayor parte del tiempo nos sintamos cansados (física y psicológicamente), de que no aprovechemos las horas de sueño o de esa ansiedad que a veces nos secuestra y nos pone en los peores escenarios. Y es que exigirse no está mal, nos ayuda a ser mejores, pero cuando se sobrepasan ciertos límites puede hacernos mucho daño. Veamos qué es lo que guarda el lago oscuro de la autoexigencia.

Exigirse hasta llegar a asfixiarse

Quizás seas de los que piensa que no se exige demasiado, que no se pide tanto. Lo cierto es que puede que lo estés haciendo y ni lo sepas. No es necesario que tengas una lista de objetivos y metas, tan solo tienes que revisar tu diálogo interno: cómo te hablas y qué piensas.

¿Te has prometido no ser de alguna manera?, ¿te penalizas o criticas cada vez que las cosas no salen como quieres?, ¿estás jugando a eso de ser quien no eres?, ¿te da miedo mostrarte tal y como eres y vas de fuerte?, ¿tienes en mente un objetivo de manera constante?, ¿no sueles conformarte y siempre quieres más y más?, ¿eres muy perfeccionista? Estos son solo algunos ejemplos relacionados con la autoexigencia, con esas órdenes y mandatos que te das a ti mismo.

Ahora bien, ¿sabías que pueden volverse en tu contra? Sí, así es. Cuando te exiges demasiado es como si vivieras con una soga al cuello de manera constante. Y esto ocurre cuando tus autoexigencias son de carácter rígido, ya que ante la mínima desviación, ante el no cumplimiento de eso que te dices, te sientes culpable a gran escala. Porque aunque necesites una serie de reglas y normas con las que guiarte a lo largo de la vida, cuando estas son inflexibles, en lugar de orientarte te generan dolor: si las sigues sufres porque son muy duras y si no lo haces sientes culpa. Y esto pasa porque olvidas que esas creencias, valores o reglas son relativas y que puedes cambiarlas. Que existen opciones más flexibles… Así, cuando la exigencia te exige demasiado te sientes asfixiado y esto fácilmente lleva a la ansiedad.

Un ejemplo: el síndrome del superhéroe

Y es que no hay nada más común en los tiempos que corren que personas que se creen superhéroes: capaces de todo y superpoderosas. Y no es malo, ya que en ciertas etapas de la vida puede venir bien. El problema está cuando esa fantasía pasa a formar parte de la vida real. Cuando te valoras tan poco que acabas creando una imagen idealizada de cómo deberías ser para que los demás te quieran y te admiren porque no te gusta cómo eres. O sea, tu Superman, tu Wonder Woman o tu X-Men interno. Un personaje con el que te identificas tanto que acabas olvidándote de qué es lo que quieres y necesitas.

Se trata de un mecanismo de defensa que normalmente oculta baja autoestima y en algunos casos un sentimiento de autodesprecio. Pero no es esto lo que estamos tratando aquí, sino las consecuencias derivadas de exigirte ser quien no eres para valorarte y que los demás también lo hagan: esa espiral de autoexigencia y perfeccionismo que no solo te lleva a vivir en un estado de ansiedad constante y a machacarte, sino también a fustigarte cada vez que no alcanzas ese ideal de superpersona. Y aquí es cuando de nuevo aparecen la frustración y el descontento que te llevaron a crearlo, por lo que sin quererlo has creado también tu propia trampa: un ciclo que te lleva a exigirte cada vez más y en el que te valores por lo que haces y no por lo que eres.

Por ejemplo, hay quien dibuja mentalmente a su superhéroe como esa persona que complace y ayuda a todas, que hace su trabajo rozando la perfección y si no es así no se siente bien, que se muestra fuerte y responsable de todos y de todo y que cuanto más controle, mejor se sentirá… Imagínate el peso a soportar día a día con este ideal y lo insatisfecha que se sentirá cuando sus resultados no sean los esperados. Y es que no darse cuenta de que a veces andamos enganchados a las expectativas e ideales tiene sus consecuencias. Veamos entonces cómo deshacerse de esta máscara y relajar el nivel de las autoexigencias.

La autoexigencia sana

Superar el síndrome del superhéroe o practicar una autoexigencia sana no es fácil, ya que implica romper dinámicas, pensamientos y actitudes que normalmente están contigo desde hace tiempo, pero eso sí no es imposible. Se requiere de mucha paciencia, esfuerzo y trabajo personal para conseguirlo. Sin embargo, solo así estarás más a gusto contigo mismo, te sentirás más relajado y estarás más en contacto con lo que necesitas y te hace feliz. Es lo que tiene conocerse, aceptarse y ser uno mismo.

Así, el primer paso implica trabajar tu tolerancia a la frustración. Y para ello tienes que aceptar que el cambio es una constante, que ocurre todos los días y que es imposible controlarlo todo. Porque si algo no sale como esperabas no significa que todo vaya mal, a pesar de que así lo creas, o lo que es lo mismo tienes que combatir el razonamiento emocional (pensar según cómo te sientes sin llevar a cabo ningún análisis de la realidad). Además es muy importante que cambies el lenguaje que utilizas para dirigirte a ti mismo: reemplaza las palabras y expresiones derrotistas, dramáticas y catastróficas por otras que te permitan hablar en términos de opciones y posibilidad o lo que es lo mismo que te ayuden a relativizar.

Otro punto importante es comenzar a practicar la autoexigencia sana con los demás. ¿Los animas o sueles castigarlos?, ¿hasta qué punto les exiges?, ¿los etiquetas si no cumplen con tus expectativas?, ¿les ayudas a salir de su zona de confort o más bien los diriges a su zona de pánico? Esto te ayudará a ver hasta dónde llevas las exigencias y cómo influyen en tus relaciones, para luego aplicarlo contigo. Por ello es tan importante la empatía: pensar cómo se sienten los demás cuando no consiguen lo que pretenden puede ser de gran ayuda para cuando te pase lo mismo.

Otro punto importante es reflexionar sobre por qué te exiges, para qué lo haces y cuáles son sus consecuencias. Así, si tus autoexigencias lo único que te generan son malestar y conflictos en casa, con tus amigos, en la universidad o en el trabajo, es momento de flexibilizar. Hay que ajustar metas y lo que te dices a ti mismo sobre ellas. Porque para sentirse bien en tu día a día, no todo pueden ser obligaciones, perfección y trabajo, también tienes que equilibrar momentos de placer y relax. Por lo tanto, desconecta. La autoexigencia tiene que ser un medio no un fin, no puedes estar continuamente obligándote a hacer cosas y hasta ser quien no eres. Si al principio te cuesta dar al off, proponte pausas mentales cada hora: deja lo que estés haciendo, bebe agua y enfoca tu atención en tus necesidades personales. Escúchate.

Y por supuesto, mira al superhéroe que te has construido con amabilidad porque al fin y al cabo es parte de ti y en algún momento seguro que te ha ayudado y protegido, pero ahora ocupa tanto espacio que hace todo lo contrario: te limita. ¿Qué tal si pruebas a hablar con él para llegar a un acuerdo y exigirte menos? Así puedes pedirle que afloje un poco. De hecho, si escribes la conversación con él en una hoja, te aseguro que será muy liberador. Pruébalo.

Y por último recuerda, la autoexigencia está bien cuando ayuda a dar pasos más allá de la zona de confort, si te limita, te asfixia y no te deja ser tú, por ahí no es. Porque hasta los superhéores se cansan de todo y quieren llevar una vida normal… ¡No lo olvides!

CN