Me ha costado cinco años superar la muerte de mi perro

Escribir tus sentimientos, compartir historias divertidas sobre tu mascota o buscar personas como tú en Internet, algunos consejos para afrontar la pérdida

Es despedirme de un familiar que me ha acompañado durante 13 años”, me decía mi compañero de piso por WhatsApp mientras se abrazaba por última vez a su perra. Llevaba unos días cagando sangre, estaba débil, delgada y no se podía mantener casi en pie. Después de varios años con cáncer, el veterinario les dijo que cualquier forma de darle una vida digna ya la habían probado y que de ahora en adelante solo le esperaba sufrimiento, que lo mejor era sacrificarla. Le dolió a toda la familia, pero dijeron que es lo que tocaba.

Ahora ya se ha ido, la han incinerado y van a enterrar sus cenizas en el terreno de su casa del pueblo. Toca pasar un proceso de luto que todos los que hemos tenido mascotas hemos sufrido. Le advertí, “es duro”, recordando todo el proceso de cuando mi perro murió. Un Teckel pelo duro (un perro salchicha, vamos) que me encontré en la montaña cuando yo era pequeño y él un cachorrito. Me acompañó durante 15 años.

Archivo personal

Incluso hoy, cinco años después de su muerte, todavía pienso que no hemos superado su muerte. Mis padres todavía no tiraron su caseta de la terraza. Hasta mi padre, una persona, en general, fría, envía de vez en cuando por el grupo de familia fotos de él y el perro acompañadas de corazones.

Me acuerdo de cuando volví de vacaciones y me dijeron que se había muerto. No era la primera vez que experimentaba la muerte, ya había perdido un abuelo (aunque, como apunta la psicóloga Martina M. Cartwright, la muerte de una mascota suele ser muy traumática porque para muchos es el primer contacto con la muerte de un familiar). Aun así, me invadió una profunda tristeza, como una grapa que se agarraba en mi estómago que me dejó mal durante días.

Muchas veces cuando me cruzo con sus fotos vuelvo a notar la grapa en mi estómago. Me acuerdo de sus patitas cortas, de sus orejas gigantes, de su cuerpo largo que requería una extraña coordinación para subir y bajar escaleras. Todo con nostalgia, claro, pero que refuerza mi tesis de que la muerte de un ser querido nunca se supera, solamente se vuelve llevadera (porque que un perro es un ser querido está fuera de cuestión. Como hablamos en otro artículo, una mascota es un miembro de la familia y su muerte duele igual).

Cartwright también lo cree, y da algunos consejos para que aquellos que acaban de pasar por esta pérdida puedan sobrellevarla mejor. “Sobre todo, entender que estás de duelo y que es normal sufrir por la muerte de una mascota. Todavía es muy común que te digan que ‘solo es un perro’, por lo que deberías juntarte con personas que entiendan bien el vínculo entre animal y humano, uno muy fuerte que solo se explica si se ha vivido”.

Archivo personal

Partiendo de esta base, recomienda tomar cualquier herramienta que sea posible para facilitar cargar con la pena. Por ejemplo, “escribe tus sentimientos en un diario, van bien para desahogarse”, “construye un memorial para tu mascota”, “cuenta historias divertidas sobre la mascota con aquellos que compartan el duelo”, “busca personas que estén como tú en Internet”, o “ve a asociaciones o protectoras y haz de voluntario ayudando a animales abandonados”. 

Eso sí, advierte: no adoptes una nueva mascota. Al igual que nunca tendrías un hijo después de perderlo o te buscarías unx novix después de romper para llenar el hueco, no hagas lo propio con una mascota. Durante una bajada emocional es normal querernos aferrar a algo similar a lo que estamos echando de menos, pero debemos resistir la tentación. Primero, llora tu pérdida, haz tu luto. Si luego te sientes cómodx, adopta. Pero nunca dejes que la tristeza te impulse a actuar.