Carta abierta a todos aquellos que me rechazaron alguna vez

Todos nos hemos sentido rechazados alguna vez. Quizá sea por nuestro carácter, nuestra forma de pensar o, simplemente, porque sí. Hay veces que el trasfondo es mucho más grave (razones de orientación sexual, raza o religión) pero este no es el caso. Nos ha pasado a todos, no nos hemos sentido comprendidos ni valorados en algún momento de nuestra vida y, muchas veces, no hemos entendido el porqué. Otras, simplemente, esa sensación te viene de frente y te enseña una lección que guardarás toda tu vida. Esta carta va para vosotros, para todos aquellos que me habéis rechazado alguna vez:

Esta carta es para ti. Sí, para ti. Tranquilo no eres el único y, respira, estas no serán las 13 razones por las que me suicide. Ni tendrás que pasar las cintas de casete a otros a los que también van dirigidas estas líneas. ¿Sabes por qué? Porque vuestro rechazo me hizo más fuerte y se ha transformado en ganas de luchar e ir contra la corriente. Esta carta va para ti, querida maestra. Todo empezó por tu culpa. Tú que nunca tuviste en cuenta las ilusiones de una simple niña que solo quería pasar desapercibida. Para ti que siempre fueron más importantes tus batallas personales que las que libraba, cada día, la gente que te acompañaba en el aula. Tú que me señalabas con el dedo, me dejabas en evidencia, me ponías en ridículo y siempre contabas conmigo en el último momento, en último lugar. Gracias por dejarme en la estacada, tu rechazo me hizo ser autosuficiente.

Estas líneas también son para ti. Tú que te llamabas mejor amiga. Nunca fui lo suficientemente buena para tus juergas nocturnas, tus idas y venidas, tu popularidad sobrevenida. Siempre me colocaste detrás de ti, en la sombra, como si fuera tu mascota. Nunca me trataste como a una igual y, en cuanto pudiste, me rechazaste, dejando de lado todos los momentos que habíamos vivido y que, para mí, sí fueron importantes. No te preocupes, no te odio, tu rechazo me enseñó a ir con pies de plomo y no involucrarme en las cosas tan rápido y con tanta fuerza como la primera vez.

Esta carta es para ti. Mi primer amor, mi primera desilusión. Enamorarse puede ser muy bonito a veces, sobre todo cuando nacen sentimientos compartidos. El problema viene cuando empiezan las mentiras, los juegos a tres bandas, los "quiero y no puedo". A todos nos gusta jugar si sabemos las reglas del juego. Pero tú eras un jugador nato y yo una aprendiz sin comodines en mi baraja. Te aprovechaste de mi inocencia, de las ganas que tenía de demostrarte y demostrarle al mundo lo que sentía y llevo dentro. Pero no me dejaste. Aún así, gracias, tu rechazo me enseñó que quien quiere, puede y quien me quiera me querrá con todas las consecuencias.

Esto va por todos vosotros. Aquellos que se vieron con la confianza suficiente como para criticar a una niña y a una adolescente que estaba formando su carácter. Aquel vecino que me llamó gorda porque jugaba demasiado alto, aquellos niños que se reían porque una preadolescente se hubiera desarrollado. Para aquellos que me aconsejaban que con otro peso estaría más bonita, más guapa, más bella. No, no es verdad. Vuestro rechazo me enseñó que la belleza es subjetiva, que las curvas son bonitas y que me dan igual vuestros consejos basados en cánones irreales de belleza impuestos por una sociedad que prefiere niñas enfermas a realidad en sus medios.

A ti que me has rechazado una y otra vez con un currículum en la mano. Nunca era suficientemente buena: me faltaban idiomas, me sobraba experiencia. Las horas sin dormir estudiando, los esfuerzos económicos y trabajar gratis durante años. Todo ello pesa sobre los hombros como bloques de cemento armado. Pero sí, soy optimista y creo de verdad que los esfuerzos se verán recompensados. Y sí, esto también va para ti. Tú que me miras cada día, de frente, desde ese maldito espejo. Tú que eres todos y cada uno de los rechazos que he ido sumando a lo largo de estos años. El que más pesa. Sé que no te he gustado nunca, que todavía no te gusto, y me rebates cara a cara desde hace más tiempo del que me gustaría recordar. Tú, sí tú. ¿Sabes? Empiezo a quererme, a cuidarme, a valorarme y sé que algún día desaparecerás. Cuento los días, llega la hora. Tic. Tac.