Por qué ya no eres capaz de sentirte mal porque el mundo se vaya a la mierda

¿Recuerdas como empezó 2020? Guerra Mundial, incendios, catástrofes climáticas... Y ya no nos importa ninguna. No eres mala persona: es tu cerebro, que está harto de luchar

Abres Instagram, Twitter, Facebook (si tienes más de 40 años, claro), la red social que sea. Te van a bombardear miles de noticias negativas. "¡El coronavirus nos va a matar!" “¡El Amazonas y Australia se queman!”, “¡la carne y el queso que comes son contaminantes!”, “¡llevas reciclando mal toda tu vida!”, “¡tu champú está matando animales!”, “¡tu café está destruyendo la selva colombiana!”, “¡tu peli favorita es machista!”. Ya no puedes más.

Recibimos miles de inputs de que el mundo está fatal, que todo lo que haces está mal y que nos vamos a la mierda. Es normal que acabes saturadx, hartx de tantas malas noticias. Al final, pierdes la capacidad por preocuparte. Ahora somos conscientes de que nuestro estilo de vida es contaminante, discriminatorio y tiene demasiadas acciones negativas. Por supuesto, tu cerebro se satura y su preocupación llega hasta un límite. Con tantas cosas por cambiar, te sientes tan agotadx que ya no te importa nada más.

Pero eso no te hace mala persona. No quiere decir que no tengas sensibilidad por ninguna de estas causas. Es, simplemente, un fenómeno psicológico muy común, llamado finite pool of worry (la piscina finita de la preocupación), que determina que nuestro cerebro no puede estar luchando constantemente por todo y, al final, prioriza lo que le preocupa para no saturarse en pensamientos negativos.

“Durante la crisis del 2008, la preocupación por el cambio climático estaba bajo mínimos. Sin embargo, durante ese periodo, los agricultores argentinos que veían que sus cosechas se iban a perder lo ponían como principal causa de preocupación”, explica un artículo de la universidad americana Columbia.

Además, esta misma reacción psicológica hace que, por estar constantemente expuesto a estos problemas que no tienen solución, tu sistema emocional vaya perdiendo el interés. Es decir, la preocupación suele a ser a corto plazo: por eso ya no se habla de los incendios de Australia, aunque siguen y los ecosistemas están dañados, o cualquier otra preocupación que llenó nuestras stories hace meses.

Al final, lo que sucede es que entramos en una ceguera emocional. “Estamos tan expuestos a situaciones emocionalmente exhaustas, a una sobreexposición a injusticias sociales y amenazas climáticas, a una constante repetición por parte de los medios de temas que nos hacen tener una montaña rusa emocional constante, que acabamos apáticos y sin ganas de reivindicar nada”, explica el informe, denunciando que los medios no comunicar bien estas importantes luchas, ya que lo hacen siempre desde lo emocional, para tocar tu fibra sensible y que te afecte como si fuera algo personal. Y esto, al final, te llena la piscina de la preocupación, te agota y se te pasan las ganas de combatir.

“Lo importante es enseñar que todos los riesgos están conectados. En el cambio climático no son muchas luchas, sino una interconectada. Además, recordar que no todos los problemas son prioritarios y que es normal que haya pequeñas luchas que no importarán tanto”, concluye. Es decir, ante el aluvión de noticias no te pongas como: “todo da cáncer”, “todo contamina” o el “todo es machismo”. Escoge tus batallas, aunque sean pequeñas, y no te satures si flojeas en otras, porque cualquier paso a favor de un mundo mejor ya aportará más que dejar que te absorba la ceguera emocional.