Mucha gente está harta de la cultura de las influencers. Cada año más. Y es que parte del contenido que publican pasó de contenido aspiracional a contenido psicológicamente tóxico bastante tiempo atrás. La vida que venden tiene poco que ver con la vida normal de la gente. E incluso aquellas que tratan de actuar con naturalidad acaban siendo vistas como productos artificiales que desempeñan un acting constante. Sea o no sea verdad. Hasta ahí nada excesivamente preocupante. El público manda. El problema es que el hartazgo está conduciendo en ocasiones al odio y ya hay quienes se preguntan si odiar a las influencers no es en realidad una forma socialmente aceptable de odiar a las mujeres.
La primera de ellas, la que encendió la chispa, fue la influencer Levi Coralynn, quien afirmó este mismo hace no mucho en un vídeo para sus redes sociales. Entonces, ¿de verdad hay sexismo escondido en el hartazgo hacia las influencers o simplemente internet les está exigiendo una responsabilidad social que no parecen dispuestas a asumir? La periodista Laura Pitcher ha consultado a varios creadores de contenido para que expresen su perspectiva sobre el asunto. Y como no podía ser de otra manera hay disparidad de opiniones: hay quien cree que es una neoexcusa para analizar y criticar a las mujeres exitosas y quien cree que simplemente se está criticando a celebrities con valores cuestionables.
Como Kate Glavan. Para esta creadora de contenido, “la gente está harta de que influencers promuevan un consumismo desmedido, exhiban estándares de belleza irreales y no usen sus plataformas para visibilizar las injusticias del mundo”. Y algo similar opina la también creadora de contenido Yehaneh Mafaher: “Que quede claro: siempre ha sido socialmente aceptable odiar a las mujeres y ello no está relacionado con el hecho de ser influencer. Si publico un vídeo diciendo ‘oye, esta influencer trabaja con una empresa que financia un genocidio’, ¿estoy usando una excusa para odiar a las mujeres? ¿Qué pasa con las mujeres víctimas del genocidio?”. Pero no todo el mundo piensa exactamente igual.
Anazia Akhalu, una influencer neoyorquina a la que entrevista Pitcher, es un ejemplo de ello: “Hay gente que literalmente ve mis vídeos por odio. Unos desgraciados miserables. Sobre todo si eres mujer. Te exigen un estándar altísimo. Para ellos ni siquiera eres humana. No puedes cometer errores”. Para ella, y para muchas otras influencers, el principal motivo de la fiscalización de la que son objeto es ser mujeres. Para otras, incluidas compañeras de profesión, ese motivo está ahí, pero no deslegitima muchas de las críticas que reciben, en muchos casos de activistas feministas, por promocionar modos de vida que someten a otros seres humanos. Y tú, ¿en qué punto de este debate te posicionas?
