Cómo la muerte de mi perro me hundió en el más oscuro de los pozos

Él era solo un perro. Tú eres solo un humano. Cuando mi perro murió me quedé sola. Estaba rodeada de calor humano y, sin embargo, tenía más frío que nunca. Porque, a pesar del esfuerzo, no existe persona capaz de abrigarme de la misma manera. La compañía silenciosa que ofrece un animal no exige explicaciones ni respuestas, ni reclama lo mismo que da. Con él todo era simple y cualquier cosa era suficiente. Como si bastara con estar vivos, como si la vida fuera una fiesta perpetua que se celebra sin necesidad de razones.

Cuando mi perro murió me quedé sola 

Pero un día al alma de la fiesta lo atropelló un tren, y ya no hubo más confeti, ni hallé más motivos. Me encontré perdida. No reconocía mi casa. ¿Qué era ese silencio insoportable, ese eco que me devolvía solo su nombre? Ya no era un hogar. Era una cueva helada en la que me abandonó y me dejó tiritando. No tenía sentido un salón tan grande, una cama tan grande ni un jardín. Porque aunque todo era extremadamente pequeño, la ausencia de mi perro hizo que todas las estancias parecieran inabarcables. Para qué iba a querer pasear a la orilla del mar, para qué necesitaba un coche con asientos reclinables. A dónde iba a ir.

Ya no era un hogar. Era una cueva helada en la que me abandonó y me dejó tiritando

Yo todo esto lo pensaba, pero no lo decía. No porque no quisiera hablar todo el tiempo de mi perro muerto, sino porque cada vez que lo intentaba, obtenía por respuesta una serie de frases hechas, de cajón, y sin la más mínima sensibilidad. Una especie de discurso protocolario que se aprende de carrerilla para salir airoso de situaciones incómodas.

—¡Hey! ¿Has entregado ya el trabajo? Por cierto, he oído que tu perro ha muerto. Qué putada, tía. ¿Cuándo quedamos?

¿Qué putada? Putada es que se te lleve el coche la grúa o que cancelen tu vuelo; o que se vaya el bus delante de tus narices o que se te caiga el móvil al váter mientras meas. Pero no perder a un amigo, no sentirte como si miles de agujas de hielo te atravesaran pecho, ojos, garganta.

Miles de agujas de hielo atravesaban mi pecho

—No estés triste, anda ¿Por qué no adoptas otro?

¿Por qué no te callas? ¿Por qué crees que es correcto proponer sustituir inmediatamente a un animal, y jamás le dirías eso a quien ha perdido a un ser querido? ¿Acaso mi perro no cuenta como ser querido? Te aseguro que he querido a mi perro más que a muchos parientes, y que el día que vuelva a abrirle mi corazón a otro, éste se lo encontrará todo en orden. No sería justo para ese animal, ni para mí, brindarle este caos y esta tristeza en la que uno habita cuando se esfuma de su lado alguien importante.

Y la frase estrella, la que era capaz de inundarme y vaciarme al mismo tiempo:

—Supéralo, mujer, que solo era un perro.

Cada vez que la escuchaba, sentía una lástima infinita. La persona que es capaz de llegar a esa conclusión no entiende nada. Algo dentro de sí está muerto, una parte de su alma está dormida, como decía Anatole France. Hasta que no convives con un animal no comprendes hasta qué punto su presencia alivia el dolor y la soledad, ni te explicas por qué alguien llora hasta el cansancio por un ser que no habla, ni grita, ni besa. Quizá precisamente por eso. No hace falta. Todo lo que son, sus pelos por todas partes y sus sonidos indescifrables, da para llenar una vida.

El amor incondicional me lo enseñaron sus ojos negros 

Porque solo era un perro, pero todo cuanto sé del amor incondicional, honesto y puro me lo enseñaron sus ojos negros, siempre alerta al mínimo movimiento. Solo era un perro y quien nunca ha amado a uno cree que ese solo reduce la grandeza de esa palabra. Sólo era un perro y eso siempre será suficiente.