Cómo convivir con una persona que quiere el control absoluto de todo

Al final, lo único que demuestran es una falta de autoestima y un pesimismo y fatalismo vital muy graves

Esa persona que cuando no tiene el control absoluto de la situación le entra estrés, nervios y hasta ansiedad. Unos impulsos que se vuelven hasta violentos cuando no sabe todo lo que está sucediendo al milímetro, si no lo tiene controlado. Seguro que has vivido con gente así, desde el jefe que no deja que el trabajo avance si no sabe qué hace cada uno a cada minuto, hasta el amigo que organiza una fiesta sorpresa y está enviando whatsapps constantemente porque necesita saber si estás llevando a cabo tu función tal y como la ha diseñado.

Son esas personas que quieren el control absoluto y que no confían en dejar que otras cumplan sus tareas de la forma que crean conveniente. No les interesa un buen resultado, sino un proceso controlado que ocurra tal y como lo tienen previsto, porque creen que, de otra forma, será todo un caos y un desastre. Son las personas con una personalidad anancástica (del griego, anankasma, fatalidad), que viven con una preocupación por el orden y el perfeccionismo, porque creen que de lo contrario, todo saldrá mal. Como explica el portal Psicología y Mente, entre un 2,1 y 7,9 por ciento de la población tiene este tipo de personalidad fatalista.

Gran parte de la frustración que conlleva cruzarte con este tipo de personas es porque “pueden llegar a no iniciar la tarea en absoluto, debido a la necesidad de realizarla de manera perfecta”. Es decir, imagínate un jefe con esta personalidad que tiene tres proyectos. Hasta que no sepa al 100% cómo hacerlo todo y cómo controlarlo, no empezará. Es decir, no os dirá: “tú empieza por aquí, tú por aquí y tú por aquí y vamos viendo resultados”, no. Te dirá cómo hacerlo, mirará cada paso que tomes y todo porque tienes que ajustarte a su forma de trabajar, la mejor, y la única posible. No hay libertad de decisión bajo la sombra de un anancástico.

Por si no fuera poco, aguantarlo en tu día a día no solo es difícil por esta obsesión con el control. También porque si no sigues sus pasos o si sienten que las cosas se escapan de su plan, tendrán una actitud pesimista, negativa y con muchos cambios de humor (ya que, ante todo, son fatalistas). Volviendo al ejemplo de la fiesta sorpresa, si el anancástico planeó que empezase a las 8, pero por un motivo se mueve todo a las 9, su primera reacción será derrumbarse y decir “esto será un fracaso, nos van a anular reservas y no habrá fiesta”, no intentará buscar una alternativa rápida para que todo sea satisfactorio, simplemente lo dará todo por perdido, entre la tristeza, la ira y la resignación.

Es difícil convivir con este tipo de personas, pero si los queremos, es necesario darles nuestro apoyo. “Son individuos que cada vez se van cerrando más en sí mismos”, sus sentimientos los muestran de forma seca y controlada, por miedo a que se descontrole la situación si se abren demasiado, lo cual puede acabar en que pensemos que son “rígidos e inflexibles. Esto despierta fuertes sentimientos de angustia y frustración. Puede peligrar su salud mental si no tienen a personas que los comprendan”.

Sobre todo, “apoyarlos en sus decisiones y no castigarlos con críticas severas”, recomienda la psicóloga Desirée Urbano. Son personas con “muy poca autoestima” y “confianza en sí mismas y los demás”. Por eso tienen que medirlo todo, creen que si no está muy planeado no serán capaces de llevarlo a la perfección y evitar el desastre. Otro consejo para ayudarlas y no acabar quemado en vuestra convivencia es intentar no contar con ellas para planes que requieran improvisación o dejar que planeen cosas de poca importancia, como la vida social y la agenda.

Por ejemplo, si es tu pareja, una forma de hacerle las cosas fáciles es dejando que organice vuestras vacaciones. Eso sí, ayudará que tengas siempre un plan B (si vais a una cafetería, pero está cerrada, ten localizada otra cerca) o, si el plan falla (por ejemplo, perdéis un tren en plenas vacaciones), saber ser capaz de tomar las riendas, encontrar una solución y demostrarle que si se tuerce algo, no es el fin del mundo. Al final, como añade la psicóloga, es cuestión de felicitarle cada vez que haga un buen trabajo (para “aumentar su baja autoestima”) y ayudarle a ver que hay muchas formas exitosas de hacer las cosas. Un proceso lento, pero que “no tiene por qué requerir terapia, solo paciencia y comprensión”.

CN